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miércoles, 25 de enero de 2023

Del Camino de Santiago en Madrid

 


Es difícil, para aquellos que llevan en sus venas la indómita chispa que les hace sentir, como decía Hesse, que todos los caminos conducen al hogar, no detenerse, precisamente, en este lugar y sentir una profunda nostalgia de aquel, que, para muchos, es el camino más mágico y trascendental que existe: el Camino de Santiago o Camino de las Estrellas.



Tampoco hay que extrañarse, que en el corazón de una de las más encantadoras arboledas que dan fama merecida a ese jardín de ensueños, que es el Parque del Retiro, de Madrid, además de rendir un cumplido homenaje a ese camino trascendental -que, a modo de anécdota, sirvió de experiencia creativa a escritores, como Paulo Coelho o a grandes actrices, como Shirley McLaine- se sientan, con mayor intensidad, aún, si cabe, esas misteriosas estrofas de un famoso poema de Antonio Machado, donde se le dice al caminante que hay en todo peregrino, que no hay camino, pues se hace camino al andar.



Detalle, por otra parte, que hace latir aceleradamente al corazón, sobre todo, cuando éste se siente completamente enaltecido frente a la sublime visión de sus símbolos trascendentales: la vieira, distintiva de todo peregrino y la fuerza que emana de los sólidos cruceros, con su típico Calvario en un lado y la mirada, dulce y compasiva de la Virgen, en el otro, los cuales han sido y siempre serán, símbolos de Luz en su Camino.



AVISO: Tanto el texto, como las fotografías que lo acompañan, son de mi exclusiva propiedad intelectual y por lo tanto, están sujetos a mis Derechos de Autor.



sábado, 14 de noviembre de 2020

Ensoñaciones Junguianas en el Parque del Retiro



Siempre que paso por ese rincón tan especial y recogido del Parque del Retiro, donde los madrileños rinden culto, entre otros muchos, a esos grandes maestros de la canción española, que fueron los hermanos Álvarez Quintero, no puedo evitar dejarme llevar por la ensoñación y recordar a aquél extraordinario mago del inconsciente colectivo, que fue el doctor C.G. Jung.



Al modo de la alegoría del Caballero y la Muerte, de aquél otro excelso, prolífico y melancólico grabador flamenco, Alberto Durero, el monumento en cuestión, románticamente hermoso donde los haya, reproduce, cual las fichas de un monumental tablero de ajedrez, a una dama y a un caballero.



La dama, apoyada en el alféizar de un balcón con inequívocos aires góticos, luce, además de ese divino tesoro que es siempre la juventud, la blanca pureza de un mármol, que sin ser originario de Ferrara, como los que utilizaba el excelso Miguel Ángel, se le aproxima lo suficiente, al menos como para disimular un parentesco cuando menos latino o si lo prefieren, mediterráneo.



El caballero, señorito y andaluz, despliega, fundido en negro, como su montura, el donjuanismo heredado de siglos de dominación de aquélla cultura mora, que entre geranios, alhelíes y flores de azahar levantó esos inolvidables poemas a la belleza y a la perfección, que son la Giralda de Sevilla y la Alhambra de Granada.



Él saluda, extendiendo el brazo hacia los cuartos traseros del caballo, con el sombrero de caporal remando al viento, imitando, quizás, a ese marinero en tierra de Rafael Alberti o a aquél otro de Antonio Machado, que soñaba con tener un jardín junto al mar y se metió a jardinero.



Ella, apoyada en el alféizar del gótico balcón, posa en él unos ojos, que de no haberlo impedido el artista que un día atrapó su alma en el frío corazón del mármol, hubieran sido tan hechizadores como los de aquéllas princesas moras, que según los rumores que todavía circulan por Al-Andalus, se convirtieron un día en fantasmas para no abandonar jamás los jardines de los palacios de los que un día fueron orgullosas dueñas y señoras



Sea porque así lo quiso el artista, cumpliendo con los mandamientos de las buenas costumbres o porque no puede haber paz donde no se ha encendido primero la llama de una guerra, la cuestión es que da la sensación de que ambos se desean, con la terrible paradoja de que nunca llegarán a acercarse lo suficiente.



