jueves, 30 de junio de 2016

Un anónimo pintor-teólogo y los milagros de San Miguel


'Hubo una gran batalla en el cielo. El Dragón peleaba con el Arcángel Miguel: Miguel peleaba con él, y consiguió la victoria...'
[Apocalipsis]

La iglesia, prácticamente remodelada de arriba abajo, apenas llama la atención artísticamente hablando, aunque conserva, cuando menos, dos extraordinarios hitos patrimoniales, dignos de interés y admiración; evidentemente, cada uno en su ámbito de época y estilo: una soberbia portada románica y un espectacular retablo gótico. De la portada –que entre diversas escenas de interés y calidad, reproduce, aparentemente, el Pecado Original, la matanza de los inocentes (1) y el degollamiento de San Juan Bautista-, hablaremos en otra ocasión. En cuanto al tema central que relaciona las diferentes escenas del retablo principal, advertiremos, no obstante, por si alguien lo reconoce, que hay un tremendo error de interpretación en el cartel informativo situado en las proximidades del ábside, junto a lo que parece un resto de la galería románica original, sobre cuya superficie se aprecia un interesante alquerque: del siglo XVI y clasicista o no, como se le define también en el referido cartel, las escenas del retablo principal parecen no hacen referencia, en absoluto, a la vida de San Huberto, como se menciona –que por otra parte, es de lo más interesante también, simbólicamente hablando, siendo una de las representaciones artísticas más frecuentes, aquella escena en la que el ciervo perseguido se enfrenta a su acosador, mostrando un crucifijo entre la cornamenta-, sino que se refieren, de manera no inusual pero sí inesperada en cuanto a la temática –podríamos incluso llegar a pensar, que en tal sentido es único en su género, si nos atenemos al ámbito referido a la Comunidad y Tierra de Segovia-, a una famosa aparición acaecida en el año 490, así como a los milagros del santo personaje en cuestión, bajo cuya advocación se encuentra una iglesia que, por el momento, dejaremos convenientemente en el anonimato: San Miguel.

