martes, 3 de mayo de 2016

Los secretos artísticos del Palacio de Santoña


'...filosofar es pensar con los ojos...'.
[Enrico Castelli]

Resulta difícil no terminar cayendo en las complicadas redes de la divagación, sea ésta de índole filosófica o no, cuando se tiene la oportunidad de dejarse llevar por unas visiones realmente asombrosas, que invitan, cuando menos a derrochar imaginación, abandonándose sin complejos a una infinitud de pensamientos apenas los ojos se liberan de la aparente venda de gula y empalago que suelen caracterizar, por lo general, las primeras impresiones que se experimentan cuando uno se encuentra sumergido en un conjunto artístico, de alguna manera fantástico y monumental. Desde luego, la experiencia puede ser mucho más placentera aún, si cabe, si como el eremita en el desierto, después de haber sido atraído -nondum traheris, como diría San Agustín-, ésta se produce en solitario y con el tiempo suficiente para aceptar libremente, pero siempre desde las múltiples opciones que concede el libre albedrío, la llamada de ángeles y demonios que, no siendo, sino irreconciliables arquetipos, habitan, eternamente obstinados en su singular enfrentamiento, en una sombra universal, la cual podríamos definir como Arte. Madrid, como cualquier otra gran ciudad, tiene muchos secretos, así como numerosos rincones peculiares; rincones poco, nada o parcialmente conocidos por el público en general, aunque no obstante receptores de un patrimonio artístico y cultural tan amplio y sorprendente, que no merecen, en absoluto, el obstinado ostracismo administrativo al que se han visto sometidos durante la mayor parte de su existencia. Uno de tales lugares, paradójicamente, se halla situado en una de las zonas más turísticas, concurridas y populares de la capital: el Barrio de las Letras. Se trata, del Palacio de Santoña; aquél que durante muchos años fue la Sede Central de la Cámara Oficial de Comercio e Industria de Madrid. Situado a la altura del número 13 de la calle de las Huertas y haciendo esquina con la calle del Príncipe -la portada de esta calle, obra del arquitecto Pedro de Ribera, se sitúa enfrente de El Parnasillo del Príncipe, establecimiento tradicional hoy día reconvertido en Pub Irlandés, pero respetando su histórica fachada e interior y lugar de esparcimiento muy concurrido- el Palacio de Santoña -denominado así desde 1874, en que fuera adquirido por el Marqués de Manzanedo y Duque de Santoña como donación de arras a su esposa- no sólo posee un rico patrimonio artístico, sino también una larga e interesante herencia histórica. De ella, y en líneas generales, se tiene conocimiento desde finales del siglo XV o principios del siglo XVI, cuando su primer propietario conocido, un tal Pedro Suárez, médico y regidor de Madrid, vendió a unos campesinos tres casas situadas, al parecer, junto a parte del solar y huerto de la iglesia dedicada a la figura de San Sebastián, el cristianizado Apolo clásico, que se suele representar atado y asaetado a un árbol. Esto ocurría, algunos años antes de que Felipe II trasladara la Corte a Madrid, y según parece, fue en ese periodo cuando el lugar y sus aledaños se convirtieron en puchero de la Corte, que hierve, según dejara expresado ese gran burlón universal, que fue Francisco de Quevedo y Villegas. Es decir, en un auténtico foco cultural en el que, a partir de 1561, la flor y nata de los escritores del denominado Siglo de Oro español, convivían y se enfrentaban en onerosas gestas de pluma y tinta, entrechocar de jarras y correr de vinos, seducidos por alcanzar la gloriosa corona de laurel otorgada por las siempre coquetas y casquivanas Musas. Quevedo, Góngora, Lope de Vega o Cervantes –de éste último, se sabe que vivió precisamente enfrente del palacio, en la época en que por su mente danzaban en corro unos personajes que no acompañaron a los inmortales Quijote y Persiles, sino a los de su Viaje al Parnaso- son, pues, suficiente credencial histórica para situar unos antecedentes ricos en acontecimientos y detalles. Detalles que van desde la unificación de las primeras casas por un rico hacendado –Diego de Roys Bernaldo, gentilhombre de la Casa de Su Majestad-,  y la sucesiva habitabilidad de importantes inquilinos, que por abreviar, obviaremos en la presente entrada, hasta desembocar en el referido Marqués de Santoña, que fue quien la terminó de construir y remodelar; cabe reseñar, sin embargo, que en ella vivió y de ella salió aquél fatídico 12 de noviembre del año 1912, José Canalejas –entonces Presidente del Consejo de Ministros-, minutos antes de ser asesinado por el anarquista Manuel Pardiñas, cuando se encontraba mirando el escaparate de la Librería San Martín, situada en la Puerta del Sol, esquina a Carretas y hoy día desaparecida. En la construcción y remodelación emprendida por el Marqués de Santoña, intervino una variada serie de artistas de la época, cada uno de los cuales dejó una parte esencial de su habilidad y filosofía artística, especialmente en la denominada zona o Planta Noble, a la que se accede por una no menos importante y monumental escalera, llamada de gala, custodiada por dos extraordinarios leones recostados y de tamaño natural que, comparativamente hablando, parecen gemelos, no precisamente de esos que se mantienen como vulgares perros sobre sus cuartos traseros en las escalinatas de las vecinas Cortes Generales, como se pudiera pensar a priori, sino de aquéllos otros, aún inconmensurables y fieros pareciendo somnolientos, que se asientan mucho más al norte, y guardan eternamente uno de los más extraordinarios santuarios marianos de la Península Ibérica: el de Covadonga.

