jueves, 5 de enero de 2017

El Árbol y la Madre


'Símbolos maternos casi tan frecuentes como el agua son el madero de la vida y el árbol de la vida. El árbol de la vida empezó seguramente siendo un árbol genealógico cargado de frutos, es decir, una suerte de madre genealógica...'.
[C.G.Jung (1)]

Añadía Jung, allá por noviembre de 1937, en el prólogo a la tercera edición de ese fenomenal y recomendable ensayo que es su libro Símbolos de transformación –un libro sobre el que siempre comentaba, curiosamente, que nunca le había hecho feliz y que había escrito muy a su pesar-, que la historia nos enseña una y otra vez que, en contra de las expectativas de la racionalidad, eso que llamamos factores irracionales desempeñan en todos los procesos de transformación anímica el papel más importante y aun el decisivo. La sincronización, bajo mi punto de vista, podría considerarse un buen ejemplo de cómo esos factores irracionales en ocasiones interactúan sobre el individuo para conseguir que aquello que a priori podría considerarse como una lección teórica, inesperadamente se convierta en un encuentro real y práctico. Los antecedentes, no obstante, son muy simples: la lectura de un libro –el anteriormente citado- en el que el denominado brujo de los Alpes embarca al neófito lector, en una formidable aventura, donde mito y subconsciente se supeditan, principalmente, a ese gran arquetipo universal que es la figura de la Madre. Embarcado, pues, en la lectura de tan exorbitante epopeya, poco podía imaginar que aquello que se me estaba describiendo como parte de ese fascinante universo simbólico por el que navega la humanidad a la vera de la figura siempre mediática y primordial de la Madre, se me iba a presentar, de una manera nítida, tangible y personal -bajo ese hábil disfraz de don Casual con el que a veces nos sorprende ese sibilino joker o fatum con el que los antiguos griegos conocían al destino-, a escasos kilómetros de distancia de mi lugar de residencia y desde una perspectiva absolutamente lúdica y desenfadada, como es una invitación a comer.

La Cabrera, pueblecito situado a unos sesenta kilómetros aproximadamente de Madrid, en el corazón de esa zona privilegiada, a la que, sin embargo y desafortunadamente se la suele denominar como sierra pobre o sierra de Madrid, oculta, a la vera de los emblemáticos picos Cancho Gordo y de la Miel, un verdadero tesoro histórico-artístico, poco o escasamente conocido que, paradójicamente, rompe los viejos tabúes acerca del inexistente románico madrileño: el convento de San Antonio. Si bien muy reformado, mantiene, en excelente estado de conservación, cuando menos una cabecera impresionante, similar, comparativamente hablando, a modelos tan carismáticos y de franca importación, como podría ser, por ejemplo, el desgraciadamente venido a menos monasterio de Santa María de Moreruela, situado en pleno Camino o Vía de la Plata, a una treintena de kilómetros de esa capital del románico como, en justicia, se ha denominado a la histórica ciudad de Zamora. Es decir, consta de un ábside principal y varios absidiolos secundarios. Conserva parte del claustro, posiblemente de origen renacentista –del románico original, nada se sabe o quizás nunca llegara a tenerlo, después de todo-, y no pocos arquetipos dignos de una delirante hermenéutica, distribuidos, casual o causalmente, en los terrenos aledaños: jardines, eremitorios, fuentes, etc.

Cerca del arruinado claustro, y haciendo espejo de esas imaginarias escamas de dragón que identifican a ese Pico de la Miel, cuya forma se reconoce a la distancia se venga o se vaya en cualquiera de las direcciones de la Autovía de Burgos, hay una fuente circular, ouroboros perfecto y símbolo con el que en la Edad Media se identificaba a Dios. Y a escasos metros de ésta, en dirección a esos jardines, que al caer la tarde, semejan esa selva oscura con la que comienza la aventura sobrenatural del genial poeta italiano Dante Alighieri, la primera referencia en ese árbol o arbusto denominado Thuja orientalis o árbol de la vida, cuya madera, paradójicamente, se ha utilizado desde tiempo inmemorial para la fabricación de esos metafóricos caballos de San Miguel o ataúdes, cabalgadura psicopompa hacia el Más Allá –como reconoce Jung (2)-, y por defecto, regreso al seno de la Madre. Una Madre que, con todos sus atributos y rodeada de buena parte de esos arquetipos tan contundentemente desarrollados por C.G. Jung, se nos presenta a continuación, dentro de esa selva oscura y dantesca a la que se hacía referencia anteriormente, de una manera, si no única (3), sí al menos original y poco o nada corriente: hierática, entronizada y negra, como Teothokos o Trono de Dios, utilizando como soporte precisamente el tronco de un árbol. ¿Una Thuja orientalis?. Un árbol, que además, en sus ramas no es difícil apreciar otro arquetipo ancestral y muy ligado al Camino y las peregrinaciones: la pata de oca. Quizás para recordarnos, que si todos los caminos llevan a Roma, también lo hacen a Santiago. Y uno de esos caminos, precisamente, pasó y continúa pasando por aquí.

