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jueves, 5 de enero de 2017

El Árbol y la Madre


'Símbolos maternos casi tan frecuentes como el agua son el madero de la vida y el árbol de la vida. El árbol de la vida empezó seguramente siendo un árbol genealógico cargado de frutos, es decir, una suerte de madre genealógica...'.
[C.G.Jung (1)]

Añadía Jung, allá por noviembre de 1937, en el prólogo a la tercera edición de ese fenomenal y recomendable ensayo que es su libro Símbolos de transformación –un libro sobre el que siempre comentaba, curiosamente, que nunca le había hecho feliz y que había escrito muy a su pesar-, que la historia nos enseña una y otra vez que, en contra de las expectativas de la racionalidad, eso que llamamos factores irracionales desempeñan en todos los procesos de transformación anímica el papel más importante y aun el decisivo. La sincronización, bajo mi punto de vista, podría considerarse un buen ejemplo de cómo esos factores irracionales en ocasiones interactúan sobre el individuo para conseguir que aquello que a priori podría considerarse como una lección teórica, inesperadamente se convierta en un encuentro real y práctico. Los antecedentes, no obstante, son muy simples: la lectura de un libro –el anteriormente citado- en el que el denominado brujo de los Alpes embarca al neófito lector, en una formidable aventura, donde mito y subconsciente se supeditan, principalmente, a ese gran arquetipo universal que es la figura de la Madre. Embarcado, pues, en la lectura de tan exorbitante epopeya, poco podía imaginar que aquello que se me estaba describiendo como parte de ese fascinante universo simbólico por el que navega la humanidad a la vera de la figura siempre mediática y primordial de la Madre, se me iba a presentar, de una manera nítida, tangible y personal -bajo ese hábil disfraz de don Casual con el que a veces nos sorprende ese sibilino joker o fatum con el que los antiguos griegos conocían al destino-, a escasos kilómetros de distancia de mi lugar de residencia y desde una perspectiva absolutamente lúdica y desenfadada, como es una invitación a comer.

La Cabrera, pueblecito situado a unos sesenta kilómetros aproximadamente de Madrid, en el corazón de esa zona privilegiada, a la que, sin embargo y desafortunadamente se la suele denominar como sierra pobre o sierra de Madrid, oculta, a la vera de los emblemáticos picos Cancho Gordo y de la Miel, un verdadero tesoro histórico-artístico, poco o escasamente conocido que, paradójicamente, rompe los viejos tabúes acerca del inexistente románico madrileño: el convento de San Antonio. Si bien muy reformado, mantiene, en excelente estado de conservación, cuando menos una cabecera impresionante, similar, comparativamente hablando, a modelos tan carismáticos y de franca importación, como podría ser, por ejemplo, el desgraciadamente venido a menos monasterio de Santa María de Moreruela, situado en pleno Camino o Vía de la Plata, a una treintena de kilómetros de esa capital del románico como, en justicia, se ha denominado a la histórica ciudad de Zamora. Es decir, consta de un ábside principal y varios absidiolos secundarios. Conserva parte del claustro, posiblemente de origen renacentista –del románico original, nada se sabe o quizás nunca llegara a tenerlo, después de todo-, y no pocos arquetipos dignos de una delirante hermenéutica, distribuidos, casual o causalmente, en los terrenos aledaños: jardines, eremitorios, fuentes, etc.

Cerca del arruinado claustro, y haciendo espejo de esas imaginarias escamas de dragón que identifican a ese Pico de la Miel, cuya forma se reconoce a la distancia se venga o se vaya en cualquiera de las direcciones de la Autovía de Burgos, hay una fuente circular, ouroboros perfecto y símbolo con el que en la Edad Media se identificaba a Dios. Y a escasos metros de ésta, en dirección a esos jardines, que al caer la tarde, semejan esa selva oscura con la que comienza la aventura sobrenatural del genial poeta italiano Dante Alighieri, la primera referencia en ese árbol o arbusto denominado Thuja orientalis o árbol de la vida, cuya madera, paradójicamente, se ha utilizado desde tiempo inmemorial para la fabricación de esos metafóricos caballos de San Miguel o ataúdes, cabalgadura psicopompa hacia el Más Allá –como reconoce Jung (2)-, y por defecto, regreso al seno de la Madre. Una Madre que, con todos sus atributos y rodeada de buena parte de esos arquetipos tan contundentemente desarrollados por C.G. Jung, se nos presenta a continuación, dentro de esa selva oscura y dantesca a la que se hacía referencia anteriormente, de una manera, si no única (3), sí al menos original y poco o nada corriente: hierática, entronizada y negra, como Teothokos o Trono de Dios, utilizando como soporte precisamente el tronco de un árbol. ¿Una Thuja orientalis?. Un árbol, que además, en sus ramas no es difícil apreciar otro arquetipo ancestral y muy ligado al Camino y las peregrinaciones: la pata de oca. Quizás para recordarnos, que si todos los caminos llevan a Roma, también lo hacen a Santiago. Y uno de esos caminos, precisamente, pasó y continúa pasando por aquí.

