miércoles, 27 de julio de 2016

Catedral vieja de Salamanca: Capilla de San Martín


'Todo el mundo parece estar de acuerdo hoy día en que el "Arte" forma parte de las cosas superiores de la vida, y en que es algo de lo que se disfruta en las horas de ocio proporcionadas por otras horas de "Trabajo" inartístico...'
[A.K. Coomaraswamy(1)]

Horas de ocio en Salamanca. O lo que es lo mismo, siguiendo el hilo de los pensamientos de Coomaraswamy, horas de ocio y arte en una ciudad no sólo interesante, sino también patrimonio monumental donde las haya, que no sólo cuenta con una rica y antigua historia, sino que además de tales sublimes credenciales, conserva, en esencia, una espectacular variedad de maravillas artísticas, dignas sólo de un lugar apegado al encanto y la tradición. Sin desmerecer, y simplemente por el detalle de su arcanismo, su belleza y su riqueza artística, la catedral vieja constituye, metafóricamente hablando, esa peligrosa absenta bohemia que obnubila los sentidos y embriaga la mente con emanaciones culturales difíciles de contener. Hablar de esas emanaciones, de esos arquetipos que bombardean -y no exagero- los sentidos del espectador apenas penetrado éste en los claroscuros de su interior, resultaría una tarea harto extensa y complicada; por lo tanto, para una mejor recreación y siguiendo con mayor o menor precisión el itinerario de visita que se recomienda, lo primero que sorprende, apenas situados en la nave de la antigua iglesia, es un magnífico mural bizantino, que representa una de las escenas más conocidas de aquél atribulado converso, que fue antes soldado que santo varón -de hecho, se retiró a hacer vida eremítica, notablemente alterado por el juicio y posterior decapitación de otro peculiar personaje contemporáneo, Prisciliano, cuyos restos terminaron siendo también ocultados en Galicia y todavía, en la actualidad, suscitan interesantes dudas con respecto a los que se veneran en la catedral compostelana-, y que en un acto de generosidad ad Domine, partió su costosa capa para compartirla con un mendigo: San Martín de Tours.

En honor de este santo, popular -y por favor, no confundir con el Dumiense, ese Atila o azote de los que él denominaba veneratore lapidi, es decir, veneradores de piedras o pueblos que mantenían fidelidad a los cultos de las religiones precristianas-, conserva esta parte de la catedral, maravillosa cuando no milagrosamente en un magnífico estado de conservación, una pequeña capilla sixtina, la belleza de cuyas pinturas románicas deja, sencillamente, aturdido al espectador. También llamada del Aceite, no sólo resulta peculiar el referido estado de conservación de las pinturas, sino que además, constituyen toda una rareza por estar consideradas como las únicas en Europa que están firmadas por el autor: Antón Sánchez Segovia y una fecha, 1262. La capilla, si bien sirve como cenotafio para los restos mortales de varios obispos -como Rodrigo Díaz-, muestra, en sus ciclos pictóricos, todo un hermoso desafío a la imaginación, entre cuyas escenas, posiblemente por su gran belleza y realismo, destaque el magnífico Pantocrátor que se localiza en la parte frontal y donde Cristo, invicto sobre la muerte pero mostrando visiblemente las cinco heridas o llagas, permanece incólume en la mandorla -no olvidar que la forma de ésta es una Piscis Vesica, o símbolo femenino de la fecundación, donde también la numerología juega un importante papel, si nos atenemos al número de criaturas angélicas que la rodean: nueve- escoltado por varios coros de ángeles en la parte superior y personajes bíblicos, prelados y apóstoles en la inferior y donde además se observa esa inequívoca alusión a los contrarios, como son el Sol y la Luna. Relacionados, también, con la temática, se pueden observar alusiones pictóricas relativas a las figuras primordiales de San Joaquín y Santa Ana, Padre y Madre respectivos de la Madre y en la parte central del arcosolio del sepulcro, seguramente del mencionado obispo Rodrigo Díaz, un tema recurrente, que aparecerá en numerosos lugares del recorrido por esta parte de la vieja catedral: la Adoración de los Magos. ¿O deberíamos, quizás, hipotetizar con una suplantación patriarcal de la antigua figura de la Triple Diosa, en ocasiones representada como las Tres Madres Celtas o las Tres Marías que acompañan numerosas escenas de la Crucifixión?. Hipótesis y fantasías aparte, lo que es cierto es que ésta Capilla de San Martín constituye todo un pequeño tesoro artístico, digno no sólo de admirar, sino también de estudiar y meditar sobre el numeroso conjunto de arquetipos que lo forman, desde una perspectiva espiritual abierta y crítica, que nos eleve por encima de la fría apariencia ortodoxa y nos conecte con la realidad de los múltiples mitos que representa.

