viernes, 26 de agosto de 2016

Los maravillosos retablos góticos de la catedral de Salamanca


Como colofón, al menos momentáneamente, de esa inconmensurable isla del tesoro, metafóricamente hablando, que es la catedral de Salamanca, nada mejor que hacerlo dejándose llevar por la magia inapreciable de esa valiosa colección de Arte, formada por una soberbia recopilación de mediáticos retablos góticos, que han encontrado un espacio en el claustro, en lo que antiguamente fue la sala capitular. No menos atractivos y ricos en sutilezas simbólicas que el resto de elementos que, con mayor o menor intensidad, hemos ido descubriendo hasta aquí, la magia de la pintura gótica –o argótica, como diría el siempre enigmático Fulcanelli-, nos invita, cual tentadora maga Circe, a un viaje espectacular, donde los arquetipos, cuidadosamente situados en escenarios aparentemente piadosos, como mandaban los cánones de la época, desafían la imaginación, acercándonos, en algunos casos, con sus dobles significados, a corrientes filosóficas no siempre acordes con la rígida ortodoxia oficial. Bajo este punto de vista, un paseo contemplativo por este microverso con olor a azufre –como diría el filósofo francés Paul Elouard: hay otros mundos, pero están en éste-, puede ofrecernos la oportunidad de liberar la imaginación y especular con algo tan paradójico como lo improbable probable. Con algunas excepciones, poco o nula información se nos ofrece, desgraciadamente, en cuanto a los autores, de manera que, en nuestro viaje, partimos del completo anonimato artístico, si bien no sería descabellado sugerir, de acuerdo a su época, estilo y composición, notables influencias flamencas, independientemente de que hayan podido realizarse en cualquiera de las numerosas escuelas hispanas de los siglos XV y XVI, como –se sugiere por cercanía- la castellana y la burgalesa. E incluso no descartar la posibilidad de que algunos de los grandes maestros de los Países Bajos -pongamos por ejemplo, un van der Weyden, o un van Eyck o un Brueghel el Viejo- dejaran su impronta en alguno de sus viajes a la Península o fueran, después de todo, que parece lo más probable, costosas adquisiciones foráneas, como demuestra, por ejemplo, el tríptico de la Adoración de los Magos, de El Bosco, adquirido por Felipe II en 1575 y hoy día expuesto en el Museo del Prado de Madrid. Sea cual sea su caso, la cuestión es que, si nos resistimos por un momento al influjo hipnótico de tan singular belleza, sin contemplaciones y fríamente desplegada en una sala que parece demasiado pequeña, después de todo, para contener tan desmesurado tesoro, y nos centramos en aquellos aspectos o detalles que más nos llaman la atención, sin duda descubriremos cosas asombrosas en nuestro viaje cultural, que, de alguna manera, nos inducirán a plantearnos cuestiones, que no por pertenecer a ese paradigmático mundo de la especulación, han de ser necesariamente absurdas o irrelevantes.

