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sábado, 19 de noviembre de 2016

Arte funerario: los sepulcros de Villalcázar de Sirga


Refiere una antigua leyenda que se cuenta por estas tierras de Villalcázar de Sirga y referida al magnífico Pantocrátor (1) de la insuperable iglesia de Santa María la Blanca, que el día del equinoccio de primavera, si se golpea el punto exacto en el que un rayo de sol alcanza al toro, animal simbólico que representa a San Lucas, entonces las cabezas que se encuentran a cada lado de Cristo en Majestad, revelarán el lugar donde los templarios ocultaron su formidable tesoro. En realidad, y si de tesoros hablamos, no será muy difícil llegar a la certera conclusión de que el mayor tesoro templario que se puede encontrar por estas tierras de campos –o por cualquier otra tierra relacionada con ellos-, no es otro que la propia iglesia, único resto que sobrevive, junto con el que fuera hospital y hoy en día reconvertido en mesón pero conservando el nombre de sus antiguos propietarios, de la encomienda templaria establecida en el lugar, situada no lejos de Frómista y en pleno itinerario del Camino de Santiago. La única del Reino de Castilla, según parece, situada al norte de la frontera del Duero y de la que queda constancia, además, de al menos uno de sus comendadores –Frei Gómez de Patiño, que estuvo presente en el Fuero de Ceheguín de 1307-, así como de los últimos hermanos de la Orden que la habitaron, antes de que pasara a manos de los caballeros santiaguistas: los freires Johanni, Luce y Roderico; o lo que viene a ser lo mismo: Juan, Lucas y Rodrigo.

Declarada Monumento Histórico Nacional en 1919, y aunque muy afectada por los efectos del impresionante terremoto que sacudió la ciudad de Lisboa en 1755, este formidable templo, con planta de cruz patriarcal, según Rafael Alarcón Herrera (2), constituye, después de todo, y tal y como se afirmaba al principio, un auténtico compendio de sabiduría que, bien mirado, recoge el mayor legado y a la vez el mejor tesoro que se puede encontrar. Pero lejos de tratar en la presente entrada los numerosos aspectos que hacen de este templo un lugar pródigo en claves y enigmas –los cuales, se posponen para mejor ocasión-, existe la intención, de admirar y plantearse algún que otro interrogante relacionado con parte de ese inconmensurable tesoro artístico, como sin duda son los sarcófagos policromados que aún se pueden contemplar, en buena parte de su primitivo esplendor, en la denominada Capilla de Santiago, obra, según parece, atribuible, así mismo, a los extraordinarios talleres medievales establecidos en Carrión de los Condes y alrededores, cuyos mejores exponentes se localizarían en los templos de Santa María del Camino, Santiago, el casi irreconocible monasterio de San Zoilo, e incluso más allá de Carrión, en lugares como Moarves de Ojeda y su iglesia de San Juan Bautista. Los sarcófagos en cuestión, son tres, que colocados en fila y realizados, según se cree, por un tal Pedro el Pintor, se supone que pertenecen, por el siguiente orden, al Infante Don Felipe, hijo de Fernando III el Santo y de Dª Beatriz de Suabia y hermano de Alfonso X el Sabio, autor, como sabemos, de las famosas Cantigas a Santa María, de las cuales, al menos una decena hacen referencia, precisamente, a los milagros atribuidos a la Virgen Blanca, titular de esta antigua iglesia de Villalcázar de Sirga (3).


