lunes, 12 de julio de 2021

Melancolía

 


Siempre que contemplo su estilo, neorrománico o novísimamente asimilado a bizantino, como lo hubiera descrito aquel glorioso periodismo literario de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, que amenizaba con sus ilustradas gacetas el afán de intelectualidad de los viejos y almidonados caballeros que acostumbraban a asistir a las concurridas y en ocasiones aburridas tertulias de los casinos, acude a mi mente una palabra, grotescamente mágica, Arcadia, que incluso Poussin utilizó en sus cuadros para describir un estado idealizado de melancolía, si tal cosa es posible.



Porque la melancolía, esa metafórica carencia de vitaminas psíquicas, a la que incluso el gran Alberto Durero se rindió, homenajeándola con su hermético trabajo, suele ser contagiosamente catatónica y tarde o temprano, termina por alcanzarnos, sin que ello signifique que seamos necesariamente tristes.

 


AVISO: Tanto el texto, como las fotografías que lo acompañan, son de mi exclusiva propiedad intelectual y por lo tanto, están sujetos a mis Derechos de Autor.



 

jueves, 19 de noviembre de 2020

Distorsiones Dalinianas: Otros Mundos



Si el Arte tuvo sus grandes precursores en figuras como Salvador Dalí, Paul Eluard o incluso Antonio Machado, también los pseudo-antropólogos como el misterioso Carlos Castaneda, se esforzaron, quién sabe si en vano, por hacernos entender que aun estando en éste, existen otros mundos.



Acceder a esos otros mundos implica, necesariamente, distorsionar la realidad, fatalistamente objetiva que nos rodea y darle una oportunidad a la imaginación.



De alguna manera, hemos de suponer que imaginar no deja de ser un recurso de la creación, orientado hacia la perspectiva de otras estéticas, que no por extrañar han de resultar, si cabe, también fascinantes.



O dicho de otra manera más acorde con la era espacial en la que nos encontramos: convertirnos empíricamente en pioneros de mundos artísticos todavía por explorar y definir.



Y al hacerlo, sin importarnos que el resultado marque necesariamente una compensación, y sí un sentimiento poético que justifique el utópico deseo de: la Imaginación al Poder.



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sábado, 14 de noviembre de 2020

Ensoñaciones Junguianas en el Parque del Retiro



Siempre que paso por ese rincón tan especial y recogido del Parque del Retiro, donde los madrileños rinden culto, entre otros muchos, a esos grandes maestros de la canción española, que fueron los hermanos Álvarez Quintero, no puedo evitar dejarme llevar por la ensoñación y recordar a aquél extraordinario mago del inconsciente colectivo, que fue el doctor C.G. Jung.



Al modo de la alegoría del Caballero y la Muerte, de aquél otro excelso, prolífico y melancólico grabador flamenco, Alberto Durero, el monumento en cuestión, románticamente hermoso donde los haya, reproduce, cual las fichas de un monumental tablero de ajedrez, a una dama y a un caballero.



La dama, apoyada en el alféizar de un balcón con inequívocos aires góticos, luce, además de ese divino tesoro que es siempre la juventud, la blanca pureza de un mármol, que sin ser originario de Ferrara, como los que utilizaba el excelso Miguel Ángel, se le aproxima lo suficiente, al menos como para disimular un parentesco cuando menos latino o si lo prefieren, mediterráneo.



El caballero, señorito y andaluz, despliega, fundido en negro, como su montura, el donjuanismo heredado de siglos de dominación de aquélla cultura mora, que entre geranios, alhelíes y flores de azahar levantó esos inolvidables poemas a la belleza y a la perfección, que son la Giralda de Sevilla y la Alhambra de Granada.



Él saluda, extendiendo el brazo hacia los cuartos traseros del caballo, con el sombrero de caporal remando al viento, imitando, quizás, a ese marinero en tierra de Rafael Alberti o a aquél otro de Antonio Machado, que soñaba con tener un jardín junto al mar y se metió a jardinero.



Ella, apoyada en el alféizar del gótico balcón, posa en él unos ojos, que de no haberlo impedido el artista que un día atrapó su alma en el frío corazón del mármol, hubieran sido tan hechizadores como los de aquéllas princesas moras, que según los rumores que todavía circulan por Al-Andalus, se convirtieron un día en fantasmas para no abandonar jamás los jardines de los palacios de los que un día fueron orgullosas dueñas y señoras



Sea porque así lo quiso el artista, cumpliendo con los mandamientos de las buenas costumbres o porque no puede haber paz donde no se ha encendido primero la llama de una guerra, la cuestión es que da la sensación de que ambos se desean, con la terrible paradoja de que nunca llegarán a acercarse lo suficiente.



Y en el fondo, yo no dejo de pensar, si entre ese ‘hola’ y ese ‘adiós’ –como diría en su momento, el cantante Joan Manuel Serrat- que los condena a mantener una prudencial distancia, no está resumido, a fin de cuentas, ese querer pero no poder, que enfrenta a esos dos amantes desquiciados –el complementario de Machado y la circunstancia de Ortega y Gasset- que nuestro buen doctor Jung, no menos poéticamente que los anteriores, denominó como ánima y ánimus.



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viernes, 13 de noviembre de 2020

Distorsiones Dalinianas: el Otoño



Cercana ya la fecha del Solsticio de Invierno, cuya solemnidad coincide con la Natividad, el otoño comienza a encogerse sobre sí mismo, hasta llegar a convertirse en un recuerdo más, escondido en el laberinto de la memoria.