Anónimo, según parece, el génesis secuencial se desarrolla con ese sobrecogedor pasaje del Apocalipsis, que sirve como introducción a la presente entrada: la rebelión de Lucifer y sus ángeles caídos. Una escena sobrecogedora; posiblemente única así mismo, en la que el anónimo artista, hábilmente y lejos de la mediática ingravidez que caracteriza en muchas ocasiones a los retablos, dotó a esta escena de un sorprendente movimiento, en el que invita al espectador a contemplar, como si asistiera al pase de una película ralentizada, la transformación de los ángeles rebeldes en demonios. Pudiera darse el caso de que, posiblemente siendo contemporáneo, se hubiera basado en la visión sobrenatural que Milton describió en su Paraíso perdido, haciendo apología, de paso, de los considerados paganismos anteriores, pues como éste último daba a entender, esos ángeles caídos se levantaron de las lagunas estigias a donde les había llevado su rebelión para tentar al hombre y convertirse en sus dioses. La piel verde y el cuerno en la frente, nos recuerdan, a este respecto, antiguos mitos exorcizados por el Cristianismo, que incluso aparecen con frecuencia en uno de los estilos artísticos que más le caracteriza: el románico. Las escenas inferiores, no menos interesantes, describen, como se ha dicho, los sucesos legendarios acontecidos en el año 490 en Italia, en la que se considera como la primera de las apariciones de San Miguel en el monte Gargano, lugar que lleva el nombre de aquel noble que, persiguiendo al mejor de los toros de su rebaño –quizás de ahí la confusión con la leyenda de san Huberto-, vio como la flecha que disparaba al animal se volvía hacia él. No deja de ser curioso, que el arcángel guerrero eligiera una cueva situada en la cima de dicho monte, para establecer su santuario. Detalle que recuerda el tema de la Sibila y de hecho, las leyendas y tradiciones clásicas, también mantenidas durante la Edad Media –un buen ejemplo de literatura, en tal sentido, sería la obra de Antoine de La Salle, El Paraíso de la reina Sibila (2)– sobre esos misteriosos lugares de iniciación y entrada al inframundo, lo que nos lleva a suponer la existencia anterior de un lugar de culto precristiano. Describe, a continuación de la historia milagrosa del noble Gargano, otro de los milagros atribuidos a San Miguel, cuando desvió el curso de un arroyo que los paganos -¿los godos de Odoacro?. Precisamente, con la invasión de Roma comienza también una peculiar historia, como es la de san Lorenzo y el Santo Grial de San Juan de la Peña, en la actualidad custodiado en la catedral de Valencia-, pretendían utilizar para anegar a un pueblo que se negaba a sus pretensiones. Pero la escena, si refiere este episodio en realidad, es peculiar y extraña, porque, sentada en el arroyo, una mujer –recatada, al estilo de la decencia ortodoxa a la que se veían sometidos los artistas de la época-, da de mamar a un niño. Un niño cuyo rostro -¿será cuestión de interpretación?-, parece adulto: ¿el hombre mamando de la virtud y las aguas primordiales del bautismo?, ¿quizás una referencia al paso del Mar Rojo, donde la tradición judía supone que acompañó al pueblo elegido en su salida de Egipto?. Lo que es seguro, es que el personaje en cuestión, protegido por el arcángel, a quien se ve en un segundo plano, sosteniéndola por los hombros, carece del halo de santidad que lleva éste. Así mismo, las connotaciones paganas del toro son evidentes, máxime en un lugar como la Península Ibérica, la supervivencia de cuyos cultos ha llegado hasta hoy en forma de tradiciones y festejos populares, formando parte, además, de la leyenda dorada de Santiago. Precisamente, con éste y tres apóstoles más, se cierra, curiosamente, el ciclo pictórico de este sugestivo retablo. Santiago y Pedro, en la parte inferior derecha; Andrés y Juan el Bautista, en la izquierda. A éste respecto, y como colofón, mencionar –aunque lo veremos en una próxima entrada- el magnífico Cristo, pudiera ser que gótico también, de un Calvario que se encuentra en una capilla lateral, junto a la pila bautismal. Un Calvario curioso, puesto que las figuras que se encuentran a su pìe, a ambos lados de la Cruz, son, extraña y curiosamente, San Juan Bautista y…¿la Virgen o la Magdalena?. recordemos, que precisamente los colores por los que se distinguía en ésta época a María Magdalena, eran, precisamente, el blanco y el dorado.

En fin: Arte, Belleza y Misterio.


(1) Es de reseñar, en esta escena, el detalle -como ocurre, entre otras grandes representaciones románicas, como podría ser uno de los capiteles interiores de la iglesia del antiguo monasterio soriano de San Juan de Duero-, de la figura del demonio alentando la maldad en el corazón de Herodes.
(2) Ediciones Siruela, S.A., Madrid, 1987.