Arte, mitos y arquetipos...y otros enigmas de la Sincronización.



(1) C.G. Jung: 'Símbolos de transformación', Editorial Trotta, S.A., Madrid, 2012, página 247.
(2) Op. citado, página 323.
(3) Un antecedente similar, por ejemplo, sería la imagen de San Bieito (San Benito) colocada en el tronco de un impresionante carballo, frente a la iglesia del monasterio de Santa Cristina de Ribas de Sil, en la Rovoyra Sacrata orensana. Eso, por no mencionar las numerosas tradiciones y leyendas de apariciones virginales, ocultas las imágenes en el interior de ciertos árboles, siendo, significativamente, uno de los más prolíficos la carrasca o encina.

lunes, 18 de julio de 2016

Recordando el Santo Sepulcro de Jerusalén: la iglesia de San Marcos de Salamanca


'Más allá del azar y de la muerte
duran, y cada cual tiene su historia,
pero todo esto ocurre en esa suerte
de cuarta dimensión, que es la memoria...'
[Jorge Luis Borges]

La cuarta dimensión y la memoria; quizás, en esos elementos tan subjetivos del poema de Borges, estén algunas de las claves que nos desvelen el fascinante misterio que rodea a este singular templo; a este verdadero poema, escrito en el lenguaje de los sueños, que es la piedra, poco o apenas conocido fuera de los ámbitos de las guías y el estudio del románico en general, pero que se presta, por su naturaleza y su singularidad, a un sin fin de alardes y especulaciones. Poco menos que único en su género, al menos en lo que se refiere al ámbito peninsular, este peculiar templo, de planta circular y bajo la advocación del evangelista Marcos -recordemos, puesto que los arquetipos son importantes, que su símbolo o daimon era el león- constituye, a día de hoy, un complejo enigma, cuya belleza y singularidad merecen figurar en un glorioso capítulo aparte. Capítulo aparte son, así mismo, las numerosas marcas de cantería -no exentas en su interior- que se pueden advertir en este inconcebible ouroboros pétreo, cuyos orígenes se remontan al siglo XII -independientemente de algunas fuentes que los suponen anteriores, en el XI-, considerándose el año 1178 como fecha probable de su construcción o consagración. Ahora bien, si su exterior nos sorprende por ese círculo perfecto de aproximadamente 18 metros de diámetro, su interior no es menos sorprendente e interesante. Consta de varias hercúleas columnas diseñadas para soportar la cúpula o el tejaroz y, curiosamente, se constata la existencia de tres ábsides.

Una auténtica belleza, son los restos de pinturas -datadas por los expertos en el siglo XIV, aunque yo no descartaría que hubiera habido frescos más antiguos-, recuperados con relativa fortuna, donde sobresalen un mosaico geométrico, una fenomenal representación de San Cristóbal -recordemos su función sine quanum de Christóphoro o Portador de Cristo; es decir, la Antigua Religión portando a la Nueva Religión, simbólicamente hablando-, una Anunciación y una Coronación. Pero si las artes plásticas -en algunos casos, descubiertas o mejor dicho, redescubiertas en época moderna- realzan una belleza ya de por sí singular, no lo es menos el detalle del Cristo gótico que corona el altar central. Un Cristo gótico, de cuyas características destaca un detalle, cuando menos extraño y singular: su pie izquierdo, clavado al derecho, forma un imposible ángulo de noventa grados. De su imaginería mariana, dan testimonio dos hermosas imágenes: una Virgen románica del siglo XII, al parecer procedente de la parroquia de Valdemierque, en cuyo pedestal se puede leer la leyenda Madre de la Iglesia -no hay duda de que los tiempos están cambiando, como cantaba Bob Dylan- y una reproducción perfecta de una Virgen Negra por excelencia, la de Montserrat. Independientemente de éstas dos, la iglesia de San Marcos cuenta, además, con una magnífica talla de la Inmaculada, fechada en el siglo XVI, siglo en el que, dicho sea por añadidura, se le añadió la espadaña que desvirtúa sobremanera el conjunto y otra, posiblemente también de la misma época, representativa del titular, San Marcos.

Si bien, dejaremos para otro momento y lugar la polémica levantada por el arquitecto francés Viollet-le-Duc sobre los modelos de arquitectura templarios, referentes, sobre todo, a este tipo de templos de planta circular, no deja de ser interesante el detalle de que una iglesia tan pequeña y tan humilde, gozara de tanta prebenda y protección real. Por eso, desde el siglo XII, según aseveran las fuentes oficiales, se la define como Real Capilla de la Clerecía, estando su historia unida a personajes reales relevantes, como Alfonso VI, su hija Doña Urraca o el rey Alfonso IX.