No seré el primero que lo diga y, ciertamente, tampoco
aspiro a ser el último, pero qué cierto es, que hay lugares en el mundo que
dejan una profunda huella en esa mimética compañera que nos abandona todas las
noches por ese reino de las tormentas, que son los sueños y cuyo nombre,
formado por cuatro sencillas letras, es, sin embargo, todo un universo por
descubrir: alma. El alma, posiblemente, sea aquello tan delicado, sensible y
frágil, que nos permite hablar de las emociones de una manera espontánea e
intuitiva, introduciéndonos, sin necesidad de presentación previa, en aquello
que grandes escritores, como Valle-Inclán, definieron, en su momento, como los
místicos caminos de Dios.






