jueves, 23 de junio de 2016

El Maestro de la Vera Cruz y la Magdalena


Fue anónimo, si bien en algunas fuentes, y por afinidad, se especula con otro Maestro no menos notable, cuya obra, así mismo, es mundialmente conocida: el de Tahull. Ahora bien, por el contenido y los detalles que nos dejó, cuando menos en las obras supuestamente a él o a su taller atribuidas, de las que tenemos referencia –Maderuelo, Gormaz y Casillas de Berlanga-, podríamos pensar que este Maestro desconocido fue, después de todo y esencialmente, uno de los precursores de aquellos brillantes Hyeronimus Bosch, Rogier van der Weyden, Jan van Eyck o incluso el propio Doménico Theotokopuli, el Greco, a los que el admirable Enrico Castelli (1) calificó como de pintores-teólogos, caracterizándose porque en sus obras se manifiestan detalles que en muchas ocasiones van más allá de una interpretación meramente canónica, independientemente de que el Mal y sus principales cualidades se manifiesten con mayor o menos grado de relevancia o protagonismo. Si bien Maderuelo queda en la actualidad adscrita a la Comunidad y Tierra de Segovia, hasta un pasado relativamente reciente, lo estuvo bajo circunscripción soriana, tierra que, no hemos de olvidar, fue el principal ámbito de actuación de este Maestro y su taller, siendo de reseñar, en justicia, aquéllas dos espectaculares obras que, junto con la presente ermita de la Vera Cruz, conformarían un maravilloso trío de belleza y perfección: las ermitas de San Miguel de Gormaz y de San Baudelio de Berlanga. Cómo en éstas, parte de la mediática idiosincrasia que la caracteriza y que, de hecho, conforma también una magnífica lección de humildad que se debería tener en cuenta hoy en día, sobre todo a la hora de valorar y premiar con estrellas el presumible valor aparente y estético del edificio que las alberga, es su soberana –digo bien, soberana- austeridad. La ermita de la Vera Cruz, situada extramuros de Maderuelo –pueblo que todavía conserva buena parte de su antiguo aspecto medieval, a cuyo pie se mecen las aguas del pantano de Linares, motivo por el que, allá por los años cincuenta se extrajeron las pinturas, trasladándose al Museo del Prado, donde se hizo una réplica de la capilla que las albergaba-, está datada, aproximadamente, a comienzos del siglo XII. Una de sus características principales, es que mantiene, en la forma cuadrada de su ábside o cabecera, el aspecto característico de los edificios prerrománicos, que solían tener las construcciones de siglos anteriores. Otro de los focos de interés que atrae la atención de este lugar, es su aparente asociación con la Orden del Temple. De hecho, se mantiene la creencia de que dicha advocación le viene, precisamente, porque éstos velaban armas y custodiaban en su interior, una porción de la Santa Cruz, como se sabe que hacían en muchos otros lugares de su posesión o a ellos atribuidos, pues entre otras cosas y además de monjes y guerreros, los templarios tenían fama de poseer un inusitado interés por las reliquias sagradas, de las que llegaron a acumular una importante cantidad. Dicho esto, no estaría de más añadir que hay quien especula, además, con la posibilidad de que fueran precisamente ellos los que supervisaran o aconsejaran las temáticas pictóricas a desarrollar en esta ermita.


Pudo haber sido así, o quizás no, si tenemos en cuenta que esas temáticas eran corrientes en aquélla época y se pueden apreciar en multitud de edificios religiosos, bien en forma plástica bien en forma escultórica. Lo que sí es especulable y de ahí la comparación con la denominación de pintor-teólogo con la que Castelli bautizó a ciertos artistas de siglos posteriores, es la consideración de ciertos detalles, cuya interpretación afecta a los aspectos más sangrantes y oscuros, propiamente dichos, de la historia del Cristianismo, sobre todo, en relación a la mujer. No parece casual –y aquí se menciona por equivalencia, antes de llegar a la escena que motiva la presente entrada-, la inclusión de dos escenas sobre las que habría de girar, posteriormente, el drama principal de lo podríamos denominar como la mitología cristiana: la Creación de Adán y la Caída. No debe extrañarnos, por tanto, que ambas representaciones ocupen un lugar relevante, porque sin ellas –el Origen o Génesis del Mito-, el resto de representaciones, basadas en el advenimiento, vida y muerte de Jesús, no tendrían sentido. A éste respecto, sentido tiene, y mucho, la presencia, a continuación, de las dos mujeres más importantes y populares del Medievo; aquéllas dos, precisamente, que en la mentalidad popular –cierto que también alentada por algunos sectores de la Iglesia-, vinieron a ocupar el significativo papel de segunda Eva: la Virgen María y María Magdalena. Dos visiones diferentes, pero que convergen en el mismo fin: la pureza inmaculada y la beata peccatrix o santa pecadora, que por su amor a Cristo se había convertido, abandonando las tinieblas del pecado para ascender al amor espiritual. Y es aquí donde interviene, en la maravillosa escena de la Magdalena secando con sus cabellos los pies de Cristo, las inquietudes teológicos del anónimo autor. Una escena, realmente curiosa, como veremos a continuación, que parece ser que se produjo después de un episodio sumamente relevante: las bodas de Caná. Aquí interviene parte de esa legendaria mitología madalénica, que tanto nos continúa fascinando hoy en día, como en los siglos XII y XIII, principalmente, fascinó a las sociedades medievales: ¿quiénes fueron, realmente, los esponsales?. ¿María Magdalena y san Juan Evangelista, como dejara entrever el propio san Agustín o, por el contrario, María Magdalena y Jesús?. Si observamos la escena con detenimiento, observaremos un detalle realmente curioso que, lejos de ahuyentar las dudas, las acrecienta: el ángel que se mantiene suspendido entre los dos, cuyos dedos señalan a ambos personajes, como si fuera un sacerdote bendiciendo unas nupcias. Pero hay algo más: ¿el gesto de la Magdalena, responde únicamente a la humildad o por el contrario, demuestra un amor desmesurado?. ¿No sería, más bien, el gesto inconmensurable de una mujer que está decididamente enamorada?. Creo que éste es parte del mensaje que nos legó el anónimo Maestro de la Vera Cruz. Pero, una vez picado el anzuelo morboso de la especulación, no puedo terminar esta entrada, sin hacerme otra de esas preguntas del millón, que posiblemente acreciente aún más la fascinación por los templarios: ¿es casualidad que éstos, precisamente éstos y no otra orden similar, estuvieran en el lugar?.