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(1) Taurus Ediciones, S.A., Madrid, 1980.

miércoles, 20 de julio de 2016

Agua: el Arte inimitable


'No es el martillo el que deja perfectos los guijarros, sino el agua con su danza y su canción'.
(Rabindranath Tagore)


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lunes, 18 de julio de 2016

Recordando el Santo Sepulcro de Jerusalén: la iglesia de San Marcos de Salamanca


'Más allá del azar y de la muerte
duran, y cada cual tiene su historia,
pero todo esto ocurre en esa suerte
de cuarta dimensión, que es la memoria...'
[Jorge Luis Borges]

La cuarta dimensión y la memoria; quizás, en esos elementos tan subjetivos del poema de Borges, estén algunas de las claves que nos desvelen el fascinante misterio que rodea a este singular templo; a este verdadero poema, escrito en el lenguaje de los sueños, que es la piedra, poco o apenas conocido fuera de los ámbitos de las guías y el estudio del románico en general, pero que se presta, por su naturaleza y su singularidad, a un sin fin de alardes y especulaciones. Poco menos que único en su género, al menos en lo que se refiere al ámbito peninsular, este peculiar templo, de planta circular y bajo la advocación del evangelista Marcos -recordemos, puesto que los arquetipos son importantes, que su símbolo o daimon era el león- constituye, a día de hoy, un complejo enigma, cuya belleza y singularidad merecen figurar en un glorioso capítulo aparte. Capítulo aparte son, así mismo, las numerosas marcas de cantería -no exentas en su interior- que se pueden advertir en este inconcebible ouroboros pétreo, cuyos orígenes se remontan al siglo XII -independientemente de algunas fuentes que los suponen anteriores, en el XI-, considerándose el año 1178 como fecha probable de su construcción o consagración. Ahora bien, si su exterior nos sorprende por ese círculo perfecto de aproximadamente 18 metros de diámetro, su interior no es menos sorprendente e interesante. Consta de varias hercúleas columnas diseñadas para soportar la cúpula o el tejaroz y, curiosamente, se constata la existencia de tres ábsides.

Una auténtica belleza, son los restos de pinturas -datadas por los expertos en el siglo XIV, aunque yo no descartaría que hubiera habido frescos más antiguos-, recuperados con relativa fortuna, donde sobresalen un mosaico geométrico, una fenomenal representación de San Cristóbal -recordemos su función sine quanum de Christóphoro o Portador de Cristo; es decir, la Antigua Religión portando a la Nueva Religión, simbólicamente hablando-, una Anunciación y una Coronación. Pero si las artes plásticas -en algunos casos, descubiertas o mejor dicho, redescubiertas en época moderna- realzan una belleza ya de por sí singular, no lo es menos el detalle del Cristo gótico que corona el altar central. Un Cristo gótico, de cuyas características destaca un detalle, cuando menos extraño y singular: su pie izquierdo, clavado al derecho, forma un imposible ángulo de noventa grados. De su imaginería mariana, dan testimonio dos hermosas imágenes: una Virgen románica del siglo XII, al parecer procedente de la parroquia de Valdemierque, en cuyo pedestal se puede leer la leyenda Madre de la Iglesia -no hay duda de que los tiempos están cambiando, como cantaba Bob Dylan- y una reproducción perfecta de una Virgen Negra por excelencia, la de Montserrat. Independientemente de éstas dos, la iglesia de San Marcos cuenta, además, con una magnífica talla de la Inmaculada, fechada en el siglo XVI, siglo en el que, dicho sea por añadidura, se le añadió la espadaña que desvirtúa sobremanera el conjunto y otra, posiblemente también de la misma época, representativa del titular, San Marcos.