Y en el fondo, yo no dejo de pensar, si entre ese ‘hola’ y ese ‘adiós’ –como diría en su momento, el cantante Joan Manuel Serrat- que los condena a mantener una prudencial distancia, no está resumido, a fin de cuentas, ese querer pero no poder, que enfrenta a esos dos amantes desquiciados –el complementario de Machado y la circunstancia de Ortega y Gasset- que nuestro buen doctor Jung, no menos poéticamente que los anteriores, denominó como ánima y ánimus.



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viernes, 13 de noviembre de 2020

Distorsiones Dalinianas: el Otoño



Cercana ya la fecha del Solsticio de Invierno, cuya solemnidad coincide con la Natividad, el otoño comienza a encogerse sobre sí mismo, hasta llegar a convertirse en un recuerdo más, escondido en el laberinto de la memoria.



No obstante, incluso en este momento en el que progresivamente el árbol de hoja peremne comienza a estremecerse en la lenta agonía que ha de llevarle inevitablemente a su desnudez, todavía se aprecian en él gloriosos destellos de belleza, capaces de sublimar a los veleidosos sentidos.



Girando en los torbellinos del tiempo, desvirtuándose en oleadas que giran inevitablemente sobre sí mismas, esparciéndose como se expande una galaxia en el Universo, su efímero esplendor nos señala, también, la promesa futura de un nuevo retoño.



Porque sujeto también a las leyes universales, incluso el otoño representa de facto esa energía que ni se crea ni se destruye, puesto que tan sólo se transforma.



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jueves, 12 de noviembre de 2020

Tánatos y Arte: una reflexión



Generalmente, amnésico a todo aquello cuanto hace referencia a lo que el escritor checo Milan Kundera denominaba como la insoportable levedad del ser, el hombre suele mirar hacia otro lado, toda vez que el más persistente y de hecho, el más antiguo de sus tabúes le planta cara, con toda la consistencia de su inefabilidad: la Muerte.



Y sin embargo, por paradójico que nos parezca, existe en él un instinto gótico, irreprimible, que le empuja irremediablemente a sentirse fascinado por Ella, hasta el punto de rendirla todo un infinito cultual.



Nada mejor para comprender parte de dicha fascinación, que embarcarse en la metafórica nave del Arte y dejarse arrastrar por esas ambiguas corrientes mitológicas, para adentrarse con ellas en los profundos océanos que alimentan las sagradas lágrimas de la piedad.



Suele representarse la piedad, en el arte cristiano, como esa Mater inconsolable, de mandíbulas atenazadas por el más insoportable de los sufrimientos y ríos de lágrimas que se derraman como un torrente sobre el cuerpo inerte del hijo muerto que mantiene sobre su regazo.



En este sentido, resulta curioso observar cómo el fondo permanece, con toda la fuerza de su significado, mientras la figura cambia, según sean las inclinaciones político-religiosas del finado –conservadoras o liberales- lo que vendría a confirmar, y el Arte así lo entendió –al menos en este madrileño Panteón de Hombres Ilustres- que la Muerte, después de todo, no era, si no, el regreso al origen de los orígenes: el seno materno.



Y en ésta otra concepción, la Madre es representada como una Dama solitaria, con un velo que le oculta parcialmente la cabeza, pero deja al descubierto parte de un rostro inescrutable, con los ojos cerrados, plantada con vaporosa prestancia en el umbral que separa los mundos ambivalentes de la existencia, aguardando conmiserativa la llegada a casa del hijo pródigo.



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martes, 10 de noviembre de 2020

Ánade: sueños de agua y fuego



No cabe duda de que el otoño encuentra en el agua un espejo de complicidad, que alienta las más brillantes fantasías.