(1) Enrico Castelli: 'Lo demoníaco en Arte, su significado filosófico', Ediciones Siruela, S.A., Madrid, 2007.

jueves, 16 de junio de 2016

Portabilidad Mariana: la Virgen de las Navas


Uno de los muchos ejemplos que podemos encontrar acerca de cómo se forma un mito a partir de una suposición es, no cabe duda, el caso de ésta curiosa y preciosa imagen mariana que, perdida y olvidada su primitiva advocación original, ha pasado a ser conocida como la Virgen de las Navas. Si nos preguntamos el por qué de esta moderna advocación, sería necesario remontarse en el tiempo, cuando menos, hasta bien mediado el siglo XIX, cuando la arqueología en España apenas se encontraba en una fase lúdico-didáctica, conformando, poco más o menos, que un motivo de distracción para ciertos elementos eruditos de la nobleza hispana. Tal es el caso, del marqués de Cerralbo, quien indagando un día la enorme riqueza artístico-cultural contenida tras los muros del imponente cenobio cisterciense de Santa María de Huerta, en la provincia de Soria, vino poco menos que a darse de bruces con esta magnífica talla románico-gótica a la que, quizás por encontrarse también allí el magnífico sepulcro del que fuera arzobispo de Toledo, don Rodrigo Ximénez de Rada y contando, además, con sus características de imagen portable –detalle bastante común en época medieval, donde muchas imágenes de Cristo y la Virgen solían ir a los frentes de batalla acompañando a prelados y sacerdotes y con las victorias, se acrecentaba su fama de milagreras (1)-, dejó caer, hipotéticamente hablando, la posibilidad de que dicha imagen fuera, en realidad, la que llevaba en su silla de montar el mencionado arzobispo de Rada cuando animó y participó en la decisiva batalla de los Tres Reyes, más conocida como la batalla de las Navas de Tolosa, acaecida en julio de 1212.

De apenas 30 ó 40 centímetros de altura –medidas, no obstante, que solían caracterizar a muchas imágenes de Vírgenes Negras-, ésta imagen Theotokos o Trono de Dios, posiblemente traída de Francia por los primeros hermanos que se establecieron a algunos kilómetros del actual emplazamiento del monasterio, muestra unos hermosos tonos dorados; tanto la Madre como el Hijo, están coronados, mostrando éste un libro abierto en su mano izquierda, en el que puede leerse la inscripción IESUS NAZARENUS, una inscripción, posiblemente realizada con posteridad. Otra de sus características, es que la talla está hueca en su parte trasera, seguramente y como era corriente también, para ocultar alguna reliquia, aunque la pieza que la recubría se ha perdido.

Para mayor información, se recomienda la lectura del siguiente artículo: http://juancar347.blogspot.com/2008/09/el-gran-enigma-de-la-virgen-de-las.html



(1) A este respecto, podría ser interesante recordar que al frente del ejército cruzado del Reino de Jerusalén, solía ir siempre la Vera Cruz -según la tradición, encontrada en el año 304 a. de C. por Santa Elena, madre del emperador Constantino-, hasta su pérdida frente a los ejércitos de Saladino en la famosa batalla de los Cuernos de Hattin.