Arte, mitos y arquetipos...y otros enigmas de la Sincronización.


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(1) C.G. Jung: 'Símbolos de transformación', Editorial Trotta, S.A., Madrid, 2012, página 247.
(2) Op. citado, página 323.
(3) Un antecedente similar, por ejemplo, sería la imagen de San Bieito (San Benito) colocada en el tronco de un impresionante carballo, frente a la iglesia del monasterio de Santa Cristina de Ribas de Sil, en la Rovoyra Sacrata orensana. Eso, por no mencionar las numerosas tradiciones y leyendas de apariciones virginales, ocultas las imágenes en el interior de ciertos árboles, siendo, significativamente, uno de los más prolíficos la carrasca o encina.

viernes, 30 de diciembre de 2016

Gaudí y el mito de la Creación: la Sagrada Familia


Sublime, como todo aquello que se hace con los parámetros del alma, penetrar en el corazón de la Sagrada Familia, constituye, no cabe duda, un viaje místico de proporciones tan desorbitadas, como la pasión de un hombre, Antonio Gaudí, cuya línea de pensamiento, de manera simplificada, no era otra que la ejecución de las Leyes de la Naturaleza, y por defecto, la aplicación de la Física de la Divinidad al servicio de ese pequeño pero genuino microverso al que el hombre se aferra con zarpazos de fiera, que es el Mundo del Espíritu. Hay quien sostiene, que el Maestro Antonio Gaudí era un ferviente cristiano. Un cristiano convencido y ortodoxo al uso, que aparentemente compartía todos y cada uno de los postulados de una Santa Madre Iglesia –católica, apostólica y romana- que, en algunos casos, compartía y financiaba -posiblemente, más capaz en su labor mefistofélica de conseguir mecenazgos ajenos, que abrir sus propias arcas- unas obras que, a pesar de la incomprensión de la época, ya medraban para ser consideradas como Maestras en un futuro que, paradójicamente, reconoce su genialidad, pero olvida el respeto que siempre mostró hacia el entorno. Un respeto, que le llevaba, en todos los casos, a solidarizarse con él, de manera que la acción humana se adecuara siempre antes de destruir. Por eso, y aunque me lluevan críticas o me tachen simplemente de hereje -digo como en el hospital de Roncesvalles, donde tanto cristianos como paganos tienen cabida-, no puedo por menos que dejarme llevar por la sensación que tuve en el interior de este inmenso corazón vital de la fe: la de haber penetrado en el mayor templo artificial que haya visto en mi vida; un templo que imita, en grandiosidad y perfección el mejor de los templos que el hombre, en su genética ceguera, no termina nunca de reconocer: el de la Naturaleza. Frente a ello, sólo me puedo hacer una pregunta vital: ¿cuál era, en definitiva, la verdadera devoción del Maestro Gaudí?.

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lunes, 19 de diciembre de 2016

Feliz Navidad


Aún no ha cumplido el primer año de vida, pero incluso así, desde estas sencillas páginas, quisiera felicitar estas fiestas a todos aquellos lectores y visitantes y brindar porque el Nuevo Año sea un periodo de ricas actividades culturales, cuyos lazos, quizás mejor que otros, sirvan para unir y nunca para separar. Que el Arte, pues, nos ofrezca la posibilidad no sólo con la contemplación de la Belleza y las rimas que ésta pueda producirnos en esa doncella encantada que se llama Sensibilidad, sino que también, por encima de ello, sea juez y parte en esa hermosa utopía que se llama Entendimiento y Amistad.