La Naturaleza y los extraordinarios seres que en ella habitan, tienen la facultad de ofrecer, no sólo las más extraordinarias de las imágenes, sino también toda la fuerza de las grandes expresiones artísticas, como pueden ser, por ejemplo, el impresionismo, el realismo y también el surrealismo.



Por tanto, no deja de ser una escena realista, impresionista y a la vez surrealista, ver que el reflejo del intenso color rojizo de las hojas peremnes de una secoya de agua, plasmado sobre la tranquila superficie de un lago, induzcan la sensación de un inesperado incendio que se abatiera sobre el plácido sueño de este hermoso ánade.



Vídeo Relacionado:



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lunes, 2 de noviembre de 2020

Hacia una poética fotográfica



Afirmaba Agustín de Hipona en sus ‘Confesiones’, que el presente, si fuese siempre presente y no pasase a pretérito, dejaría de ser tiempo para convertirse en eternidad.



Autores más clásicos todavía, como Simónides de Ceos y Horacio observaban ya la estrecha relación entre la pintura y la poesía, siguiendo fielmente el axioma de que, si bien la pintura es poesía silenciosa, la poesía es pintura que habla.



En España, fue María Zambrano, no obstante, quien también proporcionó otra clave inestimable, cuando afirmó que la primera realidad que al hombre se le oculta es él mismo.



De alguna manera, llámese si se quiere intuitiva, la Fotografía es esa doncella encantada que se alimenta de todos estos conceptos y además nos permite crecer, descubriéndonos , de paso, esa otra realidad oculta que todos llevamos dentro.



Y para defender este postulado, nada mejor que recurrir a ese acerbo popular, que afirma que una imagen vale más que mil palabras.



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miércoles, 28 de octubre de 2020

Abstracto: Arte Artificial y Natural



Los caminos del Arte, como los caminos del Señor, son totalmente imprevisibles, es cierto, pero tanto uno como otro me derivan siempre a las exposiciones magistrales de la más soberbia, impactante, creativa y perfecta de todas las artistas: la Naturaleza.



Si hace unos días hablaba del Impresionismo Natural, hoy quiero invitarles a presenciar dos exposiciones de Arte Abstracto, que tuve ocasión de presenciar recientemente.



Dentro de las instalaciones del denominado Palacio de Velázquez y apenas recién inaugurada, se exponía parte de la prolífica obra de la artista noruega Ana-Eva Bergman, fallecida en 1987, bajo el llamativo título de ‘De norte a sur, ritmos’, donde, desde un punto de vista agresivamente magnético, la artista ofrecía una visión eminentemente abstracta de la vida, el mundo y su rítmica circunstancia.



La exposición de Bergman, artista enamorada de España, donde estuvo afincada largos periodos de su vida, estaba basada en parte de su obra, realizada en los años setenta, cuando recorrió de norte a sur la Península Ibérica, definiéndola bajo el evocador título de Piedras de Castilla y donde tenía, como principal premisa, aparte del ritmo, la rica variedad cromática de unas tierras en cuyas soledades, con anterioridad, ya se habían inspirado poetas, como Antonio Machado.



Paradójicamente, en el exterior del recinto, apenas a una centena de metros –distancia más que suficiente, se lo aseguro, para localizar, cuando menos, uno de esos otros mundos que están dentro de éste, como aludía el poeta surrealista francés Paul Eluard- otra gran artista, de nombre Gaia, se valía de un pequeño lago para ofrecer, sin necesidad de titulares, carteles o recordatorios en los principales medios de comunicación, su visión abstracta de la armonía, del equilibrio y de la danza hechicera de un cromatismo que se dejaba llevar, seductoramente, por las armoniosas notas de un auténtico maestro de la percusión, como es el viento.



Precisamente por eso y sin intención de desmerecer la obra y la visión de nadie, siempre me consideraré, no sólo partidario sino también alumno y eterno admirador de quien lleva millones de años sorprendiéndonos con la magistral belleza de sus composiciones: la Naturaleza.



Gaia.



