'Al lado de las fuentes manifiestamente personales, la fantasía creadora dispone también del espíritu primitivo, olvidado y sepultado desde hace mucho tiempo, con sus imágenes específicas, que se manifiestan en las mitologías de todos los pueblos y épocas. El conjunto de estas imágenes integra lo inconsciente colectivo, entregado in potentia a cada individuo por vía de la herencia'. (C.G. Jung)
Siempre que contemplo su estilo, neorrománico o
novísimamente asimilado a bizantino, como lo hubiera descrito aquel glorioso
periodismo literario de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, que
amenizaba con sus ilustradas gacetas el afán de intelectualidad de los viejos y
almidonados caballeros que acostumbraban a asistir a las concurridas y en
ocasiones aburridas tertulias de los casinos, acude a mi mente una palabra,
grotescamente mágica, Arcadia, que incluso Poussin utilizó en sus cuadros para
describir un estado idealizado de melancolía, si tal cosa es posible.
Porque la melancolía, esa metafórica carencia de vitaminas
psíquicas, a la que incluso el gran Alberto Durero se rindió, homenajeándola
con su hermético trabajo, suele ser contagiosamente catatónica y tarde o
temprano, termina por alcanzarnos, sin que ello signifique que seamos
necesariamente tristes.
AVISO: Tanto el texto, como las fotografías que lo
acompañan, son de mi exclusiva propiedad intelectual y por lo tanto, están
sujetos a mis Derechos de Autor.
Alguien, posiblemente algún anónimo sabio popular, dijo una vez aquello de: la Imaginación al Poder, de la misma manera que un extraordinario poeta, Gabriel Celaya, afirmó contemplativamente, que ‘la poesía es un arma cargada de futuro’.
Otro poeta, Gabriel Celaya, introdujo el concepto del ‘síndrome de Bizancio’, para referirse al paso inefable del tiempo.
Y Walt Whitman, nos abrió su pecho para describirnos el desgarro de un mundo, donde tan importante era el nacimiento de un brote de hierba, como el último suspiro de una hoja, arrancada de su rama por el viento inexorable del otoño.
Por eso, creo que la fotografía, sin imaginación y sin poesía, tendría el mismo valor que una simple fotocopia.
AVISO: Tanto el texto, como las fotografías que lo acompañan, son de mi exclusiva propiedad intelectual.
La Literatura siempre ha visto en ellas un arquetipo elemental de la espiritualidad humana, hasta el punto de que autores, como el controvertido padre del horror cósmico, Howard Phillips Lovecraft, veía en ellas puertas de acceso a otros mundos: mundos, generalmente terroríficos, que vistos bajo las lentes del microscopio del psicoanálisis, no podían considerarse sino como inmersiones en esa profunda mar océana, metafórica y comparativamente hablando, que es el Inconsciente.
En ese sentido, podría afirmarse que muchos cementerios, dada la singular simbología de algunos de sus sepulcros, podrían considerarse como auténticos libros abiertos que permiten introducirse en el mundo de la más rica especulación, dejando entrever, por la curiosa mezcolanza de arquetipos añadidos, las profundas convicciones espirituales que habitaban en lo más profundo de la psique del finado o de los finados que descansan en ese pozo de eternidad. O quizás, en términos más literarios todavía, en ese enigmático y oscuro ‘pozo de almas’ del pensamiento jesuita, que nos presentaban otros escritores, como Ray Bradbury, autor de la espectacular saga ‘Crónicas marcianas’, en obras de ficción especulativa, como aquella titulada ‘Las maquinarias de la alegría’.
Podría añadirse, además, que algo muy parecido cruzara, con toda la fuerza de un bólido estelar, por el universo mental de aquél poeta, místico y visionario inglés del siglo XVIII, William Blake, cuando también nos introdujo en un mundo rico en simbolismo, cuando se dejó llevar por la magia del dibujo para ilustrar un enigmático poema de su contemporáneo y también poeta Graves, donde se tiene la impresión de que el alma entra y sale de la tumba a su antojo, como el que entra y sale tranquilamente por la puerta de su casa.