Feliz Navidad y Próspero y Artístico Año Nuevo 2017


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miércoles, 14 de diciembre de 2016

Nuestras Señoras de León


Proceden de santuarios, ermitas e iglesias de pequeñas parroquias que se extienden por infinitos montes, valles y llanuras. Algunas, quizás las menos, pues incluso a veces la memoria se convierte en sinónimo de olvido, todavía conservan su antigua advocación. Pero la mayoría, ese pandemonio sacro que rompe y rasga con su sola presencia los velos isíacos del misterio y de la tradición, son indefectiblemente anónimas. Tampoco todas están en las mismas condiciones de conservación, pero en su mayoría, en especial aquellas que pertenecen a los siglos XII y XIII, conservan, cuando menos, un detalle en común: su sobrenatural hieratismo. Entre sus atributos, también salvo excepciones, portan un objeto que, al fin y al cabo, ofrece una singular pista sobre su milenario origen: la bola. La bola o esfera que define la esencia y a la vez la presencia, nunca eliminada del todo, de los primigenios cultos matriarcales a la figura de la Gran Diosa Madre. O a la Triple Diosa, posteriormente camuflada bajo la forma de las Tres Madres Celtas –que bien se pueden apreciar, por ejemplo, en el maravilloso friso del pórtico de la iglesia jacobea y sanmiguelina de Estella- o de las Tres Marías Cristianas, cuyos santuarios se encontraban cercanos entre sí, formando, por regla general, un signo púbico perfecto: el triángulo con el vértice invertido. Aquél símbolo primordial, al que en tiempos del sabio rey Salomón, se le añadió otro triángulo superpuesto, con el vértice hacia arriba, que simbolizaba el falo fecundador, asociado con la figura del Padre, que posteriormente heredaría esa bola o ese atributo primigenio de la Madre. O lo que hubiera sido un equilibrio perfecto, como perfecto fue el equilibrio entre los dioses y diosas del Panteón griego, antes de que el iracundo Zeus diera un golpe de estado, haciéndose con el mando supremo y con el poder. Revolución divina, que posteriormente ocurrió con el celoso en extremo Yahvé de los judíos –que se lo pregunten a Ashera (1)- y el Dios paternalista de los cristianos, con la figura de María, aunque lejos, evidentemente, de la idea del hyerosgamos o matrimonio sagrado.

Alguna de ellas, simplemente con su advocación, por ejemplo, de la Blanca o del Alba o de las Nieves, hacen que algún peregrino sagaz –con probabilidad, aquél que dentro de la vía de las estrellas, toma el peligroso camino de la Serpiente, que en el fondo, es el verdadero Camino de Santiago- piense en esos Montes Albos o en aquellos Montes Albanes, tan abundantes en los caminos y en cuyas inmediaciones, casual o causalmente, solía establecer posiciones una orden de caballería, religioso-militar, que sentía una más que ferviente devoción por aquélla figura, Nuestra Señora, cuyo término ya comenzara a acuñar San Bernardo, su padrino espiritual, hasta el punto de llegar a afirmar aquello de que con Ella empezó y con Ella terminaría su Religión: los caballeros templarios. En otras, anónimas, salvo una escueta nomenclatura, se vislumbran símbolos de heterodoxa trascendencia, como las serpientes -o esas wouivres celtas, que a la vez definían las cualidades telúricas del lugar- dibujadas en el manto; detalle, que posiblemente diera sentido y finalidad a esa tenaz y legendaria obstinación de algunas imágenes a ser trasladadas del lugar donde fueron encontradas.

Por otra parte, no deja de ser curiosa la tradición asociada a algunas de ellas, que ven en su tosca ejecución la mano apostólica de Lucas e incluso del propio Santiago Boanerges –o Hijo del Trueno, título que con anterioridad, ya ostentara Zeus-, personaje glorificado y elevado al patronazgo patrio después de su muerte en un país en el que, tal y como refiere de la Vorágine en su Leyenda Dorada, sus intentos de evangelización obtuvieron siempre un rotundo fracaso y donde, curiosamente, triunfaron otros héroes de la Antigüedad, como Hércules-Herakles.

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(1) Tal vez de esta interesante y poco conocida divinidad femenina semita, sacara la idea el escritor inglés Sir Henry Rider-Haggard, para la creación de la diosa Ayesha o She, sobrenatural deidad protagonista de uno de sus ciclos narrativos más apasionantes.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

¿El Evangelista o la Magdalena?


