'Al lado de las fuentes manifiestamente personales, la fantasía creadora dispone también del espíritu primitivo, olvidado y sepultado desde hace mucho tiempo, con sus imágenes específicas, que se manifiestan en las mitologías de todos los pueblos y épocas. El conjunto de estas imágenes integra lo inconsciente colectivo, entregado in potentia a cada individuo por vía de la herencia'. (C.G. Jung)
Si el Arte tuvo sus grandes precursores en figuras como Salvador Dalí, Paul Eluard o incluso Antonio Machado, también los pseudo-antropólogos como el misterioso Carlos Castaneda, se esforzaron, quién sabe si en vano, por hacernos entender que aun estando en éste, existen otros mundos.
Acceder a esos otros mundos implica, necesariamente, distorsionar la realidad, fatalistamente objetiva que nos rodea y darle una oportunidad a la imaginación.
De alguna manera, hemos de suponer que imaginar no deja de ser un recurso de la creación, orientado hacia la perspectiva de otras estéticas, que no por extrañar han de resultar, si cabe, también fascinantes.
O dicho de otra manera más acorde con la era espacial en la que nos encontramos: convertirnos empíricamente en pioneros de mundos artísticos todavía por explorar y definir.
Y al hacerlo, sin importarnos que el resultado marque necesariamente una compensación, y sí un sentimiento poético que justifique el utópico deseo de: la Imaginación al Poder.
AVISO: Tanto el texto, como las fotografías que lo acompañan, son de mi exclusiva propiedad intelectual y por lo tanto, están sujetos a mis Derechos de Autor.
Cercana ya la fecha del Solsticio de Invierno, cuya solemnidad coincide con la Natividad, el otoño comienza a encogerse sobre sí mismo, hasta llegar a convertirse en un recuerdo más, escondido en el laberinto de la memoria.
No obstante, incluso en este momento en el que progresivamente el árbol de hoja peremne comienza a estremecerse en la lenta agonía que ha de llevarle inevitablemente a su desnudez, todavía se aprecian en él gloriosos destellos de belleza, capaces de sublimar a los veleidosos sentidos.
Girando en los torbellinos del tiempo, desvirtuándose en oleadas que giran inevitablemente sobre sí mismas, esparciéndose como se expande una galaxia en el Universo, su efímero esplendor nos señala, también, la promesa futura de un nuevo retoño.
Porque sujeto también a las leyes universales, incluso el otoño representa de facto esa energía que ni se crea ni se destruye, puesto que tan sólo se transforma.
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Leí este concepto hace muchos años, cuando la censura en España comenzaba incluso a adormilarse con las paparruchas del NODO y la Santa Inquisición parecía haberse adormilado también en los laureles, soñando, posiblemente, con el nacimiento de nuevos fuegos que continuaran alimentando las viejas y patrióticas hogueras.
La Transición, esa misma hada madrina que algunos critican hoy despiadadamente pero que ayer fue como agua de mayo para un país de voces mutiladas y sueños frustrados de libertad, abrió las puertas a que ciertas editoriales se lanzaran a la edición de ciertas obras de carácter heterodoxo y en la vieja Hesperia se comenzaran a recuperar conceptos como realismo fantástico o la España mágica.
Plaza & Janés, Bruguera o Martínez Roca fueron, entre otras, ese metafórico bastión, El Álamo, que se enfrentó con hidalguía a un muro de intolerancia, donde incluso los eminentes psicólogos del Régimen, veían todavía elevadas a los altares sus disparatadas teorías, que hasta entonces habían dado lugar a demenciales absurdos, como los promulgados por López Ibor respecto a la pandemia que él denominaba como ‘el gen rojo’.
Entonces llegaron Pauwels & Bergier, con su libro ‘El retorno de los brujos’ y con ellos, España conoció también a Fulcanelli y su ‘El misterio de las catedrales’ y comenzó a mirar a éstas y a su inmenso patrimonio histórico y cultural, con ojos de mancebo enamorado.
