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viernes, 20 de enero de 2023

La unicidad de la belleza

 


No seré el primero que lo diga y, ciertamente, tampoco aspiro a ser el último, pero qué cierto es, que hay lugares en el mundo que dejan una profunda huella en esa mimética compañera que nos abandona todas las noches por ese reino de las tormentas, que son los sueños y cuyo nombre, formado por cuatro sencillas letras, es, sin embargo, todo un universo por descubrir: alma. El alma, posiblemente, sea aquello tan delicado, sensible y frágil, que nos permite hablar de las emociones de una manera espontánea e intuitiva, introduciéndonos, sin necesidad de presentación previa, en aquello que grandes escritores, como Valle-Inclán, definieron, en su momento, como los místicos caminos de Dios.

No ajenos, así mismo, a la percepción de la unicidad -tal y como este sabio, de luengas barbas blancas como la nieve y cristalinos incapaces de mitigar la fatiga de una vida dedicada al vicio de la lectura, definía, de paso, a la belleza- el misterio que envuelve siempre a un viejo claustro románico, atacados sus ilustradas galerías por la invicta luz del sol a mediodía, sobrecoge y a la vez, por paradójico que pueda parecer, proporciona una visión de beatífica armonía, ideal para proyectar el alma y sentirse uno solo, en el marco incomparable del conjunto.

AVISO: Tanto el texto, como las fotografías que lo acompañan, son de mi exclusiva propiedad intelectual y por lo tanto, están sujetos a mis Derechos de Autor.



viernes, 30 de octubre de 2020

Explorando el Surrealismo: los Laberintos de la Memoria



Borges, metafórico sacerdote consagrado al literario culto del Tiempo, fue el primero en ofrecernos parte de la liturgia del voraz Cronos –el Saturno de los romanos- cuando nos habló de los Laberintos de la Memoria.



Y es que la memoria, como los diferentes estratos de esa soberbia Torre de Babel, que el pintor flamenco Cranach pintó con la inconfundible forma de los zigguraths mesopotámicos, es también un complejo entramado de inexpugnables Laberintos.



Laberintos, donde las mareas de la existencia suben y bajan a la vera de un puerto imposible, en cuya misteriosa lonja los pescadores de eternidades subastan Ayeres que son Aúnes y también Todavías.



AVISO: Tanto el texto, como las fotografías que lo acompañan, son de mi exclusiva propiedad intelectual y por lo tanto, están sujetos a mis Derechos de Autor.



jueves, 29 de octubre de 2020

Camino de Santiago: Puente la Reina. El puente de los peregrinos



Belleza y simbolismo, forman parte de ese conjunto de mágicas implicaciones, que es el Camino de Santiago. No importa si uno hace los 790 kilómetros que hay que recorrer siguiendo el trazado del denominado Camino Antiguo o Camino Francés, que lleva desde Roncesvalles hasta Santiago, o sigue cualquiera otra de las rutas alternativas –por ejemplo, atravesando el peligroso puerto de San Adrián, atravesando posteriormente la Llanada Alavesa-, pues todos los caminos, como se le hace saber al peregrino, confluyen en un lugar muy determinado, donde Historia, Leyenda y Tradición se dan un abrazo tan estrecho, que a veces el peregrino, dejándose llevar por la ensoñación, no es capaz de separar.



Este lugar tan especial, no es otro que la localidad navarra de Puente la Reina. Aquélla donde los templarios tuvieron una iglesia y un hospital –que siguen en pie, y en el caso del segundo, funcionando todavía, al menos como albergue-, llamada Santa María de los Huertos, aunque conocida popularmente como la iglesia del Crucifijo -el por qué de dicha denominación, lo dejaremos para la próxima entrada-, donde todavía perviven rastros de un espléndido y diríase que histriónico esoterismo.



Quizás, uno de los rastros más hermosos y esotéricos a la vez, por el que merece la pena comenzar hablando, no sea otro que el puente románico, denominado ‘de los peregrinos’, que conecta la ciudad con la otra orilla del río Arga. Ya saben, el río donde el simpático pájaro Txori recogía agua con su pico para limpiar la imagen desaparecida de la Virgen que había junto a éste, hoy día desaparecida, según cuenta una florida leyenda.



