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lunes, 12 de julio de 2021

Melancolía

 


Siempre que contemplo su estilo, neorrománico o novísimamente asimilado a bizantino, como lo hubiera descrito aquel glorioso periodismo literario de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, que amenizaba con sus ilustradas gacetas el afán de intelectualidad de los viejos y almidonados caballeros que acostumbraban a asistir a las concurridas y en ocasiones aburridas tertulias de los casinos, acude a mi mente una palabra, grotescamente mágica, Arcadia, que incluso Poussin utilizó en sus cuadros para describir un estado idealizado de melancolía, si tal cosa es posible.



Porque la melancolía, esa metafórica carencia de vitaminas psíquicas, a la que incluso el gran Alberto Durero se rindió, homenajeándola con su hermético trabajo, suele ser contagiosamente catatónica y tarde o temprano, termina por alcanzarnos, sin que ello signifique que seamos necesariamente tristes.

 


AVISO: Tanto el texto, como las fotografías que lo acompañan, son de mi exclusiva propiedad intelectual y por lo tanto, están sujetos a mis Derechos de Autor.



 

sábado, 31 de octubre de 2020

Fantasías Fotográficas: interpretando libremente a Whitman



Alguien, posiblemente algún anónimo sabio popular, dijo una vez aquello de: la Imaginación al Poder, de la misma manera que un extraordinario poeta, Gabriel Celaya, afirmó contemplativamente, que ‘la poesía es un arma cargada de futuro’.



Otro poeta, Gabriel Celaya, introdujo el concepto del ‘síndrome de Bizancio’, para referirse al paso inefable del tiempo.



Y Walt Whitman, nos abrió su pecho para describirnos el desgarro de un mundo, donde tan importante era el nacimiento de un brote de hierba, como el último suspiro de una hoja, arrancada de su rama por el viento inexorable del otoño.



Por eso, creo que la fotografía, sin imaginación y sin poesía, tendría el mismo valor que una simple fotocopia.



AVISO: Tanto el texto, como las fotografías que lo acompañan, son de mi exclusiva propiedad intelectual.



martes, 20 de octubre de 2020

La Tumba: un arquetipo de otro mundo



La Literatura siempre ha visto en ellas un arquetipo elemental de la espiritualidad humana, hasta el punto de que autores, como el controvertido padre del horror cósmico, Howard Phillips Lovecraft, veía en ellas puertas de acceso a otros mundos: mundos, generalmente terroríficos, que vistos bajo las lentes del microscopio del psicoanálisis, no podían considerarse sino como inmersiones en esa profunda mar océana, metafórica y comparativamente hablando, que es el Inconsciente.



En ese sentido, podría afirmarse que muchos cementerios, dada la singular simbología de algunos de sus sepulcros, podrían considerarse como auténticos libros abiertos que permiten introducirse en el mundo de la más rica especulación, dejando entrever, por la curiosa mezcolanza de arquetipos añadidos, las profundas convicciones espirituales que habitaban en lo más profundo de la psique del finado o de los finados que descansan en ese pozo de eternidad. O quizás, en términos más literarios todavía, en ese enigmático y oscuro ‘pozo de almas’ del pensamiento jesuita, que nos presentaban otros escritores, como Ray Bradbury, autor de la espectacular saga ‘Crónicas marcianas’,  en obras de ficción especulativa, como aquella titulada ‘Las maquinarias de la alegría’.



Podría añadirse, además, que algo muy parecido cruzara, con toda la fuerza de un bólido estelar, por el universo mental de aquél poeta, místico y visionario inglés del siglo XVIII, William Blake, cuando también nos introdujo en un mundo rico en simbolismo, cuando se dejó llevar por la magia del dibujo para ilustrar un enigmático poema de su contemporáneo y también poeta Graves, donde se tiene la impresión de que el alma entra y sale de la tumba a su antojo, como el que entra y sale tranquilamente por la puerta de su casa.



