lunes, 13 de junio de 2016

El Santo Cristo de la Cepa y la Salud


Posiblemente no sea de Carrara, pero sí parece tener un hálito de maternidad renacentista, en la blanca palidez de su marmórea constitución. De proporciones perfectas, su latina cabeza, levemente girada hacia el oeste, observa con mirada pícara la copa griálica que mantiene alzada en su mano derecha, y de reojo, posiblemente a hurtadillas, mira también hacia una ciudad, Briones, que duerme el sueño de los justos, embriagada su tierra con la savia sanguina que alimenta sus inmemoriales cepas. No obstante apoyado en el tronco de una de ellas, árbol de la vida o columna primordial -no sabría decir en este caso, si de nombre Jakim o Boaz-, da la espalda a San Vicente de la Sonsierra, donde en la Edad Media muchos de los caballeros que partían en la trascendente aventura de la demanda del Santo Grial se purificaban en las aguas de su parroquial, dedicada a la figura de Santa María de la Piscina. De su singularidad solar, no sólo da fe esa melena ensortijada de efebo afortunado y eternamente joven, sino también la piel de león que porta sobre sus hombros y le cae sobre la espalda como la capa sanmartinesca de un milite, aunque nada tiene que ver ni con Daniel ni tampoco con el poderoso Sansón, referentes posteriores, que tanto protagonismo tuvieran en el simbolismo de ese Arte afín al Camino de Santiago y sus peregrinos, que es, después de todo, el románico. Observándole, me permito la licencia de pensar que como Adán o como Eva, la hoja de parra suple el engorro textil para tapar un sexo que, al contrario del de los ángeles, está generalmente bien definido, independientemente de cualquier otra obscena consideración que, de cualquier manera, según parece, merma cuando se abusa en exceso del líquido ardiente que está a punto de llevarse a los labios.

Aunque nació del vientre de la Tierra -su madre conocida, según se dice, comenta y rumorea fue Minerva-, y fecundado por su padre el Sol, alguna familiar relación debe de guardar también con el matusalénico Noé, el babilónico Unapishtin, de quien se dice que fue el primero que plantó un viñedo cuando las aguas del Diluvio Universal volvieron a su cauce y de hecho, se convirtió, conditio sine quanum, en el primer Genarín de la Historia, toda vez que se excedió probando su fruto destilado, creando, resulta más que objetivo suponer que sin presumible intención o conciencia de ello, la primera bebida sagrada de la Humanidad; aquélla que, siendo vino también, denominan Soma en otros lugares del mundo, como la India, y que de alguna manera le tomó el relevo al alimento primordial de los dioses, aquélla encantadora pero a la vez peligrosa casita de gnomo que consumían los chamanes primitivos para entrar en contacto con la otra realidad y a la que en la actualidad se denomina -pompa y circunstancia, que las lenguas muertas, por muy latinas que sean, siempre son sinónimo de intelectualidad-, amanita muscaria. Por si no lo han adivinado, llegados a este punto de la presente narración, estamos hablando de Baco. O mejor dicho, para adecuarlo al título que precede a ésta crónica, de Soter. Es decir, nombre que una vez traducido a esa vulgata latina que en cualquier caso es la lengua castellana y para que todos nos vayamos entendiendo, significa Salvador.

De Tierras, Salvadores y Vino, me resulta difícil no pensar, en el momento en el que escribo estas líneas, en dos regiones muy particulares de este interesante caldero de antiguos y sabrosos néctares que es el terruño hesperio de Gárgoris y Habidis: La Rioja y Palencia. Sobre todo, si tenemos en cuenta que fuera posiblemente en cualquiera de ellas, donde naciera el popular refranillo: aquél que de buena ley afirma, cuando no a su vez confirma, que con pan y vino se anda bien el Camino, como saben y podrán refrendar perfectamente todos esos esforzados arrieros de la fe y de la cultura, que son en el fondo todos o casi todos los peregrinos. Posiblemente, muchos de éstos hayan pasado por Briones y visitando el Museo de la Cultura del Vino de la Dinastía Vivanco, hayan recalado en los jardines que llevan su nombre, Baco. Y sugerir por sugerir, quizás también, fijándose en el otoño pintar tonos de gloria en el color de la hoja de parra moribunda, se hayan preguntado, como se preguntó un servidor, si ese futuro vino llevará también incluido el aroma del olvido, el sabor de la nostalgia y el espíritu del recuerdo. Porque recordar, dicen que cuando menos, es volver a vivir. Y recordando o reviviendo, no puedo dejar de pensar en la curiosa paradoja palentina, que me recordó la visión de este Baco-Salvador con aquélla otra, visiblemente más dolorosa y cruel, de un Jesús-Salvador, crucificado, cual inesperado Odín, en una cepa, posiblemente atacada de otoño también y que apenas conocido fuera de los ámbitos de la iglesia-museo de Santiago, en la ciudad de Carrión de los Condes, se conoce y venera como el Santo Cristo de la Cepa y la Salud.

Una talla que, si bien puede que no sea única, sí resulta, cuando menos significativa, cuya añada y elaboración se remonta al siglo XVI, figurando su denominación de origen en el taller de Isidro de Villoldo, que fuera, para más señas, discípulo de Alonso Berruguete, cuya casa todavía se conserva en la imperial Valladolid. Por eso, al igual que ya hicieran algunos años los integrantes del Nuevo Mester de Juglaría -que Castilla, a pesar de los pesares, siempre ha sido tierra de pan y vino, pero también de excelentes juglares-, yo también quiero cantarle al vino que nace de la tierra, madura en la bodega y muere en la taberna. Porque, si bien es cierto que el Vino es Cultura, no es menos cierto que, así mismo, es Historia, es Espíritu, es Arte...y por supuesto, es también Religión.


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