'Los estudiosos del Arte han reconocido durante siglos que los maestros medievales recurrieron a los símbolos en sus obras. También reconocieron que nada aparece en sus pinturas, que no haya sido cuidadosamente puesto allí para transmitir un mensaje. La única controversia gira en torno a la cuestión de qué es realmente lo que aquellos artistas intentaron'.
[Margaret Starbird (1)]

Más de dos mil años después de unos sucesos cada día más cuestionables pero a la vez espeso mortero donde se asientan los fusionados cimientos de ese insólito, misógino y anti-sobrenatural edificio que es la Iglesia católica, apostólica y romana, su figura continúa no sólo desconcertando, sino también provocando una amplia gama de hipotéticas y polémicas reflexiones, encaminadas a iluminar ese otro lado del espejo que, como en la historia de Alicia, contiene un mundo paralelo, en cuyo fondo subyace, posiblemente, una gran verdad, escamoteada a los fieles mediante el conservador pase de verónica, acompañamiento de peinetas y banderillas, previos al estoque final de la más depurada de las ortodoxias: María Magdalena. No en vano tildada en más de un ámbito como segunda Eva, aunque más conocida, quizás, por su apodo medieval de la bella penitente o la hermosa llorona, María Magdalena se nos revela no sólo como un extraordinario mito, sino además, como uno de los personajes neo-testamentarios más carismáticos, relevantes y misteriosos asociados con la figura de Jesús, el Cristo. De hecho, de la cercanía de dicha asociación surge –dejando para mejor ocasión, sus hipotéticos desposorios con Jesús y una no menos hipotética dinastía divina y real, una vez arribada e instalada en Marsella, como refiere la leyenda dorada de Santiago de la Vorágine-, omitido por los Evangelios canónigos, la siempre discutida figura del discípulo amado y esa curiosa disociación, Magdalena-Juan –se dejan, así mismo, para otra ocasión, aquellas versiones que ven en ellos los desposados en el famoso episodio de las bodas de Canaá-, donde el Arte tiende a ser, figurativa y casualmente hablando, ese auténtico generador de polémica y controversia, hasta tal punto, que para justificar ese aspecto remarcadamente femenino que acompaña una gran mayoría de representaciones del Evangelista, se ha recurrido a la presunta juventud o lozana adolescencia del personaje en cuestión. Recurso que, contemplado desde otra perspectiva, o desde luego, desde un punto de vista notoriamente heterodoxo, no tendría otro leit motif, que el de enmascarar al más aventajado de los discípulos; aquél cuya inteligencia estaba por encima del analfabetismo característico del resto y que además, tuvo el privilegio de ser el primero en ver al Maestro resucitado: María Magdalena. El problema, es que fue mujer. Y posiblemente, con intención de que se viera este aspecto femenino, este yang complementario y apenas sin disimulo alguno, es lo que el maestro anónimo quiso dejar reflejado en este extraordinario retablo gótico que se localiza en una de las catedrales más enigmáticas y a la vez más defenestradas de todas las existentes en suelo peninsular: la de Cuenca. Un detalle, posiblemente muy bien velado, si tenemos en cuenta que Cristo y el apostolado ocupan la parte inferior y más pequeña, atrayendo menos la atención, sobre todo cuando en la parte superior, y destacando por su inconmensurable tamaño, tres personajes atraen poderosamente la atención, siendo el central, una Virgen ofreciéndole el pecho al Niño, sin duda el más relevante de todos y el que concentra todas las miradas. A los pies, diminutos en comparación, los presuntos donantes.

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(1) Margaret Starbird: 'María Magdalena y el Santo Grial', licencia editorial para Círculo de Lectores por cortesía de Editorial Planeta, S.A., Barcelona, 2005, página 157.

sábado, 19 de noviembre de 2016

Arte funerario: los sepulcros de Villalcázar de Sirga


Refiere una antigua leyenda que se cuenta por estas tierras de Villalcázar de Sirga y referida al magnífico Pantocrátor (1) de la insuperable iglesia de Santa María la Blanca, que el día del equinoccio de primavera, si se golpea el punto exacto en el que un rayo de sol alcanza al toro, animal simbólico que representa a San Lucas, entonces las cabezas que se encuentran a cada lado de Cristo en Majestad, revelarán el lugar donde los templarios ocultaron su formidable tesoro. En realidad, y si de tesoros hablamos, no será muy difícil llegar a la certera conclusión de que el mayor tesoro templario que se puede encontrar por estas tierras de campos –o por cualquier otra tierra relacionada con ellos-, no es otro que la propia iglesia, único resto que sobrevive, junto con el que fuera hospital y hoy en día reconvertido en mesón pero conservando el nombre de sus antiguos propietarios, de la encomienda templaria establecida en el lugar, situada no lejos de Frómista y en pleno itinerario del Camino de Santiago. La única del Reino de Castilla, según parece, situada al norte de la frontera del Duero y de la que queda constancia, además, de al menos uno de sus comendadores –Frei Gómez de Patiño, que estuvo presente en el Fuero de Ceheguín de 1307-, así como de los últimos hermanos de la Orden que la habitaron, antes de que pasara a manos de los caballeros santiaguistas: los freires Johanni, Luce y Roderico; o lo que viene a ser lo mismo: Juan, Lucas y Rodrigo.