Muchos españoles, sin duda ilusionados, comenzaron a presentir en las catedrales un mundo alternativo –más allá de los púlpitos encendidos, donde sacerdotes exaltados todavía gritaban a viva voz el ‘Santiago y cierra España’- hecho a ‘imagen y semejanza’ del mundo celestial, sumidos en la misma y trascendente curiosidad que indujo al gran poeta alemán, Goethe, a decir aquello de que los constructores góticos buscaban a Dios en las alturas.
Y al hacerlo, comenzaron a entrever el mundo sobrenatural que en realidad se escondía detrás de éstas impresionantes construcciones, que no eran, sino el receptor que comunicaba el espíritu con la profunda voz de las estrellas.
Las catedrales de San Más Allá.
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Afirmaba Agustín de Hipona en sus ‘Confesiones’, que el presente, si fuese siempre presente y no pasase a pretérito, dejaría de ser tiempo para convertirse en eternidad.
Autores más clásicos todavía, como Simónides de Ceos y Horacio observaban ya la estrecha relación entre la pintura y la poesía, siguiendo fielmente el axioma de que, si bien la pintura es poesía silenciosa, la poesía es pintura que habla.
En España, fue María Zambrano, no obstante, quien también proporcionó otra clave inestimable, cuando afirmó que la primera realidad que al hombre se le oculta es él mismo.
De alguna manera, llámese si se quiere intuitiva, la Fotografía es esa doncella encantada que se alimenta de todos estos conceptos y además nos permite crecer, descubriéndonos , de paso, esa otra realidad oculta que todos llevamos dentro.
Y para defender este postulado, nada mejor que recurrir a ese acerbo popular, que afirma que una imagen vale más que mil palabras.
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Los caminos del Arte, como los caminos del Señor, son totalmente imprevisibles, es cierto, pero tanto uno como otro me derivan siempre a las exposiciones magistrales de la más soberbia, impactante, creativa y perfecta de todas las artistas: la Naturaleza.
Si hace unos días hablaba del Impresionismo Natural, hoy quiero invitarles a presenciar dos exposiciones de Arte Abstracto, que tuve ocasión de presenciar recientemente.
Dentro de las instalaciones del denominado Palacio de Velázquez y apenas recién inaugurada, se exponía parte de la prolífica obra de la artista noruega Ana-Eva Bergman, fallecida en 1987, bajo el llamativo título de ‘De norte a sur, ritmos’, donde, desde un punto de vista agresivamente magnético, la artista ofrecía una visión eminentemente abstracta de la vida, el mundo y su rítmica circunstancia.
La exposición de Bergman, artista enamorada de España, donde estuvo afincada largos periodos de su vida, estaba basada en parte de su obra, realizada en los años setenta, cuando recorrió de norte a sur la Península Ibérica, definiéndola bajo el evocador título de Piedras de Castilla y donde tenía, como principal premisa, aparte del ritmo, la rica variedad cromática de unas tierras en cuyas soledades, con anterioridad, ya se habían inspirado poetas, como Antonio Machado.
Paradójicamente, en el exterior del recinto, apenas a una centena de metros –distancia más que suficiente, se lo aseguro, para localizar, cuando menos, uno de esos otros mundos que están dentro de éste, como aludía el poeta surrealista francés Paul Eluard- otra gran artista, de nombre Gaia, se valía de un pequeño lago para ofrecer, sin necesidad de titulares, carteles o recordatorios en los principales medios de comunicación, su visión abstracta de la armonía, del equilibrio y de la danza hechicera de un cromatismo que se dejaba llevar, seductoramente, por las armoniosas notas de un auténtico maestro de la percusión, como es el viento.
Precisamente por eso y sin intención de desmerecer la obra y la visión de nadie, siempre me consideraré, no sólo partidario sino también alumno y eterno admirador de quien lleva millones de años sorprendiéndonos con la magistral belleza de sus composiciones: la Naturaleza.
Gaia.
AVISO: Tanto el texto, como las fotografías que lo acompañan, como el vídeo que lo ilustra, son de mi exclusiva propiedad intelectual y por lo tanto, están sujetos a mis Derechos de Autor.