Teniendo esto en cuenta, no ha de extrañarnos en absoluto, sentirnos ligeramente nerviosos ante dos las piezas que aparecen en primer lugar: una estatuílla de piedra arenisca policromada, datada en el siglo XIV, que representa a la Virgen de la Sede, figura que estuvo mucho tiempo presidiendo el Altar Mayor de la antigua catedral y el óleo sobre tabla, anónimo del siglo XVI, intitulado Llanto sobre Cristo muerto. Respecto a la Virgen de la Sede, los expertos, aluden a un posible origen francés, dado el pronunciado quiebro de la imagen a la altura de las caderas -común, todo sea dicho, a numerosas imágenes virginales románicas y góticas que se pueden encontrar en las iglesias de numerosas comunidades, cuyo modelo, posiblemente, sea también de origen franco-, pero nada dicen de lo que en realidad representa ese detalle: una alusión a uno de los símbolos más antiguos de la humanidad: la doble espiral. El óleo, por su parte, muestra la escena posterior al Descendimiento. Una escena, en la que ya comienzan a llamar la atención, ciertos elementos, como, por ejemplo, las cruces del Calvario, que tienen la forma sagrada de la Tau. Cruces, por otra parte, a las que C.G. Jung consideraba como arquetipos relacionados con el anima y el animus, y el desgajamiento inevitable para la consecución del estado nirvánico de la individuación. Pero dejando aparte tan complejo y profundo estadio de la psicología simbólica analítica, el cuadro nos ofrece otros relevantes aspectos, siendo, quizás el principal, la presencia de las Tres Marías -las Tres Madres Celtas, las Tres Brujas de Macbeth, las Tres Parcas o, en definitiva, los tres aspectos de la Diosa-, así como el protagonismo ineludible de una figura que, todavía, al cabo de dos milenios, continúa generando todo tipo de sentimientos y controversias: la Magdalena. Resulta curioso, que en esta escena, donde está a punto de ser amortajado el cuerpo de Cristo, el anónimo pintor, no sólo nos hiciera ver la relevancia de esta figura, la primera en verle resucitado, no lo olvidemos, sino que, además de representarla llevándose la mano izquierda a los labios para besar la herida de los clavos, en una escena griálica digna de las mejores historias medievales, lo hace con el peinado recogido, como mandaban los cánones de la época, para representar a la mujer casada y de vida ordenada.

Juan de Flandes, en su Retablo de San Miguel, de principios del siglo XV, nos ofrece, en primer término, una visión muy particular de la célebre batalla en el monte Gargano, muy popular en las representaciones y leyendas surgidas a partir del siglo IV, en la que la Bestia, es un extraño híbrido entre león y serpiente (Sol y Luna), y donde el autor nos presenta, entre otras particularidades, la figura, no de un caballero solar, como debería corresponder, sino por el contrario, por el color grisáceo oscuro tirando a negro de la armadura del arcángel, quizás su intención fuera insinuarnos la figura contraria; es decir, la figura del caballero lunar, cuya mejor representatividad la encontrarmos en el famoso San Jorge. Flanqueando al eterno paladín, dos figuras familiares: San Francisco, representado bajo la experiencia de una de sus visiones estigmatizadoras y Santiago. Lejos de las tradicionales representaciones, el de Flandes nos presenta una figura entronizada, con el báculo del Maestro en la mano derecha y el Libro de la Vida o de las Profecías, en la izquierda. Por los colores de su hábito -blanco y negro-, tal vez fuera un encargo cisterciense o, en su defecto, dominico.

video

Muy cerca del Retablo de San Miguel, el gallo de la antigua veleta, nos trae a la memoria el famoso gallo dorado -antiguamente, se pensaba que era de oro puro- de esa auténtica Capilla Sixtina del Románico, que es la Colegiata de San Isidoro de León. Pero sin duda, sublime y maravilloso, el anónimo Retablo de la Virgen de la Leche, cautiva, no sólo por la belleza de una escena cuya supuesta apariencia de ortodoxa maternidad daría mucho de qué hablar, sino por el simbolismo subyacente en la propia representación y los arquetipos que pululan alrededor de la escena. Fue precisamente a partir de este siglo, el XVI, cuando Roma consideró la inconveniencia e irrespetuosidad de este tipo de imágenes, hasta entonces muy populares. De su popularidad, baste recordar las numerosas representaciones de San Bernardo bebiendo de los pechos de la Madre. Escoltadas por dos angelotes griálicos, representativos, probablemente, de la fertilidad y la abundancia, la Madre nos muestra todo un símbolo en su hombro izquierdo: la estrella de ocho puntas. O lo que es lo mismo, la Estrella Mística, la estrella de los alquimistas, aquélla misma que, figurativamente, guió a los Magos a Belén. En la parte inferior, y a ambos extremos, dos santas mistéricas, han de llamarnos también la atención: Santa Águeda, con los pechos -otra forma de referencia al alimento espiritual- en una bandeja y Santa Marina, quien, como la contrapartida femenina del Júpiter cristiano -San Miguel-, mantiene también doblegada a la Bestia y cuyos santuarios -recordemos el orensano de Augas Santas- están tan relacionados con los cultos al elemento base de la Gran Diosa: el Agua. Las numerosas representaciones de San Andrés y San Cristóbal, también llaman poderosamente la atención. Destacan, sobre todo, las representaciones de éste último, donde se puede localizar un rico e interesante simbolismo. En la primera, formando parte del interesantisimo retablo de Fernando Gallego que lleva por título La Virgen de la Rosa, nos encontramos con el Christophoro o Portador de Cristo, en la típica escena, cruzando el río. Lo que llama la atención, es, cuando menos, uno de los personajes que le espera en la orilla opuesta. Lleva hábito y un farol en la mano, igual que esa sugestiva representación, contenida en ese compendio místico-psicológico que es la baraja del Tarot: el Ermitaño.