Declarada Monumento Histórico Nacional en 1919, y aunque muy afectada por los efectos del impresionante terremoto que sacudió la ciudad de Lisboa en 1755, este formidable templo, con planta de cruz patriarcal, según Rafael Alarcón Herrera (2), constituye, después de todo, y tal y como se afirmaba al principio, un auténtico compendio de sabiduría que, bien mirado, recoge el mayor legado y a la vez el mejor tesoro que se puede encontrar. Pero lejos de tratar en la presente entrada los numerosos aspectos que hacen de este templo un lugar pródigo en claves y enigmas –los cuales, se posponen para mejor ocasión-, existe la intención, de admirar y plantearse algún que otro interrogante relacionado con parte de ese inconmensurable tesoro artístico, como sin duda son los sarcófagos policromados que aún se pueden contemplar, en buena parte de su primitivo esplendor, en la denominada Capilla de Santiago, obra, según parece, atribuible, así mismo, a los extraordinarios talleres medievales establecidos en Carrión de los Condes y alrededores, cuyos mejores exponentes se localizarían en los templos de Santa María del Camino, Santiago, el casi irreconocible monasterio de San Zoilo, e incluso más allá de Carrión, en lugares como Moarves de Ojeda y su iglesia de San Juan Bautista. Los sarcófagos en cuestión, son tres, que colocados en fila y realizados, según se cree, por un tal Pedro el Pintor, se supone que pertenecen, por el siguiente orden, al Infante Don Felipe, hijo de Fernando III el Santo y de Dª Beatriz de Suabia y hermano de Alfonso X el Sabio, autor, como sabemos, de las famosas Cantigas a Santa María, de las cuales, al menos una decena hacen referencia, precisamente, a los milagros atribuidos a la Virgen Blanca, titular de esta antigua iglesia de Villalcázar de Sirga (3).

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Muerto en 1274, estudió en la Universidad de París, siendo alumno de San Alberto Magno y compañero de San Buenaventura y Santo Tomás de Aquino. Su primera esposa, fue la princesa Cristina de Noruega, cuyo recuerdo se mantiene aún vivo en otra ciudad castellana, cercana al entorno de Santo Domingo de Silos y las ruinas del monasterio de San Pedro de Arlanza, donde fue enterrada: Covarrubias. El sarcófago que se encuentra a continuación, se cree que es el de Dª Inés Rodríguez Girón, dama que fuera la segunda esposa del Infante Real, aunque siempre ha existido una cierta confusión a este respecto, siendo numerosas las fuentes que abogaban por Dª Leonor Ruiz de Castro, quien, al parecer, fue enterrada, tal y como pedía en su testamento, en el monasterio de San Felices de Amaya, cercano a Burgos (4). A continuación del presunto sarcófago de Doña Inés, se localiza la sepultura de un misterioso personaje, del que no se sabe a ciencia cierta quién fue, pero cuya personalidad gira, también, en torno a la historia y la leyenda. Aunque generalmente, se piensa que en él reposan los restos de un caballero santiaguista, de nombre Juan de Pereira, no son pocas las fuentes que lo consideran como el sepulcro de un caballero templario, e incluso, con el sepulcro del maestro cantero o magister murii que construyó la iglesia. Resulta significativo, no obstante llegados a este punto, observar que el personaje labrado en la tapa del sarcófago, mantiene un ave entre las manos. Si bien es cierto, que la verja metálica que protege el acceso a la capilla de Santiago, apenas permite vislumbrar qué tipo de ave es en cuestión, resulta igualmente significativa, la presencia de una ave muy especial, la oca, representativa de las antiguas hermandades canteriles y animal estrechamente vinculado, así mismo, con el Camino de Santiago y el tránsito al inframundo, siendo su simbolismo rico y variado. Este animal, figura al menos en dos escudos nobiliarios que se localizan, uno en la propia fachada exterior de ésta iglesia de Santa María la Blanca, y el otro, justo enfrente, en un antiguo palacio, reconvertido en Casa Consistorial. Junto a dicho escudo, también se encuentran algunos canes de cabezas, que probablemente pertenecieran en origen al templo. Dada la relación del rebelde Infante Don Felipe con la Orden del Temple, en la que encontró refugio después de los prolongados enfrentamientos con su hermano, el rey Alfonso X, quizás no resulte tan significativo, sin embargo, el detalle de que entre los personajes que tan abundante y ricamente ofrecen un detallado conjunto antropológico de costumbres -incluidas las plañideras, figuras todavía existentes hasta tiempos relativamente modernos-, situaciones y rituales de la época, se localicen varios hermanos de la Orden del Temple, acompañando al hermano finado en el sepelio. Tampoco hubiera sido extraño, que tales caballeros hubieran aparecido también en el sepulcro de su mujer, Doña Inés, en virtud de los estrechos contactos que los templarios tuvieron con las familias más antiguas y poderosas, de las que no sólo obtuvieron suculentas rentas, sino de las que también fueron requeridos para salvaguarda y defensa de sus territorios, como ocurrió en Galicia, con la misteriosa bailía de Faro. Y digo misteriosa, porque a pesar de su probada existencia histórica, aún queda por determinar el sitio exacto en el que ésta se encontraba, no descartándose, incluso, la famosa Torre de Hércules, precedente romano y estratégico punto de observación. 