lunes, 13 de junio de 2016

El Santo Cristo de la Cepa y la Salud


Posiblemente no sea de Carrara, pero sí parece tener un hálito de maternidad renacentista, en la blanca palidez de su marmórea constitución. De proporciones perfectas, su latina cabeza, levemente girada hacia el oeste, observa con mirada pícara la copa griálica que mantiene alzada en su mano derecha, y de reojo, posiblemente a hurtadillas, mira también hacia una ciudad, Briones, que duerme el sueño de los justos, embriagada su tierra con la savia sanguina que alimenta sus inmemoriales cepas. No obstante apoyado en el tronco de una de ellas, árbol de la vida o columna primordial -no sabría decir en este caso, si de nombre Jakim o Boaz-, da la espalda a San Vicente de la Sonsierra, donde en la Edad Media muchos de los caballeros que partían en la trascendente aventura de la demanda del Santo Grial se purificaban en las aguas de su parroquial, dedicada a la figura de Santa María de la Piscina. De su singularidad solar, no sólo da fe esa melena ensortijada de efebo afortunado y eternamente joven, sino también la piel de león que porta sobre sus hombros y le cae sobre la espalda como la capa sanmartinesca de un milite, aunque nada tiene que ver ni con Daniel ni tampoco con el poderoso Sansón, referentes posteriores, que tanto protagonismo tuvieran en el simbolismo de ese Arte afín al Camino de Santiago y sus peregrinos, que es, después de todo, el románico. Observándole, me permito la licencia de pensar que como Adán o como Eva, la hoja de parra suple el engorro textil para tapar un sexo que, al contrario del de los ángeles, está generalmente bien definido, independientemente de cualquier otra obscena consideración que, de cualquier manera, según parece, merma cuando se abusa en exceso del líquido ardiente que está a punto de llevarse a los labios.

Aunque nació del vientre de la Tierra -su madre conocida, según se dice, comenta y rumorea fue Minerva-, y fecundado por su padre el Sol, alguna familiar relación debe de guardar también con el matusalénico Noé, el babilónico Unapishtin, de quien se dice que fue el primero que plantó un viñedo cuando las aguas del Diluvio Universal volvieron a su cauce y de hecho, se convirtió, conditio sine quanum, en el primer Genarín de la Historia, toda vez que se excedió probando su fruto destilado, creando, resulta más que objetivo suponer que sin presumible intención o conciencia de ello, la primera bebida sagrada de la Humanidad; aquélla que, siendo vino también, denominan Soma en otros lugares del mundo, como la India, y que de alguna manera le tomó el relevo al alimento primordial de los dioses, aquélla encantadora pero a la vez peligrosa casita de gnomo que consumían los chamanes primitivos para entrar en contacto con la otra realidad y a la que en la actualidad se denomina -pompa y circunstancia, que las lenguas muertas, por muy latinas que sean, siempre son sinónimo de intelectualidad-, amanita muscaria. Por si no lo han adivinado, llegados a este punto de la presente narración, estamos hablando de Baco. O mejor dicho, para adecuarlo al título que precede a ésta crónica, de Soter. Es decir, nombre que una vez traducido a esa vulgata latina que en cualquier caso es la lengua castellana y para que todos nos vayamos entendiendo, significa Salvador.

De Tierras, Salvadores y Vino, me resulta difícil no pensar, en el momento en el que escribo estas líneas, en dos regiones muy particulares de este interesante caldero de antiguos y sabrosos néctares que es el terruño hesperio de Gárgoris y Habidis: La Rioja y Palencia. Sobre todo, si tenemos en cuenta que fuera posiblemente en cualquiera de ellas, donde naciera el popular refranillo: aquél que de buena ley afirma, cuando no a su vez confirma, que con pan y vino se anda bien el Camino, como saben y podrán refrendar perfectamente todos esos esforzados arrieros de la fe y de la cultura, que son en el fondo todos o casi todos los peregrinos. Posiblemente, muchos de éstos hayan pasado por Briones y visitando el Museo de la Cultura del Vino de la Dinastía Vivanco, hayan recalado en los jardines que llevan su nombre, Baco. Y sugerir por sugerir, quizás también, fijándose en el otoño pintar tonos de gloria en el color de la hoja de parra moribunda, se hayan preguntado, como se preguntó un servidor, si ese futuro vino llevará también incluido el aroma del olvido, el sabor de la nostalgia y el espíritu del recuerdo. Porque recordar, dicen que cuando menos, es volver a vivir. Y recordando o reviviendo, no puedo dejar de pensar en la curiosa paradoja palentina, que me recordó la visión de este Baco-Salvador con aquélla otra, visiblemente más dolorosa y cruel, de un Jesús-Salvador, crucificado, cual inesperado Odín, en una cepa, posiblemente atacada de otoño también y que apenas conocido fuera de los ámbitos de la iglesia-museo de Santiago, en la ciudad de Carrión de los Condes, se conoce y venera como el Santo Cristo de la Cepa y la Salud.