Pero el retablo, singular, por otra parte, muestra otros detalles ciertamente relevantes, en la figura de la titular: la Virgen de la Rosa. Debería de llamarnos ya la atención, por el nombre y el simbolismo místico que le acompaña. Pero un detalle, cuando menos curioso, lo encontraremos si observamos bien el colgante que la Virgen lleva al cuello: una cruz Tau, decorada con perlas, al modo en el que los antiguos occitanos representaban su famosa Cruz de Doce Puntas o Diamantes. Volvemos a encontrarnos con San Cristóbal, en otro retablo grandioso, situado entre ésta fantástica Virgen de la Rosa y otra Virgen muy popular, como su nombre bien indica: la del Popolo. Como en la representación anterior, el sometido Hércules cruza un río con el Niño a cuestas y en la orilla, de nuevo nos volvemos a encontrar al personaje con hábito y farol en la mano. Claro que, en ésta escena, entre los pies del gigante y dejando aparte la palmera que éste porta en la mano, nos encontramos otro auténtico símbolo, cuando menos característico del Camino de Santiago: la oca. Impresionante, así mismo, el otro retablo de Fernando Gallego, el de Santa Catalina, figura que bien podríamos relacionar, también, con otro sugestivo Arcano Mayor de la baraja de Tarot: la Rueda de la Fortuna. Espectacular, en su representación y simbolismo, en una parte del retablo, el artista nos muestra a la Santa -figurativamente con la espada en la espada en la mano, en acto de administrar justicia y suplantando la figura de la esfinge que nos presenta el famoso Tarot de Marsella- con dos ruedas. Dos ruedas que, unidas, no sólo forman la inequívoca figura de un ocho -número sagrado y elemento clave en muchos estilos arquitectónicos- sino también, la doble espiral entrelazada o símbolo del infinito. Así mismo, y como colofón a la presente entrada, merece la pena fijarse detalladamente en la forma de la base que soportan las ruedas, para volver a encontrarnos con otro símbolo arquetípico que acabamos de mencionar: la Pata de Oca.

Belleza, simbolismo y misterio. Simplemente por degustar estas maravillas, una visita a la catedral de Salamanca merece, sin duda alguna, la pena.

video


jueves, 18 de agosto de 2016

Catedral vieja de Salamanca: imaginería funeraria medieval


Una vez contuvieron los restos mortales de personajes relevantes del clero y la más alta de las noblezas, los pormenores de cuyas vidas, no cabe duda de que conforman biografías más o menos aderezadas en la esmaltada rigidez de los libros de Historia, cuya lectura pueda resultar más o menos placentera. Pero lo interesante aquí, no conlleva, en absoluto, la obligación de hacer un ensayo pormenorizado de la vida de doña Mafalda, hija del rey Alfonso VIII; ni hipotetizar sobre la irrelevancia de cómo empleaba su tiempo libre don Juan Fernández, hijo de Alfonso IX de León; ni tampoco lanzar el guante de la suspicacia acerca de las andanzas piadosas –cogito, ergo sum- de los obispos de Castilla, como Gonzalo Vivero o el arcediano Diego Arias Maldonado, sino de repasar, siquiera sea desde la perspectiva complaciente de la admiración, la detallada hermosura y calidad artística de los sarcófagos que los albergan. Tampoco, evidentemente, se trata de colocar al observador en una disyuntiva morbosa, pues no hay nada que pueda aterrarnos más, como criaturas prisioneras y temerosas del factor tiempo al que estamos sometidos, que la idea de finito far niente, que conlleva tratar un tema tan espinoso como es el de la muerte.