Si bien, dejaremos para otro momento y lugar la polémica levantada por el arquitecto francés Viollet-le-Duc sobre los modelos de arquitectura templarios, referentes, sobre todo, a este tipo de templos de planta circular, no deja de ser interesante el detalle de que una iglesia tan pequeña y tan humilde, gozara de tanta prebenda y protección real. Por eso, desde el siglo XII, según aseveran las fuentes oficiales, se la define como Real Capilla de la Clerecía, estando su historia unida a personajes reales relevantes, como Alfonso VI, su hija Doña Urraca o el rey Alfonso IX.

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lunes, 11 de julio de 2016

Neorrománico de Madrid: la cripta del hospital de la Fundación San José


Durante cerca de cuatro meses, mi destino no ha sido otro que recorrer, día sí y día también, esos dieciocho kilómetros que, aproximadamente, separan Madrid capital de la Fundación hospitalaria San José, un centro especial de atención y rehabilitación, creado a finales del siglo XIX, en unos terrenos situados enfrente del aeródromo de Cuatro Vientos. Dichos terrenos, fueron cedidos a los Hermanos de San Juan de Dios, una orden hospitalaria cuyos orígenes se remontan al denominado Siglo de Oro, por D. Diego Fernández, marqués de Vallejo. La historia personal de su fundador, si bien no es extraordinaria sí que resulta, no obstante, peculiar. Portugués de nacimiento, aquél Joäo Cidade que según algunos nació en 1495 en Montemor y según otros en Noco, pero al menos, tanto aquéllos como éstos, coinciden en que fue en la diócesis de Évora, tuvo una historia personal, sin duda pintoresca. Sus comienzos como pastor de ganado no le impidieron, sin embargo, optar por la milicia y enrolándose en las huestes del conde de Oropesa, participar, al menos, en dos sitios de cruenta relevancia: Fuenterrabía y Viena. Con o sin medallas, gloria o demérito, que todo depende de un cántaro de medida posiblemente demasiado estrecho, ese fatum o destino tan presente siempre en la vida cotidiana conspiró –como diría Paulo Coelho- para que, tras su pródigo regreso a la Península, entrara en contacto con uno de los místicos más sobresalientes de ese Siglo de Oro español al que hacíamos referencia, parte de cuyos virulentos pormenores caracterizan la narrativa de Arturo Pérez Reverte, transmitida a través de personajes como Quevedo y el capitán Alatriste. Para cuando el obispo de Tuy –optar por visitar hoy en día la catedral de esta ciudad, significa un atraco a mano armada sin posibilidad de sacar fotografías-, le sugirió el nombre de Juan de Dios, una fiebre emotiva desmesurada, provocada –opinión populorum- por el misticismo arrollador de otro Juan, pero éste de la Cruz, hizo que el de Dios enfermera hasta grados superlativos de neurosis, dignos de la analítica psicológica de C.G. Jung. Vueltas las aguas a su cauce, nuestro trueno vestido de nazareno –como diría Antonio Machado, refiriéndose al caballero andaluz don Guido-, se dedicó con pasión a labores humanitarias, fundando diversos establecimientos hospitalarios, aunque su foco principal de actividad se desarrolló en Granada, ciudad en la que falleció el día 8 de marzo de 1550.