Una talla que, si bien puede que no sea única, sí resulta, cuando menos significativa, cuya añada y elaboración se remonta al siglo XVI, figurando su denominación de origen en el taller de Isidro de Villoldo, que fuera, para más señas, discípulo de Alonso Berruguete, cuya casa todavía se conserva en la imperial Valladolid. Por eso, al igual que ya hicieran algunos años los integrantes del Nuevo Mester de Juglaría -que Castilla, a pesar de los pesares, siempre ha sido tierra de pan y vino, pero también de excelentes juglares-, yo también quiero cantarle al vino que nace de la tierra, madura en la bodega y muere en la taberna. Porque, si bien es cierto que el Vino es Cultura, no es menos cierto que, así mismo, es Historia, es Espíritu, es Arte...y por supuesto, es también Religión.



martes, 7 de junio de 2016

La iglesia de la Vera Cruz de Carballino: alquimia artística


El Arte y su Mundo. O mejor dicho, el Mundo Universal del Arte: un universo fascinante, cuyas paradojas evolucionan constantemente como si de un imaginario Ouroboros se tratara; una serpiente que se muerde la cola, enroscada sobre sí misma, en un círculo perfecto que no tiene principio ni fin, sino un infinito movimiento. El Arte mira al futuro, pero incluso en su estado embrionario se va nutriendo de la placenta del pasado. En el atanor de la idea, lo pasado se mezcla con lo presente y entre el azufre y el mercurio de la forma, conforman la sal del futuro. Metáforas aparte, resulta interesante observar que nada es inmutable; que incluso hay momentos en los que la propia evolución de lo artístico mira hacia atrás e intenta poner orden en criaturas que, a priori, podría decirse que nacieron incompletas, haciendo de la originalidad –como afirmaba frecuentemente Antoni Gaudí- una vuelta al origen. De esa vuelta al origen –o cuando menos, a parte del origen- hubo algunos interesantes conatos en el pasado, que merece la pena recordar, siquiera como introducción. Cabe destacar, en un principio, la recuperación, allá por los siglos XVII y XVIII, de las capillas de planta circular o hexagonal, basadas en el deambulatorio de la anastasis o sepulchrum Domini de los modelos hierosolimitanos, que en la actualidad albergan advocaciones crísticas o marianas con fama de muy milagreras entre la vox populi. Pero sin duda, los modelos que, por algún motivo en particular influyeron más a la hora de volver a captar el interés de las nuevas generaciones de arquitectos, no fueron otros que los románicos y los góticos, hasta el punto de ser numerosos los ejemplos modernos a los que se añadió el sufijo neo o nuevo: neorrománico y neogótico. Uno de los grandes alentadores de ésta moda, que durante los siglos XIX y principios del XX se extendió por Europa, fue el brillante arquitecto francés Viollet le Duc, restaurador de la catedral de Notre Dame de París y quien también sugirió –seguramente inconsciente de los grandes debates que se generarían en el futuro- la posibilidad de que las capillas de planta circular o hexagonal a las que se hacía referencia, fueran un modelo de arquitectura templaria importada de Tierra Santa.