Muerto en 1274, estudió en la Universidad de París, siendo alumno de San Alberto Magno y compañero de San Buenaventura y Santo Tomás de Aquino. Su primera esposa, fue la princesa Cristina de Noruega, cuyo recuerdo se mantiene aún vivo en otra ciudad castellana, cercana al entorno de Santo Domingo de Silos y las ruinas del monasterio de San Pedro de Arlanza, donde fue enterrada: Covarrubias. El sarcófago que se encuentra a continuación, se cree que es el de Dª Inés Rodríguez Girón, dama que fuera la segunda esposa del Infante Real, aunque siempre ha existido una cierta confusión a este respecto, siendo numerosas las fuentes que abogaban por Dª Leonor Ruiz de Castro, quien, al parecer, fue enterrada, tal y como pedía en su testamento, en el monasterio de San Felices de Amaya, cercano a Burgos (4). A continuación del presunto sarcófago de Doña Inés, se localiza la sepultura de un misterioso personaje, del que no se sabe a ciencia cierta quién fue, pero cuya personalidad gira, también, en torno a la historia y la leyenda. Aunque generalmente, se piensa que en él reposan los restos de un caballero santiaguista, de nombre Juan de Pereira, no son pocas las fuentes que lo consideran como el sepulcro de un caballero templario, e incluso, con el sepulcro del maestro cantero o magister murii que construyó la iglesia. Resulta significativo, no obstante llegados a este punto, observar que el personaje labrado en la tapa del sarcófago, mantiene un ave entre las manos. Si bien es cierto, que la verja metálica que protege el acceso a la capilla de Santiago, apenas permite vislumbrar qué tipo de ave es en cuestión, resulta igualmente significativa, la presencia de una ave muy especial, la oca, representativa de las antiguas hermandades canteriles y animal estrechamente vinculado, así mismo, con el Camino de Santiago y el tránsito al inframundo, siendo su simbolismo rico y variado. Este animal, figura al menos en dos escudos nobiliarios que se localizan, uno en la propia fachada exterior de ésta iglesia de Santa María la Blanca, y el otro, justo enfrente, en un antiguo palacio, reconvertido en Casa Consistorial. Junto a dicho escudo, también se encuentran algunos canes de cabezas, que probablemente pertenecieran en origen al templo. Dada la relación del rebelde Infante Don Felipe con la Orden del Temple, en la que encontró refugio después de los prolongados enfrentamientos con su hermano, el rey Alfonso X, quizás no resulte tan significativo, sin embargo, el detalle de que entre los personajes que tan abundante y ricamente ofrecen un detallado conjunto antropológico de costumbres -incluidas las plañideras, figuras todavía existentes hasta tiempos relativamente modernos-, situaciones y rituales de la época, se localicen varios hermanos de la Orden del Temple, acompañando al hermano finado en el sepelio. Tampoco hubiera sido extraño, que tales caballeros hubieran aparecido también en el sepulcro de su mujer, Doña Inés, en virtud de los estrechos contactos que los templarios tuvieron con las familias más antiguas y poderosas, de las que no sólo obtuvieron suculentas rentas, sino de las que también fueron requeridos para salvaguarda y defensa de sus territorios, como ocurrió en Galicia, con la misteriosa bailía de Faro. Y digo misteriosa, porque a pesar de su probada existencia histórica, aún queda por determinar el sitio exacto en el que ésta se encontraba, no descartándose, incluso, la famosa Torre de Hércules, precedente romano y estratégico punto de observación. 

De cualquier manera, e independientemente de los numerosos enigmas que todavía subsisten en esta vieja encomienda, de lo que no cabe duda es de que todavía, se mire por donde se mire, plantea no sólo numerosos retos al investigador, sino innumerables detalles histórico-artísticos y culturales, como para hacer de una visita uno de los más gratos atractivos del Camino de Santiago a su paso por la provincia de Palencia. Y un dato más: ¿son imaginaciones mías, o existe cierto parecido razonable entre la portada que da precisamente a la Capilla de Santiago y esa otra que todavía se puede ver, aunque a duras penas, en las ruinas del convento de San Antón, en la no demasiado lejana población burgalesa de Castrojeriz?. Buen tema para meditar en un futuro.


(1) Con respecto a la simbólica figura del Pantocrátor, no olvidemos que en Palencia existen unos antecedentes sublimes, como conoce muy bien todo aquel que haya visitado la iglesia-museo de Santiago, en Carrión de los Condes o la de San Juan Bautista, en Moarves de Ojeda. Por añadidura, y también por su razonable parecido, se podría mencionar el parecido entre éstos y otro que se localiza en la catedral de Lugo, tema que, desde luego, puede inducir a la especulación sobre el origen de los canteros y su hacer a uno y otro lado de ambas provincias.
(2) Rafael Alarcón Herrera: 'La otra España del Temple', Ediciones Martínez Roca, S.A., 1988, páginas 256-257. En la página 257 y a pie de foto, Alarcón, así mismo, comenta, y lo cito textualmente como dato para todo aquel que desee indagar más en el tema de la leyenda del tesoro de los templarios: 'El fabuloso convento templario de Villasirga (Palencia) conserva el recuerdo de un tesoro cuyo secreto solo conoce el animal del Pantocrátor, llamado popularmente "cerdito sabio de San Lucas"'.
(3) Otro de los misterios añadidos al lugar es, precisamente, la dificultad para identificar cuál es, entre las variadas imágenes marianas que se pueden encontrar en la iglesia, incluida la que se localiza en la magnífica portada principal de acceso al templo, por debajo, precisamente, del Pantocrátor al que se aludía como señalado por la leyenda como contenedor de la clave para localizar el supuesto tesoro de los templarios, si bien es cierto, que la mayoría de los investigadores tienden a señalar una hermosa talla gótica, que se encuentra dentro del recinto de la Capilla de Santiago, enfrente de los sarcófagos y terriblemente mutilada, puesto que le falta el brazo derecho, portador del atributo, siendo el daño, no obstante, mucho mayor en el caso del Niño, pues aparte del mismo brazo que la Madre, le falta también la cabeza.

