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jueves, 29 de octubre de 2020

Camino de Santiago: Puente la Reina. El puente de los peregrinos



Belleza y simbolismo, forman parte de ese conjunto de mágicas implicaciones, que es el Camino de Santiago. No importa si uno hace los 790 kilómetros que hay que recorrer siguiendo el trazado del denominado Camino Antiguo o Camino Francés, que lleva desde Roncesvalles hasta Santiago, o sigue cualquiera otra de las rutas alternativas –por ejemplo, atravesando el peligroso puerto de San Adrián, atravesando posteriormente la Llanada Alavesa-, pues todos los caminos, como se le hace saber al peregrino, confluyen en un lugar muy determinado, donde Historia, Leyenda y Tradición se dan un abrazo tan estrecho, que a veces el peregrino, dejándose llevar por la ensoñación, no es capaz de separar.



Este lugar tan especial, no es otro que la localidad navarra de Puente la Reina. Aquélla donde los templarios tuvieron una iglesia y un hospital –que siguen en pie, y en el caso del segundo, funcionando todavía, al menos como albergue-, llamada Santa María de los Huertos, aunque conocida popularmente como la iglesia del Crucifijo -el por qué de dicha denominación, lo dejaremos para la próxima entrada-, donde todavía perviven rastros de un espléndido y diríase que histriónico esoterismo.



Quizás, uno de los rastros más hermosos y esotéricos a la vez, por el que merece la pena comenzar hablando, no sea otro que el puente románico, denominado ‘de los peregrinos’, que conecta la ciudad con la otra orilla del río Arga. Ya saben, el río donde el simpático pájaro Txori recogía agua con su pico para limpiar la imagen desaparecida de la Virgen que había junto a éste, hoy día desaparecida, según cuenta una florida leyenda.



Un río, el Arga y unas gentes, las navarras, que por los motivos personales que fueran, no gustaron a Aymeric Picaud y así lo consignó en su famoso Codex Calistinus o Guía del peregrino que se dirige a Santiago. De la barbarie de los navarros, no creo que fuera en absoluto diferente a la que podría encontrarse cualquiera, peregrino o no, en otras regiones, en una Edad Media que luchaba a brazo partido contra esa mitad peninsular gobernada desde el Califato de Córdoba y quizás también con menos celo pero con más orgullo propio, con la otra mitad que buscaba una unificación bajo reinados a los que todos pensaban tener derechos consanguíneos. Las aguas del río Arga, puede que hoy en día, seducidas por ese canallesco donjuán industrial llamado polución, no sean muy recomendables para su consumo, pero dudo mucho, también, que fuera así en los tiempos medievales en los que Picaud escribió su Códex.



El puente, sin embargo, es toda una obra de arte y continúa más o menos igual que cuando fue levantado, allá por los siglos XI y XII. Es uno de los puentes típicos del Camino, con su forma de joroba de ‘asno’ característica, en la que el peregrino, cuando sale de la ciudad para continuar su largo viaje, asciende por una orilla y desciende por la otra, en lo que simbólicamente podría considerarse como ‘alcanzar el cielo y descender a la tierra’.



AVISO: Tanto el texto, como las fotografías que lo acompañan, son de mi exclusiva propiedad intelectual y por lo tanto, están sujetos a mis Derechos de Autor.