De cualquier manera, e independientemente de los numerosos enigmas que todavía subsisten en esta vieja encomienda, de lo que no cabe duda es de que todavía, se mire por donde se mire, plantea no sólo numerosos retos al investigador, sino innumerables detalles histórico-artísticos y culturales, como para hacer de una visita uno de los más gratos atractivos del Camino de Santiago a su paso por la provincia de Palencia. Y un dato más: ¿son imaginaciones mías, o existe cierto parecido razonable entre la portada que da precisamente a la Capilla de Santiago y esa otra que todavía se puede ver, aunque a duras penas, en las ruinas del convento de San Antón, en la no demasiado lejana población burgalesa de Castrojeriz?. Buen tema para meditar en un futuro.

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(1) Con respecto a la simbólica figura del Pantocrátor, no olvidemos que en Palencia existen unos antecedentes sublimes, como conoce muy bien todo aquel que haya visitado la iglesia-museo de Santiago, en Carrión de los Condes o la de San Juan Bautista, en Moarves de Ojeda. Por añadidura, y también por su razonable parecido, se podría mencionar el parecido entre éstos y otro que se localiza en la catedral de Lugo, tema que, desde luego, puede inducir a la especulación sobre el origen de los canteros y su hacer a uno y otro lado de ambas provincias.
(2) Rafael Alarcón Herrera: 'La otra España del Temple', Ediciones Martínez Roca, S.A., 1988, páginas 256-257. En la página 257 y a pie de foto, Alarcón, así mismo, comenta, y lo cito textualmente como dato para todo aquel que desee indagar más en el tema de la leyenda del tesoro de los templarios: 'El fabuloso convento templario de Villasirga (Palencia) conserva el recuerdo de un tesoro cuyo secreto solo conoce el animal del Pantocrátor, llamado popularmente "cerdito sabio de San Lucas"'.
(3) Otro de los misterios añadidos al lugar es, precisamente, la dificultad para identificar cuál es, entre las variadas imágenes marianas que se pueden encontrar en la iglesia, incluida la que se localiza en la magnífica portada principal de acceso al templo, por debajo, precisamente, del Pantocrátor al que se aludía como señalado por la leyenda como contenedor de la clave para localizar el supuesto tesoro de los templarios, si bien es cierto, que la mayoría de los investigadores tienden a señalar una hermosa talla gótica, que se encuentra dentro del recinto de la Capilla de Santiago, enfrente de los sarcófagos y terriblemente mutilada, puesto que le falta el brazo derecho, portador del atributo, siendo el daño, no obstante, mucho mayor en el caso del Niño, pues aparte del mismo brazo que la Madre, le falta también la cabeza.

(4) Información obtenida de parte de la conferencia que Cristina Partearroyo ofreció el día 10 de marzo de 1994 en el Museo Arqueológico Nacional y que se puede consultar en el siguiente blog; http://tomasalo.blogspot.com.es/2010/09/sepulcro-de-dona-leonor-ruiz-de-cartro.HTML

lunes, 31 de octubre de 2016

El Capricho: un paraíso esotérico


'Hay otros mundos, pero están en éste'.
[Paul Elouard]