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Vídeo Relacionado:



martes, 27 de octubre de 2020

Gaudí y su eterno Capricho



Hablar de Antoni Gaudí, es elevar la imaginación a la enésima potencia y burlar los obsoletos límites de lo tradicional, para embarcarse en un viaje de placentera mediatez por los fascinantes océanos de la fantasía.



Referirse, pues, a su arte, a esa impronta personal que fue dejando en todas y cada una de sus maravillosas creaciones, obliga, ciertamente, a recapitular; a romper en mil pedazos el espejo de cualquier molde, a obviar, así mismo, cualquier tipo de complejo y darse el gusto de reconocer, sin necesidad de separar los pies del suelo, que la Magia –o si lo prefieren en su aspecto más técnico, la Goecia- después de todo, existe y que puede ser aplicada, con toda la fuerza de su expresividad, a una disciplina tan severa, como pueda considerarse hoy en día a la arquitectura.



En base a ello, cualquiera podría pensar que la arquitectura, tal y como la concebía el Maestro Gaudí, es una poderosa fuerza automotriz, que juega con la creatividad y con la fantasía, con el único objeto de concebir edificios fascinantes, cuya visión y contemplación, van mucho más allá de los obsoletos límites impuestos por esa severa señorita Rotenmeyer que, metafóricamente hablando, podríamos considerar a ese mal moderno, que en el fondo es la funcionalidad.



Cualquiera que haya visto parte o la totalidad de la obra de Gaudí, estará de acuerdo en que no ha contemplado nada igual en cualquier otro lugar del mundo, y hasta es muy posible que una palabra, excentricidad, acuda a sus labios como una sentencia. Y quizás no le falte razón, al fin y al cabo, si yendo todavía más allá de los límites de la excentricidad, consideramos la palabra ‘capricho’, en su caso, no con esa carga negativa y egótica a la que estamos acostumbrados, sino más bien como esa natural predisposición a dejarse llevar por una imperiosa corriente creadora, no sujeta a otro dique, que no sea el propio placer de la creatividad.



Por otra parte, podría llegar a considerarse que ver uno de los edificios de Gaudí, es haberlos visto todos, determinación que sería un completo error, pues igual que cualquiera que lleve, por ejemplo, un diario de sueños, verá que las situaciones cambian constantemente, que los arquetipos varían, que se camuflan, que adoptan nuevas personalidades, que van adaptándose a los distintos escenarios, resolviendo problemas y ofreciendo soluciones detrás de ese aparente e impenetrable muro entre bambalinas detrás del que se esconden.



A tal respecto, se ha especulado mucho sobre si Gaudí tomaba alucinógenos, y en concreto ese alimento de los dioses, que es la amanita muscaria, dado que la presencia de ésta ocupa un lugar relevante en la práctica totalidad de sus creaciones. Al menos –acotando lo inacotable- en las más importantes. Quién sabe.



Pero lo que parece evidente, dados los detalles, es que los arquetipos fundamentales de ese inconsciente colectivo promulgado por C.G. Jung, actuaban de revulsivo y aunque no se han conservado documentos o diarios personales que puedan demostrarlo, posiblemente el Maestro fuera uno de esos felices practicantes de la ‘apnea interior’, capaz de exteriorizar sobre el plano todo aquello cuanto sus sueños o incursiones en el Anima Mundi le sugerían, de la misma manera que escritores y poetas, como Dante Alighieri, lo hacían en sus respectivas sinfonías literarias, siendo, quizás, uno de los más famosos la ‘Sinfonía del Diablo’, del músico Tartini.



Lejos de diabólicas artimañas, y continuando con las metáforas, podría considerarse, a este magistral Capricho de Comillas, como una simple partitura en la compleja sinfonía vitae de Gaudí. Una simple y no obstante, grandiosa pieza, dotada con la fuerza de una forma y volumen propios, cuyas notas, alegres y sostenidas, armonizan a la perfección con un conjunto elegante y armónico, cuyos ecos son reflejo de una espontánea naturalidad.



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