jueves, 18 de mayo de 2017

Una Virgen Negra de nombre Blanca


Toledo y su magia, siempre latente incluso en los más inesperados rincones. No en vano, podría considerarse como una pequeña Jerusalén, comparativamente hablando y pensando en un merecido término como es el de Axis Mundi, a la vera de cuyo río Jordán, ese Tajo melancólico, espejo tamizado de narcisos para recreo de una luna que cada noche medra bajo los suspiros primordiales de una cohorte de fieles ocas, los antiguos misterios renacen emparentados con la sombra de la infinidad de culturas que por o pro, buscando o empujados por Sophia, fueron asentándose en las escarpas de su fértil lomo de dragón dormido en un sueño eterno. Muchos son, precisamente, los enigmas y misterios, que aun provenientes de ese mundo donde habitan los sueños –terrible, pero al que se puede descender con un simple pisotón en el suelo, como afirmaba Mefistófeles-, aguardan impasibles, heridos quizás por el olvido pero paradójicamente respetados por el tiempo, a todo aquél que encarándose con ellos, no cometa el mismo error que Parsifal y reservándose para sí mismo la pregunta, continúe su camino sin mirar siquiera un momento atrás, ni despegar sus labios para pronunciarla.

Morena soy pero hermosa, decía la sulamita del Cantar de los Cantares, a unas hijas de Jerusalén que la miraban con recelo, condicionadas por la androlatría impuesta por un celoso Yahvéh, en una sociedad, la semita, que ya comenzaba a poner en práctica el más persistente y posiblemente el más cruel, también, de los grandes apartheids: la exclusión de la Diosa y su mundo. Procedentes de aquellos barros (1), donde se potenciaba el hemisferio dextrógiro –como demuestran las exclusivas referencias a la mano diestra de Dios-, vienen estos lodos levógiros, que en ocasiones llaman la atención, ejerciendo una fascinante seducción hacia el lado marginal de la poesía y la creatividad. Derecha e izquierda, poesía y creatividad, blanco y negro podría decirse que se tienden la mano en un fraternal abrazo, en ésta peculiar imagen mariana, en cuyas características podrían apreciarse esos caldos de cultivo bernardinos que caracterizan a las matres cistercienses, pero que incluso van mucho más allá de esa forzada afectividad con las que el gótico comenzó a mirar hacia otro lado, alejándose del intrínseco hieratismo de sus precedentes románicas.

Como el Sol de Andalucía, esa blanca manzanilla, o como la Blanca Paloma, que de sus orígenes negros todavía conserva, como muchas otras, el capirote o manto de forma triangular, la Virgen Blanca que domina el coro de la catedral de Toledo, nos invita a observar. En sus juegos con el Niño, hay picardía y deseo de tregua, en un pacto sin precedentes donde su sonrisa, que se podría calificar de leonardesca –es decir, singular, fascinadora y enigmática según manifiesta Sigmund Freud en su obra Psicoanálisis del Arte, quien además cita a Muther, con el añadido aplicado de demoníaco encanto-, se ve compensada por la concordia de la mano de aquél acariciando su mentón. Un mentón que, por añadidura y curiosamente, parece formar –o quizás sea un efecto óptico que depende del ángulo con que se mire-, esa bola que por derecho propio la corresponde y que, como menor de los males, se ve obligada a compartir.

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(1) Con el permiso de mi querido amigo y Maestro, don Rafael Alarcón Herrera.