jueves, 7 de julio de 2016

Reseñas de un Calvario atípico


Dentro de ese ámbito de influencia de rareza y simbolismo con el que el Arte nos sorprende en algunas ocasiones, independientemente de la época o el estilo que utilizara el artista como vehículo de expresión, están los personajes que, tradicionalmente y en cuanto a la imaginería cristiana se refiere, asistieron o tuvieron relación con ese paradigmático ocaso de los dioses, que supuso el Calvario, y por defecto, la posterior Crucifixión de Cristo. También este tema –posiblemente uno de los más importantes, que sin embargo, no deja de ser una adaptación de los antiguos mitos del dios sacrificado- conllevó una evolución expresiva importante, si bien a partir de determinados siglos mantuvo unas constantes que, a fuerza de repetitividad, llegaron a convertirse en costumbre, hasta que en siglos relativamente modernos, redujeron el protagonismo, a tres figuras esencialmente determinantes: la figura mística del Cordero de Dios, es decir, Cristo; la figura de la Madre –en los viejos cultos, ésta adquiría también el aspecto de una tríada, las Tres Marías- figurando en ocasiones en ese lugar cuya mano se dice popularmente que Dios no tiene, como es la izquierda y por último, un compungido y anacrónico Evangelista. Lo que nos ofrece, sin embargo, este hermoso Calvario, situado en la capilla del Evangelio de esa iglesia anónima que comentábamos en la entrada anterior por la magnificencia de su retablo gótico del siglo XVI, es un detalle totalmente inesperado, atípico y por supuesto, erróneo: la sustitución de la figura del Evangelista, por la de San Juan Bautista, decapitado –como muestra una de las escenas de la portada románica de la iglesia- mucho antes de la Crucifixión.

Es muy posible que, en honor a la verdad, tal vez la figura original del Evangelista se perdiera y fuera sustituida por la del Bautista, aunque, aun así, no deja de ser un detalle tan suspicaz, como para que en otro tiempo una hubiera sido considerado poco menos que una herejía. Sí es cierto, sin embargo, que en algunas representaciones artísticas aparece la figura del Bautista; pero desde el otro lado de la línea, desde la misma perspectiva de la Resurrección de Cristo, una vez liberado el espíritu de la carga de la carne, como nos demuestra el extraordinario retablo de Isenheim (1). Sospechosa así mismo, por los colores del vestido que porta, es la figura femenina que, supuestamente representativa de María, denota, en ese color dorado, precisamente uno de los colores que, junto con el blanco, se otorgaban a una figura muy especial, que suele estar arrodillada –cuando no abrazando- los pies del Crucificado: María Magdalena.

El Cristo, por otra parte, es una magnífica talla, posiblemente gótica, también del siglo XVI, que muestra, entre otras peculiaridades el rostro transido y expirado después de la agonía. En definitiva y como diría el filósofo francés Paul Elouard, hay otros mundos, pero están en este.

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(1) Sobre este tema, se recomienda la lectura del magnífico estudio de Joris-Karl Huysman, titulado 'Grünewald, el retablo de Isenheim'.

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