martes, 19 de abril de 2016

Leache, un precedente románico del Hombre Universal de Da Vinci


'Prosiguiendo con el lenguaje de la geometría oculta, el pentalfa y el hexagrama surgen del inconsciente colectivo y hablan en el idioma de los sueños a la conciencia despierta. Su significado universal y atemporal los convierte en umbrales que nos comunican con nuestro ser más profundo y auténtico'.
[Xavier Musquera (1)]

El idioma de los sueños. Posiblemente, no haya existido una época y un estilo artístico que mejor lo definan, como la Edad Media y el que quizás sea, con diferencia, su modo expresivo más generalizado: el románico. Xavier Musquera -infatigable amigo e investigador, desgraciadamente fallecido en diciembre de 2009- fue, no me cabe la menor duda, uno de esos pocos afortunados -cuando no, románticos buscadores- que mejor supo penetrar en el universo de este milenario idioma al que hacemos referencia, cuyo incombustible vehículo de expresión, aunque huelgue precisarlo, no es otro que el propio símbolo.

Tampoco cabe duda, de que Navarra, a la postre, es también una tierra afortunada; una tierra que ofrece, bien en conjunto bien individualmente, una rica variedad artística y por añadidura, simbólica, donde posiblemente influyera en el pasado su estratégica situación dentro de las principales rutas de peregrinación del Camino de Santiago. Si el descubrimiento de los restos del Apóstol supuso un espectacular revulsivo para el comercio y el desarrollo de las ciudades, no lo fue menos para la introducción, en una Península Ibérica prácticamente dominada por el poder musulmán, de conocimientos, ideas y formas de expresión, que habrían de conseguir su máxima exponencia en el conjunto global del Arte. Un Arte, eminentemente religioso, que intentaba imitar a Dios, aspirando a la perfección como modelo base de sublimidad y expresión. Hasta qué punto se consiguió, basta echar un sólo vistazo a numerosas iglesias y catedrales, para darse cuenta de ello. Para alcanzar tan sublimes niveles, Magisters y canteros no tuvieron mejor opción que aprender el lenguaje de Dios: la voz del mundo, la voz del símbolo, Matemática y Geometría. El poder de la Creación, complementado, a su vez, por otras disciplinas, como la Música. No debe resultarnos extraño, por tanto, que el pensamiento medieval considerara a estos lugares, sobre todo a las catedrales, como auténticas universidades donde la piedra manifestaba un saber profundo, capaz de hacernos enmudecer hoy en día.

Leache, es un municipio situado dentro de la denominada Merindad de Sangüesa, en la vertiente meridional de la Sierra de Izco -relativamente cerca de Olleta y el Alto de Lerga-, y dista, aproximadamente, unos cincuenta kilómetros de Pamplona, capital de la Comunidad Foral de Navarra. Su historia, al menos a partir de agosto de 1195, está ligada a la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén, habiéndole sido donada por uno de los reyes más carismáticos de la historia de Navarra: Sancho VII, apodado el Fuerte, a quien se recuerda, principalmente, por haber tomado parte en la decisiva batalla de las Navas de Tolosa -llamada también, Batalla de los Tres Reyes-, acaecida en julio de 1212. De hecho, su sepulcro ocupa un lugar relevante en la Capilla de San Agustín, anexa al claustro de la Colegiata de Santa María, en Roncesvalles, donde también se conservan las cadenas que quitó de la tienda del Miramamolín almohade, las cuales, a partir de entonces, comenzaron a formar parte del escudo de Navarra.

A los hospitalarios se atribuye la construcción de la iglesia de San Martín de Tours, situada en la parte más alta del pueblo, de la que sólo se conserva el hueco vacío de su planta y parte del muro que constituía su espadaña, reaprovechado en la actualidad como frontón. De hecho, la casona más cercana, situada justamente enfrente, fue en tiempos la casa y posiblemente también el recinto hospitalario de estos monjes guerreros, cuya historia tomó derroteros muy diferentes a la de los templarios, convirtiéndoles, de hecho, en receptores y herederos de muchos de los bienes de aquéllos, una vez suprimida la orden a comienzos del siglo XIV.

Todavía se comenta en el pueblo, la antigua creencia de que existe un túnel que conectaría dicha casa con la defenestrada iglesia de San Martín, aunque, como en muchos otros casos, tengan que ver con templarios o con hospitalarios, nunca se hallado tal. Por lo demás, no sólo la piedra, inapreciable tesoro de la época, sino también muchos de los ornamentos que en aquéllas postrimerías del siglo XII debieron hacer de éste un templo hermoso y de cierta relevancia, han corrido una suerte desigual, repartidos entre las casas del pueblo, la iglesia de la Asunción y el Museo de Navarra. Es precisamente en la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, demasiado transformada a lo largo de su también longeva historia, donde han ido a parar una o dos de las portadas principales del templo de San Martín. La primera, cegada, luce en su tímpano un crismón y hermosos entrelazados de posibles connotaciones célticas que, a juzgar por los restos de arena, debió de permanecer enterrada durante mucho tiempo, detalle que, como en el caso de la portada oeste de la iglesia vallisoletana de Santa María de Wamba, contribuyó al menos a mantenerla en relativo buen estado. La segunda portada, aquélla que se corresponde con el acceso principal al templo, luce también un crismón en la parte central, mostrando en uno de los lados, con todo detalle, el magicum perpetuum o estrella de cinco puntas, que incluye una figurita humana en su centro, comparable, en buena medida, a la idea del hombre universal posteriormente utilizada  por Leonardo Da Vinci en su denominada obra, el hombre de Vitrubio.

Este arcano símbolo de perfección -no olvidemos que su forma tiene numerosos antecedentes en la Naturaleza- ha sido conocido por muchos nombres a lo largo de la Historia: pentagulum o pentaculum; signum Phytagoricum -porque representaba a sus seguidores, los denominados pitagóricos- e incluso también, en ciertos ambientes europeos, como se aventuraba en la entrada anterior, pie de druida.

Tal vez su presencia en el tímpano del pórtico principal de acceso a un templo cristiano no sea tan descabellada, como pudiera pensarse a priori, y mucho menos asociativa con las fuerzas oscuras, como se ha llegado a considerar en épocas de superstición y oscurantismo, una vez desvirtuada y demonizada su representatividad original, y tenga una relación con esa filosofía pitagórica, bajo la que representaría la armonía del cuerpo y del alma, constituyendo, por otra parte, un emblema de salud. Y su presencia en un templo cristiano indique, como opinaban los grandes filósofos de la Antigüedad men sana in corpore sano: cuerpo sano y espíritu -mente- sano.

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(1) Xavier Musquera: 'Ocultismo Medieval', Ediciones Nowtilus, 1ª edición, junio de 2009, página 233.

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