Diversas son, por otra parte, las sensaciones, experiencias y emociones que se abaten sobre ese armazón psicológico que, en mayor o menor medida, todos pensamos que es invulnerable, donde el Arte, a fin de cuentas, también tiene continente y contenido, cuando se visita uno de estos lugares, como iremos viendo. En base a ello, resulta lícito pensar en esa parte lúdica de la visión artística, tan estrechamente relacionada con la experiencia emotiva de lo que se está viviendo. Una visión material del lugar, induce, posiblemente, a experimentar una percepción negativa, fría y más propia de ese hemisferio derecho del cerebro que todo lo racionaliza, mide, pesa y etiqueta que no de la subjetividad poética de su complementario o hemisferio izquierdo, de naturaleza más abierta a la desenvoltura creativa y más receptiva, por tanto, a la asimilación del arquetipo, sea cual sea el carácter o la orientación de éste. Bajo este punto de vista, bueno es advertir, que en el siglo en el que se llevó a cabo la construcción de este lugar, no se optaba por la creatividad sino por la funcionalidad. De manera, que si tomamos ésta última como base de partida, diremos que su aspecto exterior nos sobrecoge, ofreciéndonos una visión gris y fatal, similar a los barracones que se levantaban en campos de terrible recuerdo –lamento la comparación, pero expongo libremente mis primeras sensaciones-, impresión errónea que desaparece cuando accedemos al interior y nos encontramos con esa parte lúdica o emotiva que, a fin de cuentas, también constituye un detalle interesante que explorar dentro del universo general del Arte. En el pabellón en el que se encontraba recuperándose de un derrame cerebral  uno de mis grandes amores, mi madre, pude constatar ese sentido lúdico o detalle humano del Arte, no sólo en la luz artificial de los fluorescentes colgados en el techo, sino también en la luz natural, con sus iris y rompimientos de gloria –por utilizar recursos artísticos- de la luz del sol que se colaba a través de los ventanales, incluso decreciendo con la llegada del ocaso; esa afectuosidad, emanente del lado humano de unos profesionales sobrecargados de enfermos y demandas y también la música. De hecho, la música formaba parte de la terapia –como también la formaba el colorear mandalas- recomendada a todo enfermo, fuera o no el icto o ictus –siempre me he preguntado, por qué el pez o primer símbolo del Cristianismo para designar una enfermedad tan inhumana y cruel- la naturaleza de su dolencia. A tal respecto, recuerdo la visión, familiar y repetitiva, de un hermano voluntario que todas las tardes se sentaba a mitad del pabellón, entre las seis y media y las siete, con su flauta y un amplificador e interpretaba variadas melodías. Evidentemente, el hombre no era Erik Satie, ni el instrumento que se llevaba a los labios con tanta pasión la flauta mágica de Mozart. Pero, independientemente de que errara alguna nota, tanto el hombre como la acción que estaba realizando eran puro Arte. Como Arte era la sonrisa de agradecimiento del enfermo o de la enferma a la que acababas de echar una mano, empujando su silla de ruedas, o ayudándola a dar un paseo por la galería, aunque nunca te parecía tan importante como la sonrisa de satisfacción y de alegría que esa persona amada te dedicaba desde el preciso momento en el que te veía entrar por la puerta de la habitación como si fueras el mejor regalo del mundo. Porque, bajo mi punto de vista, todo aquello cuanto es capaz de emocionar -y la emoción no tiene por qué ser siempre positiva, puesto que lo negativo también forma parte del ser humano, si bien no siempre se consigue encontrar el punto de equilibrio entre uno y otro-, no deja de ser, después de todo Arte.

