jueves, 23 de junio de 2016

El Maestro de la Vera Cruz y la Magdalena


Fue anónimo, si bien en algunas fuentes, y por afinidad, se especula con otro Maestro no menos notable, cuya obra, así mismo, es mundialmente conocida: el de Tahull. Ahora bien, por el contenido y los detalles que nos dejó, cuando menos en las obras supuestamente a él o a su taller atribuidas, de las que tenemos referencia –Maderuelo, Gormaz y Casillas de Berlanga-, podríamos pensar que este Maestro desconocido fue, después de todo y esencialmente, uno de los precursores de aquellos brillantes Hyeronimus Bosch, Rogier van der Weyden, Jan van Eyck o incluso el propio Doménico Theotokopuli, el Greco, a los que el admirable Enrico Castelli (1) calificó como de pintores-teólogos, caracterizándose porque en sus obras se manifiestan detalles que en muchas ocasiones van más allá de una interpretación meramente canónica, independientemente de que el Mal y sus principales cualidades se manifiesten con mayor o menos grado de relevancia o protagonismo. Si bien Maderuelo queda en la actualidad adscrita a la Comunidad y Tierra de Segovia, hasta un pasado relativamente reciente, lo estuvo bajo circunscripción soriana, tierra que, no hemos de olvidar, fue el principal ámbito de actuación de este Maestro y su taller, siendo de reseñar, en justicia, aquéllas dos espectaculares obras que, junto con la presente ermita de la Vera Cruz, conformarían un maravilloso trío de belleza y perfección: las ermitas de San Miguel de Gormaz y de San Baudelio de Berlanga. Cómo en éstas, parte de la mediática idiosincrasia que la caracteriza y que, de hecho, conforma también una magnífica lección de humildad que se debería tener en cuenta hoy en día, sobre todo a la hora de valorar y premiar con estrellas el presumible valor aparente y estético del edificio que las alberga, es su soberana –digo bien, soberana- austeridad. La ermita de la Vera Cruz, situada extramuros de Maderuelo –pueblo que todavía conserva buena parte de su antiguo aspecto medieval, a cuyo pie se mecen las aguas del pantano de Linares, motivo por el que, allá por los años cincuenta se extrajeron las pinturas, trasladándose al Museo del Prado, donde se hizo una réplica de la capilla que las albergaba-, está datada, aproximadamente, a comienzos del siglo XII. Una de sus características principales, es que mantiene, en la forma cuadrada de su ábside o cabecera, el aspecto característico de los edificios prerrománicos, que solían tener las construcciones de siglos anteriores. Otro de los focos de interés que atrae la atención de este lugar, es su aparente asociación con la Orden del Temple. De hecho, se mantiene la creencia de que dicha advocación le viene, precisamente, porque éstos velaban armas y custodiaban en su interior, una porción de la Santa Cruz, como se sabe que hacían en muchos otros lugares de su posesión o a ellos atribuidos, pues entre otras cosas y además de monjes y guerreros, los templarios tenían fama de poseer un inusitado interés por las reliquias sagradas, de las que llegaron a acumular una importante cantidad. Dicho esto, no estaría de más añadir que hay quien especula, además, con la posibilidad de que fueran precisamente ellos los que supervisaran o aconsejaran las temáticas pictóricas a desarrollar en esta ermita.


Pudo haber sido así, o quizás no, si tenemos en cuenta que esas temáticas eran corrientes en aquélla época y se pueden apreciar en multitud de edificios religiosos, bien en forma plástica bien en forma escultórica. Lo que sí es especulable y de ahí la comparación con la denominación de pintor-teólogo con la que Castelli bautizó a ciertos artistas de siglos posteriores, es la consideración de ciertos detalles, cuya interpretación afecta a los aspectos más sangrantes y oscuros, propiamente dichos, de la historia del Cristianismo, sobre todo, en relación a la mujer. No parece casual –y aquí se menciona por equivalencia, antes de llegar a la escena que motiva la presente entrada-, la inclusión de dos escenas sobre las que habría de girar, posteriormente, el drama principal de lo podríamos denominar como la mitología cristiana: la Creación de Adán y la Caída. No debe extrañarnos, por tanto, que ambas representaciones ocupen un lugar relevante, porque sin ellas –el Origen o Génesis del Mito-, el resto de representaciones, basadas en el advenimiento, vida y muerte de Jesús, no tendrían sentido. A éste respecto, sentido tiene, y mucho, la presencia, a continuación, de las dos mujeres más importantes y populares del Medievo; aquéllas dos, precisamente, que en la mentalidad popular –cierto que también alentada por algunos sectores de la Iglesia-, vinieron a ocupar el significativo papel de segunda Eva: la Virgen María y María Magdalena. Dos visiones diferentes, pero que convergen en el mismo fin: la pureza inmaculada y la beata peccatrix o santa pecadora, que por su amor a Cristo se había convertido, abandonando las tinieblas del pecado para ascender al amor espiritual. Y es aquí donde interviene, en la maravillosa escena de la Magdalena secando con sus cabellos los pies de Cristo, las inquietudes teológicos del anónimo autor. Una escena, realmente curiosa, como veremos a continuación, que parece ser que se produjo después de un episodio sumamente relevante: las bodas de Caná. Aquí interviene parte de esa legendaria mitología madalénica, que tanto nos continúa fascinando hoy en día, como en los siglos XII y XIII, principalmente, fascinó a las sociedades medievales: ¿quiénes fueron, realmente, los esponsales?. ¿María Magdalena y san Juan Evangelista, como dejara entrever el propio san Agustín o, por el contrario, María Magdalena y Jesús?. Si observamos la escena con detenimiento, observaremos un detalle realmente curioso que, lejos de ahuyentar las dudas, las acrecienta: el ángel que se mantiene suspendido entre los dos, cuyos dedos señalan a ambos personajes, como si fuera un sacerdote bendiciendo unas nupcias. Pero hay algo más: ¿el gesto de la Magdalena, responde únicamente a la humildad o por el contrario, demuestra un amor desmesurado?. ¿No sería, más bien, el gesto inconmensurable de una mujer que está decididamente enamorada?. Creo que éste es parte del mensaje que nos legó el anónimo Maestro de la Vera Cruz. Pero, una vez picado el anzuelo morboso de la especulación, no puedo terminar esta entrada, sin hacerme otra de esas preguntas del millón, que posiblemente acreciente aún más la fascinación por los templarios: ¿es casualidad que éstos, precisamente éstos y no otra orden similar, estuvieran en el lugar?.


(1) Enrico Castelli: 'Lo demoníaco en Arte, su significado filosófico', Ediciones Siruela, S.A., Madrid, 2007.

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