No obstante, incluso en este momento en el que progresivamente el árbol de hoja peremne comienza a estremecerse en la lenta agonía que ha de llevarle inevitablemente a su desnudez, todavía se aprecian en él gloriosos destellos de belleza, capaces de sublimar a los veleidosos sentidos.



Girando en los torbellinos del tiempo, desvirtuándose en oleadas que giran inevitablemente sobre sí mismas, esparciéndose como se expande una galaxia en el Universo, su efímero esplendor nos señala, también, la promesa futura de un nuevo retoño.



Porque sujeto también a las leyes universales, incluso el otoño representa de facto esa energía que ni se crea ni se destruye, puesto que tan sólo se transforma.



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jueves, 12 de noviembre de 2020

Tánatos y Arte: una reflexión



Generalmente, amnésico a todo aquello cuanto hace referencia a lo que el escritor checo Milan Kundera denominaba como la insoportable levedad del ser, el hombre suele mirar hacia otro lado, toda vez que el más persistente y de hecho, el más antiguo de sus tabúes le planta cara, con toda la consistencia de su inefabilidad: la Muerte.



Y sin embargo, por paradójico que nos parezca, existe en él un instinto gótico, irreprimible, que le empuja irremediablemente a sentirse fascinado por Ella, hasta el punto de rendirla todo un infinito cultual.



Nada mejor para comprender parte de dicha fascinación, que embarcarse en la metafórica nave del Arte y dejarse arrastrar por esas ambiguas corrientes mitológicas, para adentrarse con ellas en los profundos océanos que alimentan las sagradas lágrimas de la piedad.



Suele representarse la piedad, en el arte cristiano, como esa Mater inconsolable, de mandíbulas atenazadas por el más insoportable de los sufrimientos y ríos de lágrimas que se derraman como un torrente sobre el cuerpo inerte del hijo muerto que mantiene sobre su regazo.



En este sentido, resulta curioso observar cómo el fondo permanece, con toda la fuerza de su significado, mientras la figura cambia, según sean las inclinaciones político-religiosas del finado –conservadoras o liberales- lo que vendría a confirmar, y el Arte así lo entendió –al menos en este madrileño Panteón de Hombres Ilustres- que la Muerte, después de todo, no era, si no, el regreso al origen de los orígenes: el seno materno.



Y en ésta otra concepción, la Madre es representada como una Dama solitaria, con un velo que le oculta parcialmente la cabeza, pero deja al descubierto parte de un rostro inescrutable, con los ojos cerrados, plantada con vaporosa prestancia en el umbral que separa los mundos ambivalentes de la existencia, aguardando conmiserativa la llegada a casa del hijo pródigo.



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martes, 10 de noviembre de 2020

Ánade: sueños de agua y fuego



No cabe duda de que el otoño encuentra en el agua un espejo de complicidad, que alienta las más brillantes fantasías.



La Naturaleza y los extraordinarios seres que en ella habitan, tienen la facultad de ofrecer, no sólo las más extraordinarias de las imágenes, sino también toda la fuerza de las grandes expresiones artísticas, como pueden ser, por ejemplo, el impresionismo, el realismo y también el surrealismo.



Por tanto, no deja de ser una escena realista, impresionista y a la vez surrealista, ver que el reflejo del intenso color rojizo de las hojas peremnes de una secoya de agua, plasmado sobre la tranquila superficie de un lago, induzcan la sensación de un inesperado incendio que se abatiera sobre el plácido sueño de este hermoso ánade.



Vídeo Relacionado:



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lunes, 9 de noviembre de 2020

Las catedrales de San Más Allá



Leí este concepto hace muchos años, cuando la censura en España comenzaba incluso a adormilarse con las paparruchas del NODO y la Santa Inquisición parecía haberse adormilado también en los laureles, soñando, posiblemente, con el nacimiento de nuevos fuegos que continuaran alimentando las viejas y patrióticas hogueras.



La Transición, esa misma hada madrina que algunos critican hoy despiadadamente pero que ayer fue como agua de mayo para un país de voces mutiladas y sueños frustrados de libertad, abrió las puertas a que ciertas editoriales se lanzaran a la edición de ciertas obras de carácter heterodoxo y en la vieja Hesperia se comenzaran a recuperar conceptos como realismo fantástico o la España mágica.



Plaza & Janés, Bruguera o Martínez Roca fueron, entre otras, ese metafórico bastión, El Álamo, que se enfrentó con hidalguía a un muro de intolerancia, donde incluso los eminentes psicólogos del Régimen, veían todavía elevadas a los altares sus disparatadas teorías, que hasta entonces habían dado lugar a demenciales absurdos, como los promulgados por López Ibor respecto a la pandemia que él denominaba como ‘el gen rojo’.



Entonces llegaron Pauwels & Bergier, con su libro ‘El retorno de los brujos’ y con ellos, España conoció también a Fulcanelli y su ‘El misterio de las catedrales’ y comenzó a mirar a éstas y a su inmenso patrimonio histórico y cultural, con ojos de mancebo enamorado.



Muchos españoles, sin duda ilusionados, comenzaron a presentir en las catedrales un mundo alternativo –más allá de los púlpitos encendidos, donde sacerdotes exaltados todavía gritaban a viva voz el ‘Santiago y cierra España’- hecho a ‘imagen y semejanza’ del mundo celestial, sumidos en la misma y trascendente curiosidad que indujo al gran poeta alemán, Goethe, a decir aquello de que los constructores góticos buscaban a Dios en las alturas.



Y al hacerlo, comenzaron a entrever el mundo sobrenatural que en realidad se escondía detrás de éstas impresionantes construcciones, que no eran, sino el receptor que comunicaba el espíritu con la profunda voz de las estrellas.



Las catedrales de San Más Allá.

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