Lejos, pues, de alterar las mórbidas sensaciones anexas a ese agujero negro que a todos nos espera en algún momento, se sugiere dar un oportuno rodeo, y soslayar, lejos por el momento del alcance de la guadaña del Ángel Negro, parte del rico costumbrismo que hizo de las sepulturas medievales un arte digno, cuando menos de estudio y admiración. Posiblemente derivado de los grandes talleres burgaleses y palentinos, a quienes los avatares de la Reconquista iba ofreciendo nuevas oportunidades, los sepulcros que aquí se pueden admirar, contienen, por sí mismos, una parte importante de la riqueza artística que se conserva en esta catedral de Salamanca. Incluso algunos de ellos cuentan todavía, en su haber, con una parte considerable de esa atractiva policromía con la que estaban dotados originalmente. Delicados, así mismo, en los detalles de sus esculturas, nos ofrecen no sólo una detallada exposición de las costumbres de la época, sino además, un rico repertorio ilustrativo, de índole antropológico, cuyos ritos, si bien se han ido modificando con el paso inexorable del tiempo, han sido pan del pueblo hasta tiempos relativamente recientes. El caso más específico, y el que quizás llame más la atención por su repetitividad así como por el, en ocasiones cómico dramatismo que le acompaña, es el cortejo de magdalenas o plañideras profesionales, que describen a la perfección los ritos y costumbres de la época. Humanamente relacionado, la heráldica no sólo nos refiere el ego sum de un estamento nobiliario que sigue aún vigente, sino que además, acompañado de pompa y circunstancia, adapta las cualidades del difunto al manierismo clásico, equiparándole, por derecho de nacimiento, con la imagen primordial del héroe. Y evidentemente, con tal derecho, la temática incluye también esa parte espiritual y neotestamentaria, que hace participar al difunto de los episodios más relevantes, o cuando menos, de los más significativos, basados en la historia y vida del héroe solar por antonomasia: el propio Cristo. No es de extrañar, por tanto, que entre los numerosos modelos recurrentes, se localicen algunos que, por insistencia, inducen a plantearse bien una especialización determinada, una moda o quizás la inclusión de una alusión a la inmortalidad o el renacimiento afín a los cánones de pensamiento de la época. Sin duda, la escena que más se repite en estos magníficos sepulcros, no es otra que la Adoración de los Magos. Una escena, desde luego, cargada de simbolismo, y generalmente coronada por un símbolo universal, la estrella, cuyo rico simbolismo oculta arquetipos, tales como guía, inmortalidad, renacimiento que a la vez, podrían estar relacionados con el contenido simbólico de las copas o jarras que los magos entregan al Niño. Otro de los temas recurrentes, es el amortajamiento del difunto; y por encima de éste, la visión arquetípica de los dos ángeles recogiendo su alma. Y como se observa, de forma gráfica y explícita, no importan cuán viejo fuera el cuerpo destinado a la tierra: el alma, eterna e indestructible, conserva siempre la apariencia y vitalidad de una persona joven. Otras veces, es el Calvario uno de los temas centrales del sepulcro, donde, entre el grupo de espectadores, posiblemente también figure una representación del finado, costumbre que tiene mucho que ver con la figura de los donantes, quienes también aparecían en los cuadros que encargaban. Una de tales representaciones, como ejemplo, podría ser el tríptico anónimo, que se conserva y expone en el Museo Arqueológico de Madrid, titulado Tríptico de la Pasión del caballero de Santiago.