(4) Información obtenida de parte de la conferencia que Cristina Partearroyo ofreció el día 10 de marzo de 1994 en el Museo Arqueológico Nacional y que se puede consultar en el siguiente blog; http://tomasalo.blogspot.com.es/2010/09/sepulcro-de-dona-leonor-ruiz-de-cartro.HTML

viernes, 21 de octubre de 2016

Canteros de Santa María de Huerta: el Lenguaje de los Pájaros


Aparte de las excéntricas ambigüedades simbólicas de un arte como el de la Alquimia, si existe algo comparable a esa forma de aludir algo lo suficientemente complicado de entender o interpretar como para responder a la perfección a esa calificación de lenguaje de los pájaros, no es otra cosa que las marcas que los canteros medievales fueron grabando en los sillares de aquellos edificios que de manera tan sabia, artesana y perdurable fueron levantando en su azaroso camino. El monasterio de Santa María de Huerta, aun no siendo, evidentemente una excepción, sí es, no obstante, uno de esos felices lugares depositarios de un ameno e interesante conjunto gliptográfico, digno de figurar, cuando menos, entre los más desconcertantes. Posiblemente más desconcertante, todavía, que las numerosas marcas de cantería que constituyen otro aliciente enigmático-cultural de otro monasterio cisterciense, no demasiado lejano, como es el de Santa María de Veruela, que, por el contrario, sí recibió, afortunadamente, la atención de un excelente artista, como fue Valeriano Bécquer, hermano y compañero de viaje y de aventura de aquél poeta que tan bien glosara el simbolismo de la mano y cuya poesía, en palabras de Eugenio d’Ors, era comparable a un acordeón tocado por un ángel: Gustavo Adolfo Bécquer. De hecho y como homenaje de buen gusto, durante mi última visita a Veruela, acaecida a finales de julio, tuve ocasión de disfrutar de una pequeña aunque agradable exposición de los dibujos realizados por aquél durante su estancia en el monasterio.

Es curioso, pero si tuviéramos que recurrir al símil de la fantasía, exponiendo como argumento lo prolífico que fue el trabajo de Gustavo Adolfo, aún enfermo desde su celda, podría sugerir la posibilidad de que permaneciendo cierto tiempo recorriendo esos solitarios y chinescos claustros, pasando sin miedo la yema de los dedos por la gélida superficie de unos sillares encajados con milimétrica maestría; dejándonos estremecer por la mirada puesta en nuestra nuca de esas fantásticas esculturas que contemplan impertérritas el paso de los siglos desde su aparentemente burlona eternidad, quizás la Musa podría sugerirnos -siquiera fuera lanzándonos un dardo dorado para abrir una brecha en el hemisferio creativo de nuestro cerebro-, algunas recomendaciones que nos permitieran intuir siquiera parte de ese gran misterio. Quizás la clave nos la diera Jung, cuando reflexionaba, en un ciclo de conferencias pronunciadas en Viena en 1931, sobre ese choque existencial entre un abuso de espiritualidad que caracterizó a esas épocas –el punto de inflexión, lo marcaron la caída del gótico y el nacimiento de la Reforma-, y el abuso de materialidad que nos caracteriza ahora a nosotros.