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En esas mismas escaleras, y anticipándose un siglo al pensamiento de Panofsky respecto a la supervivencia de los mitos clásicos en el arte occidental, varias esculturas de Carlo Nicoli, cuyos originales están en el Museo del Vaticano, llaman poderosamente la atención desde la perfecta y blanca palidez de su carne marmórea de Ferrara: una amazona, flanqueada por las diosas Minerva y Fortuna, ésta última sin la rueda que heredó la cristianísima Santa Catalina. Y no obstante, en comparación, ninguna de ellas posee, quizás, la fuerza expresiva de aquélla otra, también de Nicoli, que habiendo ganado un premio en Florencia, en mayo de 1873, se conoce como La Virtud protegida del Vicio. Ahora bien, ¿se trata de un angélico serafín protegiendo a una virtud encarnada por una hermosa púber, de un vicio representado por un pequeño dragón –tal vez un águila- o, por el contrario, el autor hizo referencia, también, algunos años antes, a esa sombra cuya espada blandida mantiene en justo equilibrio los conceptos junguianos de anima y animus?. Tal vez la respuesta la tenga esa sonrisa irónica de Ganímedes, cabalgando la gigantesca águila que, una vez franqueado el umbral, nos observa desde el techo del recibidor, si bien parcialmente oculta por una artística lámpara de notables dimensiones. La sonrisa del mito; el poder seductor de la abuela de Mefistófeles: la Serpiente, aquélla capaz de masticar la vieja levadura. Mitos que, una vez se comienza la visita a los diferentes salones, se transforman en símbolos y alegorías. Como las que predominan en el salón denominado rococó o de Luis XIV, inicialmente diseñado como pequeño teatro y sala de baile, donde los antiguos símbolos clásicos se disfrazan de sugestivas alegorías, en las que colean exaltaciones a las artes, la industria y el comercio, así como sentidos regionalismos, obra del pintor de origen catalán Francisco Sans. Unos regionalismos, se podría añadir, en los que, después de todo, se ocultan en sus trajes tradicionales y en sus danzas particulares, ancestrales recuerdos de ritos e identidades convenientemente maquillados por el agua del bautismo. La rotonda, obra del pintor Plácido Francés, con interesantes referencias alegóricas a los amores entre Hermes-Mercurio y Afrodita-Venus, lugar en el que el Señor Marqués y posteriores habitantes del palacio hacían esperar a sus visitas porque estaba dotado de lo que antiguamente se denominaba como el oído de Dionisio -recuérdese, en los templos góticos y bizantinos, esos curiosos personajes en cuya oreja ponía el artista una especial relevancia y que suelen estar situados en determinados lugares muy concretos que, siquiera como juego, animo a ir descubriendo-, cuyas particularidades acústicas hacían que las conversaciones se pudieran escuchar desde otros puntos del palacio y donde también hay un lugar reservado para los grandes artistas del Renacimiento italiano: Dante, Petrarca, Rafael, Miguel Ángel, Bruneleschi, Cimabue, Bramante y Ghiberti. Las exquisiteces, no exentas de un complejo simbolismo arquetípico, del Salón Japonés, ocultas siempre detrás de ese barniz de maravilloso y exquisito refinamiento que caracteriza a toda Luz que viene de Oriente, preludio, más adelante, en el denominado Salón de Plenos, en cuyo techo vale la pena admirar una obra de Alejo Vera, preludio, quizás, de esa eterna primavera que prevalece siempre en la zona, donde los antiguos cultos a la alegría y la abundancia se suceden noche tras noche: Baco, Ceres y Diana. Sin olvidar citar, por supuesto, la presencia estratégica de esos eternos y ambivalentes referentes a una perdida Edad Dorada que en parte no dejan de ser los sempiternos hombres-verdes, múltiples y variados, que animo a descubrir.

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