Lejos de iniciar un eterno debate en este sentido, Carballino se aparece como una población fuera de toda duda singular; quizás, a menor escala, podría comparársela con Puente la Reina, lugar de confluencia de caminos, pues por ella, posiblemente pasen los peregrinos que atraviesan Orense dejando atrás el monasterio de Oseira y continúen hacia Pontevedra, deteniéndose en determinados puntos de concejos tan interesantes como Boborás –iglesias de Santa María de Xuvencos y San Xulián de Astureses-, Silleda –iglesia de Santiago o monasterios como Acibeiro y Carboeiro- o Campo Lameiro, con su iglesia de San Miguel y uno de los mayores centros de petroglifos de Galicia. No es de extrañar, por tanto, que en este punto neurálgico que tiene fama de hacer el mejor pulpo a feira, siendo la única comunidad gallega que no tiene frontera natural con el mar, exista un sorprendente monumento dedicado a uno de los mayores hitos devocionales del mundo cristiano: la Vera Cruz. Habría que remontar el origen de la Invención o el Descubrimiento de la Cruz, al año 313, cuando según la tradición Helena, madre del emperador Constantino la descubrió en Jerusalén. Evidentemente, los cimientos del edificio que, por su belleza y su conjunción de elementos arquitectónicos sorprende a todo visitante, no se remontan a ese siglo III d. de C., sino a los años cuarenta del siglo XX, colocándose su primera piedra en el solsticio de verano de 1943. La conclusión de los trabajos, también terminó con un solsticio de verano, pero catorce años después: en 1957. De este híbrido, nacido a instancias del lenguaje de los sueños y promovido por las inquietudes espirituales de un prelado, quizás visionario también, llamado Evaristo Vaamonde da Cortiña, decía un erudito hijo de Carballino, Felipe Senén Gómez, que de semejante símbolo expresionista, cabe destacar que sus templos son como una suma teológica de la arquitectura histórica de Galicia, en relación también con la arquitectura del Camino de Santiago, con la arquitectura inglesa, el atlantismo y con los modelos y admiración de palacios de la Escuela Vienesa


miércoles, 1 de junio de 2016

Mondariz: el Jardín del Arte olvidado


Pontevedra está considerada como la capital del Camino Portugués o Camino de la Vía de la Plata, y no sin razón, no obstante teniendo en cuenta las sucesivas remodelaciones, así como las graves dispersiones de un patrimonio artístico rico, variado y sin duda alguna monumental, en el mejor de los casos poco o nada conocido y en el peor, reducido miserablemente a cenizas. Ahora bien, de esa riqueza, forman parte, como así lo hicieron en el pasado, los grandes monasterios, independientemente de que hubiera autores, como Juan García Atienza, que llegaran a afirmar, haciéndose cábalas de los verdaderos motivos, que éstos, o la mayoría de ellos, en su defecto, se levantaban lejos de los típicos caminos que recorrían los peregrinos hasta alcanzar su destino en Compostela, o un centenar de kilómetros más allá, en el cabo Finisterre, lugar donde terminaba ese otro camino, utilizado por culturas pretéritas desde el alba de los tiempos y considerado, por lo tanto, como pagano. Precisamente, muchos de los templos -ermitas, iglesias, capillas o monasterios- que jalonan la piel de toro de la vieja Hesperia, aquélla misma Hesperia donde Hércules protagonizó el robo de los toros de Gerión, se levantaron sobre anteriores lugares de culto, quedando constancia de ello en numerosos casos, donde se constatan todavía elementos foráneos reutilizados, que van desde parte de menhires y dólmenes -como el que se localiza en el muro norte interior de la parroquial soriana de Tera-, hasta aras de sacrificio celtas y romanas, utilizadas como altar o como base de altar, pudiéndose citar, también como ejemplo, el que se aprecia en la iglesia de Santa Eulalia de Morcín, Asturias o aquél otro, que se encuentra en una iglesia orensana, que todavía conserva parte de su antigua fábrica prerrománica: Santa Eufemía de Ambía; ésta última, así mismo en Camino de Santiago y cercana a poblaciones de interés, como son Xunqueira de Ambía, Allariz y Santa Mariña de Augas Santas. En Augas Santas, por ejemplo, es notable el caso de la iglesia de la Asunción, templo del que se ignora por qué no se llegó nunca a terminar -hay quien supone en buena ley, que el prendimiento y la disolución de la Orden del Temple tuvo mucho que ver- pero cuyos cimientos se levantan sobre un anterior complejo sacro de índole celta, que responde, curiosamente -y digo curiosamente, porque es un lugar que nada tiene que ver con el fuego y sí mucho con el culto a las aguas-, al nombre de Forno da Santa.