Frente a esto e independientemente de las numerosas teorías que han querido ver en esos grafismos un símil de nómina con vistas a un jornal o el distintivo de un gremio en particular -por ejemplo, se comenta que gremios muy activos, sobre todo en el Camino de Santiago, como los Hijos del Maestro Jacques o los Hijos de Salomón, firmaban sus obras con la pata de oca o con el Sello de Salomón-, o, en aquellos muy intrincados, con ramificaciones, el sello particular de un oficio artesano heredado de padres a hijos o, ya puestos en materia, instrucciones sobre el plano para ir completando la obra -una buena muestra, se encontraría en el ábside principal del monasterio de Santa María de Moreruela, en Zamora, o dentro de la galería de la preciosísima ermita mozárabe de Santa Cecilia, situada en el entorno del monasterio de Santo Domingo de Silos-, o, teniendo en cuenta la mentalidad también de la época, símbolos mágicos de protección, tal vez debamos recurrir a los aspectos espirituales de la época para intentar ver en ellas, el símbolo particular que definía al cantero en la trascendencia de una aventura que, al fin y al cabo, constituía todo un viaje espiritual. Sea como sea, lleguemos algún día a entender, si no todo, parte al menos de ese lenguaje de los pájaros, lo que no deja de ser cierto, es que contemplar esas antiquísimas reseñas constituye, después de todo, un atractivo añadido a la visita de lo que es ya de por sí, un lugar eminentemente sorprendente: el monasterio de Santa María de Huerta.


lunes, 17 de octubre de 2016

Una Virgen para una batalla: la de las Navas de Tolosa


Otro de los numerosos enigmas que hacen que la visita a este monasterio de Santa María de Huerta se convierta en toda una aventura, no es otro que aquél que se refiere a la supuesta historia de una curiosa imagen mariana medieval, cuya advocación original, perdida para siempre en esos charcos insondables de la historia donde posiblemente se perdieran también las aguas de las nieves de antaño a las que evocaba ebrio de nostalgia el poeta François Villon, ha querido que en el futuro se la asocie con un personaje relevante del siglo XII –el arzobispo de Toledo, don Rodrigo Jiménez de Rada- y una batalla que fue crucial para las reivindicaciones reconquistadoras de unos reinos cristianos en plena expansión, una vez superada la espantosa derrota de Alarcos: la de los Tres Reyes, más conocida, sin embargo, como la de las Navas de Tolosa. Viene a colación al respecto, comentar, siquiera sea por la simpatía de forma, que ésta atribución, dejada caer de manera hipotética por el marqués de Cerralbo, fue considerada posteriormente con literalidad, de la misma manera que muchas fuentes consideran como un hecho inconstatable que las iglesias de planta circular u octogonal, constituyen un modelo inequívoco de arquitectura templaria, desde que en las postrimerías del siglo XIX el gran arquitecto francés Viollet le Duc –restaurador, entre otros importantes conjuntos medievales, de la catedral de Notre Dame de París-, dejara caer una afirmación similar, seguramente inconsciente del revuelo que levantaría en el futuro.

Esto no quiere decir, sin embargo, que ambas afirmaciones no pudieran haber sido plausibles, siempre y cuando, claro está, se mantenga la oportuna cautela de la duda mientras no se demuestre lo contrario. Dejando a un lado la réplica de dicha imagen, que en la actualidad se puede ver en una de las alacenas del claustro, es muy probable que la imagen original, custodiada en las dependencias privadas monacales, pudiera haber sido concebida en origen, por su tamaño y características –le falta la pieza trasera, utilizada, con toda probabilidad, para el alojo de reliquias, como solía ser habitual-, como una imagen de campaña, fácil de transportar y con la que poder oficiar misa antes de la entrada en combate. Bajo este punto de vista, pudiera ser, que hubiera acompañado al arzobispo Jiménez de Rada en tan importante contienda, siendo, como fue, uno de los principales artífices de la misma. Pero se sabe, que hubo otro prelado que también tuvo cierto protagonismo en la batalla: el obispo Martín de Finojosa. Curiosamente, ambos personajes, están representados en las magníficas pinturas laterales del ábside mayor de la iglesia, realizadas en 1580 por Bartolomé Matarana, pintor manierista genovés, que estuvo especialmente activo en Cuenca y en Valencia. Y en ambas representaciones –he aquí, tema añadido para la polémica-, se aprecia la presencia estatuaria mariana, si bien, de manera significativamente diferente.