Detalles, que a la postre, no vendrían, sino a confirmar esas creencias ancestrales e incluso universales, que inciden en esa parte innata a la condición humana, pero siempre muy superior a ella, que según la creencia de la mayoría de las culturas que han habitado sobre la superficie de la tierra, sobrevive a la muerte física, y que suelen verse representadas por determinadas figuras simbólicas, como el escarabajo,  la presencia inefable del alfa y la omega de los primigenios crismones cristianos y ese supuesto ángel, cuya corona o ureus, a los que habría que añadir también esos pequeños pechos que se advierten bajo la túnica, podrían ser una representación isíaca, que nos recuerda uno de los grandes principios, advertido hace siglos por la Ciencia: que la materia no se crea ni se destruye, tan sólo se transforma.


Vídeo Relacionado:



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jueves, 18 de mayo de 2017

Una Virgen Negra de nombre Blanca


Toledo y su magia, siempre latente incluso en los más inesperados rincones. No en vano, podría considerarse como una pequeña Jerusalén, comparativamente hablando y pensando en un merecido término como es el de Axis Mundi, a la vera de cuyo río Jordán, ese Tajo melancólico, espejo tamizado de narcisos para recreo de una luna que cada noche medra bajo los suspiros primordiales de una cohorte de fieles ocas, los antiguos misterios renacen emparentados con la sombra de la infinidad de culturas que por o pro, buscando o empujados por Sophia, fueron asentándose en las escarpas de su fértil lomo de dragón dormido en un sueño eterno. Muchos son, precisamente, los enigmas y misterios, que aun provenientes de ese mundo donde habitan los sueños –terrible, pero al que se puede descender con un simple pisotón en el suelo, como afirmaba Mefistófeles-, aguardan impasibles, heridos quizás por el olvido pero paradójicamente respetados por el tiempo, a todo aquél que encarándose con ellos, no cometa el mismo error que Parsifal y reservándose para sí mismo la pregunta, continúe su camino sin mirar siquiera un momento atrás, ni despegar sus labios para pronunciarla.

Morena soy pero hermosa, decía la sulamita del Cantar de los Cantares, a unas hijas de Jerusalén que la miraban con recelo, condicionadas por la androlatría impuesta por un celoso Yahvéh, en una sociedad, la semita, que ya comenzaba a poner en práctica el más persistente y posiblemente el más cruel, también, de los grandes apartheids: la exclusión de la Diosa y su mundo. Procedentes de aquellos barros (1), donde se potenciaba el hemisferio dextrógiro –como demuestran las exclusivas referencias a la mano diestra de Dios-, vienen estos lodos levógiros, que en ocasiones llaman la atención, ejerciendo una fascinante seducción hacia el lado marginal de la poesía y la creatividad. Derecha e izquierda, poesía y creatividad, blanco y negro podría decirse que se tienden la mano en un fraternal abrazo, en ésta peculiar imagen mariana, en cuyas características podrían apreciarse esos caldos de cultivo bernardinos que caracterizan a las matres cistercienses, pero que incluso van mucho más allá de esa forzada afectividad con las que el gótico comenzó a mirar hacia otro lado, alejándose del intrínseco hieratismo de sus precedentes románicas.

Como el Sol de Andalucía, esa blanca manzanilla, o como la Blanca Paloma, que de sus orígenes negros todavía conserva, como muchas otras, el capirote o manto de forma triangular, la Virgen Blanca que domina el coro de la catedral de Toledo, nos invita a observar. En sus juegos con el Niño, hay picardía y deseo de tregua, en un pacto sin precedentes donde su sonrisa, que se podría calificar de leonardesca –es decir, singular, fascinadora y enigmática según manifiesta Sigmund Freud en su obra Psicoanálisis del Arte, quien además cita a Muther, con el añadido aplicado de demoníaco encanto-, se ve compensada por la concordia de la mano de aquél acariciando su mentón. Un mentón que, por añadidura y curiosamente, parece formar –o quizás sea un efecto óptico que depende del ángulo con que se mire-, esa bola que por derecho propio la corresponde y que, como menor de los males, se ve obligada a compartir.


(1) Con el permiso de mi querido amigo y Maestro, don Rafael Alarcón Herrera.