Hablar de un lugar tan especial como éste, conlleva, cuando menos, remontarse a un tiempo y unos antecedentes en los que la magia, el esoterismo y el ocultismo constituían algo más que una tendencia pasajera entre las gentes pudientes de una sociedad europea, privilegiada y mercantilista, que se aislaba voluntariamente de esa revolución industrial que estaba transformando a los pueblos, en la piel de cuyos habitantes comenzaba a apreciarse el color gris ceniciento del polvillo que se desprendía del humo de las chimeneas de las fábricas o el rímel indeleble del hollín del carbón que se extraía de las entrañas de las minas. Un tiempo, en el que pasado el vendaval napoleónico y apenas recién estrenada la era moderna, arquitectos románticos y visionarios, como Viollet le Duc –aquél sabio intuitivo, que proclamaba con solvencia que los pintores modernos debían estudiar el arte medieval como una lengua, no sólo en las palabras sino también en su gramática y en su espíritu-,  y escritores románticos como Víctor Hugo, rescataban de la ruina parte de la brillante y milenaria magia de la catedral de Notre Dame de París, y en Madrid, entre la estación y la basílica, las ruedas de los carros todavía pasaban por encima de algún atochar, planta de tipo espinoso parecida al esparto, que había dado su nombre, así mismo, a una de las Vírgenes Negras más carismáticas de la ciudad: la Virgen de Atocha. Tiempos en los que, a pesar del analfabetismo popular generalizado –herencia, sin duda, de una Edad Media, cuyos estamentos se prolongaron más allá del tiempo-, el rito, el mito y la tradición –en definitiva, ese conjunto primigenio de arquetipos que Jung definió como el inconsciente colectivo-, subsistían en alegre convivencia –cual shakespirianas comadres de Windsor-, haciendo de lejanas charcas los lodos presentes en la época. Tiempos en los que, aparte del despertar de los movimientos obreros, de los sentimientos nacionalistas o del fragor sangriento de las primeras bombas anarquistas, el pasado, toda vez que el reinado de terror de la Inquisición comenzaba a vislumbrar su ocaso en los confines del horizonte, volvía a abrir la Caja de Pandora, latente en las oscuridades del útero de Proserpina, liberando embriones de heterodoxia, de cuyo líquido amniótico se nutrían sectas y agrupaciones que volvían a mostrar de cara al sol, entre otros, las columnas y los compases masónicos en sus mandiles o las cruces patadas en las hombreras inmaculadas de sus blancas capas.

Hecho milimétricamente a capricho –de ahí su nombre, que define al propio jardín, así como a todos sus elementos- por la propia duquesa de Osuna, Doña María Josefa Alonso Pimentel, es mucho más que otro simple conjunto histórico-artístico, como así lo declaró en 1934 –resulta evidente, que con todo merecimiento-, el Patronato para la Conservación y Protección de los Jardines de España, organismo dependiente de la Dirección General de Bellas Artes. Es un jardín, sí; es histórico, por supuesto; y es artístico, naturalmente. Pero a la vez, según uno se pierde por sus pintorescos rincones, se tiene la impresión, cuando menos, de que en realidad, lo que la duquesa dirigió personalmente con tantos detalles arquetípicos implícitos, fue algo más que un elegante y lujoso espacio de ocio en el que pasar largas temporadas y con el que cumplimentar el tedio y el aburrimiento de sus amistades más allegadas, independientemente de que entre éstas se contaran artistas e intelectuales de la época, algunos de los cuales había intervenido en su ejecución: un jardín especialmente diseñado como lugar iniciático. Pudiera darse el caso, perfectamente, de que bajo la apariencia de esas lujosas fiestas en las que no falta de nada y a las que el refranero popular suele referirse como tirar la casa por la ventana, los invitados, con o sin conocimiento, se vieran envueltos en todo un viaje lúdico pero a la vez iniciático, que en pequeña escala, desde luego, reprodujera el sentido de los grandes viajes espirituales. Un viaje, por añadidura, convenientemente indicado por los diferentes arquetipos marcados en su itinerario –a la manera, por ejemplo, del famoso Juego de la Oca-, sin importar por dónde los participantes comiencen el recorrido. De tal modo, que hay caminos solitarios, umbríos y en algún momento tenebrosos, que recuerdan a esa selva oscura, áspera y fuerte con la que comenzaba Dante los primeros versos de su Divina Comedia. Hay también algún claro, entre la frondosidad de un heterogéneo arbolado, donde una casita, denominada de la Vieja, nos recuerda aquella otra trampa mortal en la que residía la bruja malvada –otro de los aspectos encubiertos de la Triple Diosa- del famoso cuento de los Hermanos Grimm, titulado Hansel y Gretel, que podría representar, comparativamente hablando, esa cárcel de la que es difícil salir y en la que en el mencionado Juego de la Oca resultaría necesario que otro jugador recalara en ella y ocupara nuestro lugar. Parte de las espinas del Camino: lo imprevisto, las inconveniencias, el exceso de confianza. Siguiendo ese mismo sendero, a una centena de metros más adelante, otro claro nos descubre un curioso edificio cuya planta, de forma poligonal, nos recuerda ese tipo tan peculiar de arquitectura oriental, traída, entre otros, por los cruzados de Tierra Santa. Se trata del Casino o Salón de Baile –otro de los arquetipos que ha acompañado siempre la mayoría de rituales de la humanidad-, y en cada una de sus caras, una alegoría greco-latina nos remite a las antiguas ceremonias paganas. Curiosamente, para acceder a él, los invitados lo hacían en pequeñas falúas –recordemos a Caronte, el barquero del inframundo-, que partían de la denominada Casa de Cañas situada en el embarcadero del lago, accediendo al Casino por un pequeño canal, al final del cual, y situado en un pequeño túnel, les aguardaba otra figura arquetípica: el Guardián del Umbral. Llama la atención el aspecto de éste: un fiero jabalí recostado sobre sus cuartos traseros. Recordemos la importancia que su figura tuvo, sobre todo, en el arte románico, siendo, junto con el ciervo, los elementos principales del simbolismo cinegético medieval. Pero además, si echamos un vistazo a los grandes clásicos de la literatura medieval, observaremos, en la fascinante historia del hada Melusina, que uno de los más grandes linajes medievales, el de los Lusignan, comenzó, precisamente, con un desgraciado accidente cuando se intentaba dar caza a un jabalí.