Emocionante es, y finalizo -dada la naturaleza tan especial para mí de este lugar, me he querido conceder el derecho de explayarme un poco-, esa mirada retrospectiva hacia las técnicas y estilos del pasado, que se produjo en Europa -en parte, a instancias de arquitectos como Viollet le Duc, restaurador, entre otras, de la catedral de Notre Dame de París- y por defecto, también en España. De ahí, que no deba sorprendernos el detalle, casual o no, de encontrarnos con ciertos elementos artísticos que responden, con el sufijo neo (nuevo) a una visión o un tratamiento moderno de un estilo antiguo. Pocas personas lo saben, pero bajo el pabellón principal de este centro hospitalario, se oculta una pequeña maravilla artística, cuya contemplación merece la pena, aunque no resulta tan fácil el acceso. Se trata de una cripta que, de reducidas dimensiones, recoge, en esencia, la parte quizás más mística, solitaria, misteriosa, íntima y de más difícil acceso contenida en cualquiera de sus antecesores templos románicos. Como un mandala, si por mandala entendemos la simbología que se desarrolla a partir de los cuatro elementos básicos o principales más ese quinto, que invisible, representaría el centro, la cripta, aunque mantiene unas proporciones reducidas, conserva, de cualquier modo, la austeridad cisterciense en la temática de sus capiteles y la herencia del arco romano que apuntala su bóveda. Pero quizás, tan sorprendente o más que este reducido lugar, sea esa representación artística de un Cristo sin cruz -como las antiguas representaciones cátaras-, ajeno a la tortura y al dolor, esplendoroso como un sol naciente, hermoso y sublime como ese Ave Fénix que, después de transmutarse en sus propias cenizas, renace con la plenitud de un ser libre y completamente diferente.



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jueves, 7 de julio de 2016

Reseñas de un Calvario atípico


Dentro de ese ámbito de influencia de rareza y simbolismo con el que el Arte nos sorprende en algunas ocasiones, independientemente de la época o el estilo que utilizara el artista como vehículo de expresión, están los personajes que, tradicionalmente y en cuanto a la imaginería cristiana se refiere, asistieron o tuvieron relación con ese paradigmático ocaso de los dioses, que supuso el Calvario, y por defecto, la posterior Crucifixión de Cristo. También este tema –posiblemente uno de los más importantes, que sin embargo, no deja de ser una adaptación de los antiguos mitos del dios sacrificado- conllevó una evolución expresiva importante, si bien a partir de determinados siglos mantuvo unas constantes que, a fuerza de repetitividad, llegaron a convertirse en costumbre, hasta que en siglos relativamente modernos, redujeron el protagonismo, a tres figuras esencialmente determinantes: la figura mística del Cordero de Dios, es decir, Cristo; la figura de la Madre –en los viejos cultos, ésta adquiría también el aspecto de una tríada, las Tres Marías- figurando en ocasiones en ese lugar cuya mano se dice popularmente que Dios no tiene, como es la izquierda y por último, un compungido y anacrónico Evangelista. Lo que nos ofrece, sin embargo, este hermoso Calvario, situado en la capilla del Evangelio de esa iglesia anónima que comentábamos en la entrada anterior por la magnificencia de su retablo gótico del siglo XVI, es un detalle totalmente inesperado, atípico y por supuesto, erróneo: la sustitución de la figura del Evangelista, por la de San Juan Bautista, decapitado –como muestra una de las escenas de la portada románica de la iglesia- mucho antes de la Crucifixión.

Es muy posible que, en honor a la verdad, tal vez la figura original del Evangelista se perdiera y fuera sustituida por la del Bautista, aunque, aun así, no deja de ser un detalle tan suspicaz, como para que en otro tiempo una hubiera sido considerado poco menos que una herejía. Sí es cierto, sin embargo, que en algunas representaciones artísticas aparece la figura del Bautista; pero desde el otro lado de la línea, desde la misma perspectiva de la Resurrección de Cristo, una vez liberado el espíritu de la carga de la carne, como nos demuestra el extraordinario retablo de Isenheim (1). Sospechosa así mismo, por los colores del vestido que porta, es la figura femenina que, supuestamente representativa de María, denota, en ese color dorado, precisamente uno de los colores que, junto con el blanco, se otorgaban a una figura muy especial, que suele estar arrodillada –cuando no abrazando- los pies del Crucificado: María Magdalena.

El Cristo, por otra parte, es una magnífica talla, posiblemente gótica, también del siglo XVI, que muestra, entre otras peculiaridades el rostro transido y expirado después de la agonía. En definitiva y como diría el filósofo francés Paul Elouard, hay otros mundos, pero están en este.

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(1) Sobre este tema, se recomienda la lectura del magnífico estudio de Joris-Karl Huysman, titulado 'Grünewald, el retablo de Isenheim'.