En definitiva, podría decirse, que la imaginería funeraria medieval es todo un mundo, artístico y arquetípico, digno de descubrir. Y en ese sentido, una buena escuela, y una buena oportunidad de introducirnos en él, lo constituyen, sin duda, estos magníficos exponentes que se localizan en la catedral vieja de Salamanca.

video

lunes, 8 de agosto de 2016

Artes plásticas medievales en la catedral vieja de Salamanca


Como ya se aventuraba en la entrada anterior, dedicaremos otras varias a ojear, siquiera sea de una manera breve, otra parte amena y realmente fascinante del sorprendente conjunto artístico que todavía, al cabo de los siglos y milagrosamente salvado de las diferentes vicisitudes históricas –principalmente, porque estuvo a punto de desaparecer cuando se pensó en derribarla para levantar la nueva-, se conserva en el interior de este grandioso conjunto monumental, que es la catedral antigua de Salamanca: las artes plásticas medievales. Obviando, pues, las maravillas pictóricas anexas a la Capilla de San Martín (x), bueno es comenzar situándonos en la nave, mencionando, no obstante, esa magnífica pintura que muestra precisamente al  exmilite de Tours partiendo su capa por la mitad para ofrecérsela a un pobre, en una de las escenas más corrientes, que generalmente se dedican a un santo que, como ya se aventuró, fue contemporáneo del hereje Prisciliano, participando en el Concilio de Tréveris, en el siglo IV, donde aquél fue sentenciado, ejecutado y sus restos decapitados trasladados furtivamente a Galicia, donde recibieron sepultura. En ese mismo lateral y posiblemente de fecha más contemporánea –siglos XVI o XVII-, algunas representaciones parecen mostrar, quizás, lo que se considera como los milagros de uno de los Cristos más milagrosos y venerados de Salamanca: el Cristo de las Batallas, aunque se conserva otro, románico y con fama de muy milagrero también –el Cristo de la Zarza-, en la iglesia románica de San Juan Bautista o San Juan de Barbalos. Pero sin duda, la pieza más representativa, aquélla que atrae la mirada como un imán por su grandiosidad y magnificencia, cuando menos en un primer momento, es el impresionante retablo gótico que recubre por completo toda la cabecera de la Capilla Mayor, obra gigantesca y meritoria, cuya ejecución se estima en la primera mitad del siglo XV, siendo los artistas encargados de realizarla los tres hermanos Delli: Daniel –más conocido como Dello-, Sansón y Nicolás. En conjunto, esta magnífica composición arquetípica de los hermanos Delli, nos detalla, en sus múltiples escenas, diferentes episodios de la vida de María y de Jesús. Pero son, posiblemente, los frescos que ocupan el diámetro superior de la bóveda, los que atraen irremisiblemente la atención, por dos motivos fundamentales: por su extraordinario estado de conservación y porque, de alguna manera, no ya en la temática, desde luego, pero sí en el desarrollo de la obra, recuerdan la magnificencia renacentista que ya comenzaba a imperar sobre el gótico, cuyos exponentes ya ponían en práctica, sobre todo, los grandes maestros italianos, como Rafael, Miguel Ángel o Botichelli. En un símil de la bóveda celeste, Cristo resucitado y mostrando las heridas de la Crucifixión, parece ejecutar una extraña danza en el sentido de las agujas del reloj. Una cohorte de ángeles, por la manera en la que están distribuidos, forman a su alrededor una imaginaria mandorla o Piscis Vesica. Todos portan, por decirlo de alguna manera, las reliquias más sagradas: todos y cada uno de los objetos que tuvieron que ver con el martirio y muerte de Cristo. Llama la atención, y resulta una curiosidad que me recuerda un extraño Calvario que hay en el interior de la iglesia segoviana de Languilla, la presencia, en ambos extremos de la parte superior, de dos figuras muy determinadas: la Virgen María a la derecha y a la izquierda, aquél que tenía que menguar para que el otro creciera, San Juan Bautista. No hay rastro del Evangelista, cuyo Apocalipsis quizá tuviera más relación con la sobrecogedora escena que se reproduce en la parte inferior: el Juicio Final. Un Juicio sin paliativos, que nos muestra cómo, después de la resurrección, se vuelve a llamar la atención sobre los inevitables contrarios: aquellos, inevitablemente necesarios para que unos y otros puedan existir, que conformarían la parte de justos y pecadores. Pero incluso aquí, la disposición de unos y otros resulta curiosa: los pecadores en el infierno –es éste, la boca de un enorme dragón o serpiente, que nos recuerda la figura del ouroboros, o dicho de otra manera, el arquetipo que nos indica que no hay principio ni fin, sino que todo es cíclico- de la derecha y los justos en el paraíso de la izquierda; precisamente aquélla que, comparativamente hablando y relacionada con las manos –manos creadoras, después de todo- siempre se ha dicho que Dios no tiene. 