El lago, si bien no muy grande, sí resulta, no obstante, embriagador. De forma circular, tiene un pequeño islote en su centro –el círculo y un punto en el centro, como se representaba la perfección y por defecto a Dios, también en la Edad Media-, en el que por encima de una pequeña cascada, un bloque rectangular de granito nos recuerda la figura del duque de Osuna. En la Casa de Cañas, situada, como se ha dicho, junto al embarcadero –en la parte interior de éste, un cuadro nos muestra un bucólico paisaje en el que destaca un templo pagano-, encontramos otro símbolo primordial: ese Yin-Yang hebraico conocido como Estrella o Sello de Salomón, que nos remite a la antigua sabiduría cabalística. Las hermosas palmípedas que evolucionan en las aguas del lago, si bien no son ocas, sí son familia de éstas: cisnes, patos y ánades, animales con características ctónicas, que ya figuraban en la decoración de los antiguos ninfeos, como lo demuestra el de Santa Eulalia de Bóveda. Junto al lago y el embarcadero, se localiza un fortín con forma de estrella. Y no muy lejos de éstos, casi oculta por la vegetación y los árboles, una pequeña ermita constituye todo un gran enigma. Realizada en parte con una técnica que ya utilizaban los grandes genios del Renacimiento, como Miguel Ángel y Leonardo, la del trampantojo –uno de los sitios más conocidos y espectaculares donde Miguel Ángel la puso en práctica, fue precisamente la Capilla Sixtina-, llama la atención la puerta de entrada, que reproduce otro gran símbolo arquetípico: el pie de druida o pentágono o estrella de cinco puntas. Así mismo, entre los símbolos que se aprecian en el suelo, junto a la puerta, destaca uno en particular: la cruz patada. Pero el gran enigma de este pequeño conjunto, reside en el jardincillo anexo al porticado lateral sur: una pequeña pirámide de granito que, al parecer, constituye no sólo otro símbolo arquetípico de perfección, sino además, la tumba de un misterioso y anónimo ermitaño, figura clave en otro conjunto monumental de arquetipos: las láminas o cartas del Tarot. Siguiendo el sendero y cercano a ésta, hay un pequeño estanque, con forma de riñón, donde se aprecia como referencia un torso clásico, en la base de cuyo soporte o columna, aparece otro arquetipo esencial, apenas perceptible: la rosa. De regreso a la explanada principal, aquella que desemboca en el palacio o mansión, un pequeño templete de forma semiesférica, en cuya parte central sobresale un busto de la duquesa, la magia de los números, unida a los arquetipos mitológicos, nos sorprende: ocho son las esfinges que lo custodian. A pesar de haber varios más pequeños y de diversa forma repartidos por los diferentes rincones de las 14 hectáreas que conforman este monumental jardín, el Laberinto principal, enorme y grandioso en su diseño –émulo de aquéllos otros, como el de la catedral de Chartres-, representa, con su inquietante presencia, no sólo uno de los arquetipos más antiguos que han acompañado a ese inconsciente colectivo desde el alba de los tiempos, sino también, uno de los elementos que más expectación genera entre los visitantes, y de hecho, como muy bien afirmaba Mircea Eliade, representa también al Ulises que todos llevamos dentro y a esa Ítaca -centro, ombligo o cordón umbilical-, a la que todos anhelamos regresar.