En la parte izquierda, según estamos situados frente a la capilla mayor, tenemos una sensacional imagen de Martín de Finojosa oficiando misa ante las tropas. Unas tropas, cuyos primeros exponentes, sabemos que se correspondían con las órdenes militares; caballeros que, en este caso, lucen una cruz roja en sus cascos, detalle que puede ser incluso alegórico, no sólo de las referidas órdenes militares –templarios, hospitalarios o santiaguistas, por citar a las principales-, sino también del conjunto cruzado en general, pues no olvidemos, que España fue el precedente de las Cruzadas. La figura mariana que se aprecia en el altar, es una figura entronizada, que bien pudiera hacer referencia a la imagen de la que estamos tratando o, en su defecto, a una imagen de similares características, al uso de la época. Por el contrario, la escena de la derecha, ya nos muestra un detalle cuando menos significativo: el arzobispo de Toledo, Jiménez de Rada, cargando contra los musulmanes al frente de la vanguardia cristiana. Lo curioso, es que el portaestandarte que cabalga inmediatamente detrás de él, mantiene en alto una banderola de color encarnado en la que se aprecia a una figura mariana, con el Niño en brazos, pero de pie, perdida ya esa disposición hierática y de teothokos, o trono de Dios, de la imagen que estamos tratando, más parecida a la virgen gótica y también oculta en las dependencias privadas del monasterio que, no obstante, se puede ver en los libros a la venta que tratan de la historia de tan interesante cenobio.

A este respecto, conviene mencionar, que en el monasterio burgalés de las Huelgas, aparte de otros significativos recuerdos de tan celebérrima batalla, se conserva la figura de una Virgen pequeñísima, de apenas 10 centímetros de altura, también denominada de las Navas o del Tovar, que formaba parte del pomo de la silla de montar del obispo Don Tello. Y otro dato significativo: no muy lejos del monasterio de monjas cistercienses de Buenafuente del Sistal, y en el vecino término de Cobeta, se localiza un curioso y aislado santuario mariano, de cuya titular, la Virgen de Montesinos –de igual nombre que la cueva donde Don Quijote protagonizó una de sus maravillosas aventuras-, se sabe que fue trasladada, precisamente, al monasterio de Santa María de Huerta y de cuyo rastro, nada se ha vuelto a saber.


jueves, 29 de septiembre de 2016

El Monasterio de Santa María de Huerta


Todo monasterio, aparte de constituir un completo conjunto que contiene en su diseño lo más granado de la matemática y la geometría, es, también, ese metafórico envase de óleo, cuyos aromas, aun al cabo de los siglos, embriagan los sentidos con efluvios de misterio y perfección. Evidentemente, el monasterio soriano de Santa María de Huerta, es uno de ellos. Y su historia, cuando menos en lo relativo a su génesis o principio, liberado el tapón del envase de óleo que la contiene, resulta marcadamente misteriosa. Tan misteriosa, que habría que remontarse a aquellos oscuros años de los siglos XI y XII, cuando a la opulenta soberanía de Cluny le salió –yo no me atrevería a decir que inesperadamente, pues todavía quedaban muchas ovejas ajenas al redil-, un doloroso y molesto orzuelo llamado Císter. Hablar del Císter obliga, en cierto modo, a hablar también de la que siempre se ha considerado su facción armada: la orden del Temple. Y al hacerlo, no se puede evitar comparar los paralelismos históricos que vinculan a ambas órdenes no sólo en su desarrollo, sino también en sus inicios, pues en ambas parece detectarse un fenómeno similar, quizás copiado de aquellos misioneros y navegantes que eran los monjes irlandeses, pues como ellos, tanto cistercienses como templarios comenzaron su azarosa vida en pequeños grupos, lo que no deja de ser, en el fondo, una cuestión tremendamente paradójica, pues cuesta pensar que de unos inicios tan modestos, pudieran surgir, aun con mayor o menor grado de conservación, obras tan perfectas e inconmensurables. Así, pues, se puede decir que este monasterio comenzó, gracias a la labor de un puñado de hombres, que sometidos por un sin fin de privaciones pero con fe, perseverancia y unos conocimientos sorprendentes para su época, levantaron algo digno de respeto y admiración. Si bien, sometido a numerosas remodelaciones que lo fueron adaptando al gusto predominante de determinadas épocas, todavía conserva una parte interesante de su primitiva fábrica. A ella pertenecen, sin duda, una cuidada y enigmática gama de marcas de cantería que, en conjunto, constituyen todo un apasionante enigma. O lugares no menos enigmáticos y poco conocidos por el público en general, como la capilla de la Magdalena. O personajes relevantes de la Historia –el arzobispo de Toledo, Rodrigo Ximénez de Rada o Martín de Hinojosa-, así como apasionantes enigmas artísticos relacionados con episodios no menos importantes de esa Reconquista, como la famosa batalla de los Tres Reyes, más conocida como la batalla de las Navas de Tolosa, que constituyen todo un atractivo y apasionante viaje al misterio digno de descubrir. Y esa es, después de todo, la vertiente que iremos viendo a lo largo de las próximas entradas.