video

Por otro lado, y dejando para una próxima entrada las peculiaridades de los magníficos sepulcros, el crucero de la derecha, aquél por el que se accede al claustro, nos muestra, así mismo, entre las numerosas escenas plásticas con mayor o menor fortuna conservadas, no sólo temáticas recurrentes que parece que fueron modelo de copia y veneración en los diferentes elementos bizantinos de Salamanca –por ejemplo, la figura imponente del Christóphoro o Portador de Cristo, San Cristóbal, la figura de San Andrés o la Adoración de los Magos-, sino que, a la vez, ofrecen también notables curiosidades. Entre ellos, quizás por su rareza, destaquen, particularmente, dos escenas: la primera, situada algunos metros por debajo de un rosetón, cuyo centro está formado por un polisquel, una figura gigantesca y femenina, da qué pensar. Podría tratarse de la Virgen, pero hay un detalle que induce a pensar, siquiera de manera vehemente, que podría aludir a otra figura: Santa Catalina. Esto es así, porque por encima de la cabeza de ésta, no sólo se observa una torre, sino que, entre una y otra, nos encontramos con una referencia inequívoca a la rueda –la Rueda de la Fortuna- en el rosetón, cuyos radios, comparativamente hablando, son idénticos a los que conforman a aquél otro se localiza en el frontis de la iglesia del monasterio soriano de Santa María de Huerta. De hecho, la presencia de Santa Catalina, se aprecia, junto con otras dos santas, en un pequeño mural que se encuentra por debajo y a mano derecha. Junto a estas representaciones, caben destacar otras dos, que representan sendos Pantocrator, y que en ambos se detectan curiosos añadidos: en el primero y más grande, situado por debajo y a la izquierda del que acabamos de describir, fácilmente identificable porque se ha perdido el detalle de la figura de Cristo y sólo queda la forma vacía mostrando las manos, a los símbolos determinativos de los cuatro Evangelistas, se les ha añadido otros cuatro más. En este caso, dos ángeles en la parte superior, portando objetos de la Pasión y en la parte inferior, a modo de Calvario, tal vez las figuras de María y Juan el Evangelista. El otro se localiza cerca, en la pared de la izquierda, por encima de uno de los magníficos sepulcros cuya parte central reproduce la Adoración de los Magos. Mejor conservado, este Pantocrátor difiere del otro, en que, además de los símbolos identificativos de los Evangelistas, son cuatro los ángeles que complementan la escena: los dos de arriba, portando objetos relativos a la Pasión y los dos de abajo tocando, no las trompetas, más acordes con los planteamientos evangélicos, sino un instrumento antiguo y netamente pagano: el cuerno. Elementos, no obstante, no ajenos a lugares relevantes de los diferentes caminos a Santiago, como sería la portada gótica –también llamada Puerta del Perdón, como Villafranca del Bierzo- de la iglesia de Santa María de los Sagrados Corporales, en Daroca, Zaragoza.