Detalles, que a la postre, no vendrían, sino a confirmar esas creencias ancestrales e incluso universales, que inciden en esa parte innata a la condición humana, pero siempre muy superior a ella, que según la creencia de la mayoría de las culturas que han habitado sobre la superficie de la tierra, sobrevive a la muerte física, y que suelen verse representadas por determinadas figuras simbólicas, como el escarabajo, la presencia inefable del alfa y la omega de los primigenios crismones cristianos y ese supuesto ángel, cuya corona o ureus, a los que habría que añadir también esos pequeños pechos que se advierten bajo la túnica, podrían ser una representación isíaca, que nos recuerda uno de los grandes principios, advertido hace siglos por la Ciencia: que la materia no se crea ni se destruye, tan sólo se transforma.
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AVISO: Tanto el texto, como las fotografías que lo acompañan, son de mi exclusiva propiedad intelectual y por lo tanto, están sujetos a mis Derechos de Autor.
Toledo
y su magia, siempre latente incluso en los más inesperados rincones. No en
vano, podría considerarse como una
pequeña Jerusalén, comparativamente hablando y pensando en un merecido término
como es el de Axis Mundi, a la vera
de cuyo río Jordán, ese Tajo
melancólico, espejo tamizado de narcisos para recreo de una luna que cada noche
medra bajo los suspiros primordiales de una cohorte de fieles ocas, los
antiguos misterios renacen emparentados con la sombra de la infinidad de
culturas que por o pro, buscando o empujados por Sophia, fueron asentándose en las escarpas de su fértil lomo de
dragón dormido en un sueño eterno. Muchos son, precisamente, los enigmas y
misterios, que aun provenientes de ese mundo donde habitan los sueños –terrible,
pero al que se puede descender con un simple pisotón en el suelo, como afirmaba
Mefistófeles-, aguardan impasibles,
heridos quizás por el olvido pero paradójicamente respetados por el tiempo, a
todo aquél que encarándose con ellos, no cometa el mismo error que Parsifal y reservándose para sí mismo la
pregunta, continúe su camino sin mirar siquiera un momento atrás, ni despegar
sus labios para pronunciarla.
Morena soy
pero hermosa, decía la sulamita
del Cantar de los Cantares, a unas hijas de Jerusalén que la miraban con
recelo, condicionadas por la androlatría impuesta por un celoso Yahvéh, en una sociedad, la semita, que ya
comenzaba a poner en práctica el más persistente y posiblemente el más cruel,
también, de los grandes apartheids:
la exclusión de la Diosa y su mundo.
Procedentes de aquellos barros (1), donde se potenciaba el hemisferio dextrógiro
–como demuestran las exclusivas referencias a la mano diestra de Dios-, vienen estos lodos levógiros, que en
ocasiones llaman la atención, ejerciendo una fascinante seducción hacia el lado
marginal de la poesía y la creatividad. Derecha e izquierda, poesía y creatividad,
blanco y negro podría decirse que se tienden la mano en un fraternal abrazo, en
ésta peculiar imagen mariana, en cuyas características podrían apreciarse esos
caldos de cultivo bernardinos que
caracterizan a las matres
cistercienses, pero que incluso van mucho más allá de esa forzada afectividad
con las que el gótico comenzó a mirar hacia otro lado, alejándose del
intrínseco hieratismo de sus precedentes románicas.
Como el Sol de Andalucía, esa blanca manzanilla, o como la Blanca Paloma, que de sus orígenes
negros todavía conserva, como muchas otras, el capirote o manto de forma
triangular, la Virgen Blanca que
domina el coro de la catedral de Toledo, nos invita a observar. En sus juegos
con el Niño, hay picardía y deseo de tregua, en un pacto sin precedentes donde
su sonrisa, que se podría calificar de leonardesca
–es decir, singular, fascinadora y enigmática según manifiesta Sigmund Freud en su obra Psicoanálisis del Arte, quien además
cita a Muther, con el añadido aplicado de demoníaco
encanto-, se ve compensada por la concordia de la mano de aquél acariciando
su mentón. Un mentón que, por añadidura y curiosamente, parece formar –o quizás
sea un efecto óptico que depende del ángulo con que se mire-, esa bola que por
derecho propio la corresponde y que, como menor de los males, se ve obligada a
compartir.
(1) Con el permiso de mi querido amigo y Maestro, don Rafael Alarcón Herrera.