martes, 7 de junio de 2016

La iglesia de la Vera Cruz de Carballino: alquimia artística


El Arte y su Mundo. O mejor dicho, el Mundo Universal del Arte: un universo fascinante, cuyas paradojas evolucionan constantemente como si de un imaginario Ouroboros se tratara; una serpiente que se muerde la cola, enroscada sobre sí misma, en un círculo perfecto que no tiene principio ni fin, sino un infinito movimiento. El Arte mira al futuro, pero incluso en su estado embrionario se va nutriendo de la placenta del pasado. En el atanor de la idea, lo pasado se mezcla con lo presente y entre el azufre y el mercurio de la forma, conforman la sal del futuro. Metáforas aparte, resulta interesante observar que nada es inmutable; que incluso hay momentos en los que la propia evolución de lo artístico mira hacia atrás e intenta poner orden en criaturas que, a priori, podría decirse que nacieron incompletas, haciendo de la originalidad –como afirmaba frecuentemente Antoni Gaudí- una vuelta al origen. De esa vuelta al origen –o cuando menos, a parte del origen- hubo algunos interesantes conatos en el pasado, que merece la pena recordar, siquiera como introducción. Cabe destacar, en un principio, la recuperación, allá por los siglos XVII y XVIII, de las capillas de planta circular o hexagonal, basadas en el deambulatorio de la anastasis o sepulchrum Domini de los modelos hierosolimitanos, que en la actualidad albergan advocaciones crísticas o marianas con fama de muy milagreras entre la vox populi. Pero sin duda, los modelos que, por algún motivo en particular influyeron más a la hora de volver a captar el interés de las nuevas generaciones de arquitectos, no fueron otros que los románicos y los góticos, hasta el punto de ser numerosos los ejemplos modernos a los que se añadió el sufijo neo o nuevo: neorrománico y neogótico. Uno de los grandes alentadores de ésta moda, que durante los siglos XIX y principios del XX se extendió por Europa, fue el brillante arquitecto francés Viollet le Duc, restaurador de la catedral de Notre Dame de París y quien también sugirió –seguramente inconsciente de los grandes debates que se generarían en el futuro- la posibilidad de que las capillas de planta circular o hexagonal a las que se hacía referencia, fueran un modelo de arquitectura templaria importada de Tierra Santa.

Lejos de iniciar un eterno debate en este sentido, Carballino se aparece como una población fuera de toda duda singular; quizás, a menor escala, podría comparársela con Puente la Reina, lugar de confluencia de caminos, pues por ella, posiblemente pasen los peregrinos que atraviesan Orense dejando atrás el monasterio de Oseira y continúen hacia Pontevedra, deteniéndose en determinados puntos de concejos tan interesantes como Boborás –iglesias de Santa María de Xuvencos y San Xulián de Astureses-, Silleda –iglesia de Santiago o monasterios como Acibeiro y Carboeiro- o Campo Lameiro, con su iglesia de San Miguel y uno de los mayores centros de petroglifos de Galicia. No es de extrañar, por tanto, que en este punto neurálgico que tiene fama de hacer el mejor pulpo a feira, siendo la única comunidad gallega que no tiene frontera natural con el mar, exista un sorprendente monumento dedicado a uno de los mayores hitos devocionales del mundo cristiano: la Vera Cruz. Habría que remontar el origen de la Invención o el Descubrimiento de la Cruz, al año 313, cuando según la tradición Helena, madre del emperador Constantino la descubrió en Jerusalén. Evidentemente, los cimientos del edificio que, por su belleza y su conjunción de elementos arquitectónicos sorprende a todo visitante, no se remontan a ese siglo III d. de C., sino a los años cuarenta del siglo XX, colocándose su primera piedra en el solsticio de verano de 1943. La conclusión de los trabajos, también terminó con un solsticio de verano, pero catorce años después: en 1957. De este híbrido, nacido a instancias del lenguaje de los sueños y promovido por las inquietudes espirituales de un prelado, quizás visionario también, llamado Evaristo Vaamonde da Cortiña, decía un erudito hijo de Carballino, Felipe Senén Gómez, que de semejante símbolo expresionista, cabe destacar que sus templos son como una suma teológica de la arquitectura histórica de Galicia, en relación también con la arquitectura del Camino de Santiago, con la arquitectura inglesa, el atlantismo y con los modelos y admiración de palacios de la Escuela Vienesa


Publicado en STEEMIT, el día 9 de abril de 2018: https://steemit.com/spanish/@juancar347/arte-y-circunstancia-la-iglesia-de-la-vera-cruz-de-carballino