Un río, el Arga y unas gentes, las navarras, que por los motivos personales que fueran, no gustaron a Aymeric Picaud y así lo consignó en su famoso Codex Calistinus o Guía del peregrino que se dirige a Santiago. De la barbarie de los navarros, no creo que fuera en absoluto diferente a la que podría encontrarse cualquiera, peregrino o no, en otras regiones, en una Edad Media que luchaba a brazo partido contra esa mitad peninsular gobernada desde el Califato de Córdoba y quizás también con menos celo pero con más orgullo propio, con la otra mitad que buscaba una unificación bajo reinados a los que todos pensaban tener derechos consanguíneos. Las aguas del río Arga, puede que hoy en día, seducidas por ese canallesco donjuán industrial llamado polución, no sean muy recomendables para su consumo, pero dudo mucho, también, que fuera así en los tiempos medievales en los que Picaud escribió su Códex.



El puente, sin embargo, es toda una obra de arte y continúa más o menos igual que cuando fue levantado, allá por los siglos XI y XII. Es uno de los puentes típicos del Camino, con su forma de joroba de ‘asno’ característica, en la que el peregrino, cuando sale de la ciudad para continuar su largo viaje, asciende por una orilla y desciende por la otra, en lo que simbólicamente podría considerarse como ‘alcanzar el cielo y descender a la tierra’.



AVISO: Tanto el texto, como las fotografías que lo acompañan, son de mi exclusiva propiedad intelectual y por lo tanto, están sujetos a mis Derechos de Autor.


sábado, 24 de octubre de 2020

Catedrales: el prozac de la Edad Media



De una forma surrealista, como ese lenguaje que utiliza el inconsciente para comunicarse a través  del vehículo de los sueños, el arte gótico surgió en Occidente como un viento nuevo que habría de revolucionar los conceptos de la arquitectura espiritual que habían proliferado hasta entonces.



El máximo exponente de este súbito pandemonio de arte, simbolismo y lógica matemática –conceptos, entre otros, que para San Bernardo contenían la idea esencial de Dios- fueron las grandes y a la vez enigmáticas catedrales.



Siguiendo los patrones de la arquitectura mística y orientadas de una forma sublime hacia constelaciones de especial relevancia –si, por ejemplo, las pirámides de Gizeh estaban orientadas hacia la constelación de Orión, se ha comprobado que las catedrales francesas tenían su equivalencia en la constelación de Virgo, la Virgen- fueron, de una manera comparativa, el prozac que había de liberar la depresiva incertidumbre en la que estaba sumergido el espíritu medieval.



Utilizando el lenguaje de los pájaros –metáfora que no deja de ser una referencia al ya mencionado lenguaje que el inconsciente transmite a través de los sueños- los canteros medievales crearon verdaderos divanes de psicólogo –y continúo con las comparaciones- cuyos efectos actuaban directamente sobre la psique de los fieles, induciéndoles, en muchos casos, verdaderos estados alterados de conciencia, que actuaban como la mejor de las terapias.



Y en ese sentido, ninguna terapia mejor que la adecuada combinación de sonido, luz y color, que hacían de su interior un decorado universal de primera magnitud.



De sonido, porque eran auténticas cajas de resonancia; de luz, porque los fieles asistían, cada amanecer, al tránsito de unos rayos solares que iban despejando progresivamente las tinieblas –la eterna batalla de la Luz contra la Sombra- y de color, porque al filtrarse a través de los vidrios, especialmente tintados mediante desconocidas técnicas en modo alguno ajenas a la Alquimia, dotaban a nave, columnas, bóvedas y arquivoltas de una irisación tan especial, que brotaban chispas en el espíritu.



AVISO: Tanto el texto, como las fotografías que lo acompañan, son de mi exclusiva propiedad intelectual y por lo tanto, están sujetos a mis Derechos de Autor.