Mondariz y una de sus zonas más populosas y significativas, Mondariz Balneario, también puede considerarse como una localidad de paso jacobeo, si bien su templo parroquial ha perdido todo vestigio de ese arte peregrino, como muchos han consentido en denominar al románico, aunque bien es cierto que en sus inmediaciones, todavía sobreviven interesantes vestigios, como lo demuestra el templo de San Pedro, en Angoares -hoy día, iglesia cementerial-, población que hemos de situar a escasa distancia de Ponteareas y de esa Autovía de la Plata que conecta ambas Rías, las Altas y las Bajas. De hecho, otra de las poblaciones cercanas que utiliza un antiguo palacio gótico como albergue de peregrino, sería Redondela, famosa, entre otras cosas, por su puerto de Cesantes, frente al que se sitúa la isla de San Simón, que en tiempos medievales albergó un hospital, posteriormente un fuerte y también una prisión. En Redondela, y enfrente del mencionado albergue de peregrinos, todavía se puede encontrar otra curiosidad, no menos digna de mención: un antiguo crucero de piedra, en cuya base hay un peto de ánimas, donde aparte de las velas, las monedas piadosamente desprendidas para liberar almas del purgatorio o las piedras que lleva consigo todo peregrino como tributo a los antiguos lares de los caminos, se pueden ver patatas mal formadas como una rogatoria de bendición para las cosechas venideras. Esto conlleva pensar que, en algunos aspectos, Galicia, afortunadamente, continúa siendo Galicia: quid pro cuo.


Mondariz Balneario es un lugar que aprovecha convenientemente las peculiares propiedades de sus aguas. Destaca, en este sentido, la denominada fuente o manantial de Gándara, sobre la que se levanta un templete de aspecto neoclásico y planta circular. Algunos metros por encima de éste, y teniendo como referencia la Capilla de la Virgen del Carmen, así como un soberano edificio, neoclásico también y reacondicionado como spá, un hermoso y a la vez frondoso parque invita al paseo y la contemplación. En su interior, no resulta difícil tener la sensación de que el tiempo, por una de esas incomprensibles paradojas de la física, ha detenido su camino y quien conozca algunas de las antiguas historias de la Galicia ancestral, tal vez recuerde, al oír el dulce trino de algún misterioso pajarillo, la historia de San Ero de Armenteira. O si lo prefiere, por haber recorrido su totalidad o parte del Camino Primitivo que llega a Galicia a través de Roncesvalles, y ha pernoctado en el monasterio navarro de Leire, la de San Virila, pues ambas historias son prácticamente idénticas y tratan, seiscientos o setecientos años antes de Einstein, de la Relatividad. Relativo sería, pues, encontrarse con ese desperdigado pero magnífico montón de restos románicos y no tener la sensación, como la tuvieron los propios Ero y Virila -¿erotismo y virilidad?- de haber vuelto al monasterio doscientos años después y encontrárselo totalmente arruinado. Porque, en efecto, aunque ningún cartel señala la existencia de estos artísticos y melancólicos retazos de Historia -parte de los ventanales de un ábside y parte de una grandiosa portada principal- ni informe sobre su procedencia, algunas fuentes indican que pertenecieron a la iglesia de un monasterio venido a menos, que se levantó en la vecina población de Castelans, pequeña parroquia perteneciente al municipio de Covello, donde todavía se conserva, en completa ruina, desde luego, parte de ese desventurado cenobio. Y probablemente, al mismo lugar perteneciera, así mismo, el magnífico peto de ánimas que representa a San Martiño liberando almas del purgatorio -esta escena, no deja de recordar parte de esa historia críptica descrita en el libro de Juan Valentín Andreae, Las bodas químicas de Kristian Rosenkreutz- que sirve como ornamento y base a una fuente que se encuentra algunos metros más allá de ese stargate o puerta a las estrellas en el que se ha convertido el arco de la portada del antiguo monasterio de Castelans

En definitiva, hojas cruelmente arrancadas de un auténtico compendio sociológico y psicológico del que se nutrían los espíritus del hombre medieval. Arquetipos, después de todo, no tan diferentes de los que afectan al hombre actual. Como diría el genial poeta francés, François Villon: ¿a dónde fueron las nieves de antaño?.