martes, 27 de octubre de 2020

Gaudí y su eterno Capricho



Hablar de Antoni Gaudí, es elevar la imaginación a la enésima potencia y burlar los obsoletos límites de lo tradicional, para embarcarse en un viaje de placentera mediatez por los fascinantes océanos de la fantasía.



Referirse, pues, a su arte, a esa impronta personal que fue dejando en todas y cada una de sus maravillosas creaciones, obliga, ciertamente, a recapitular; a romper en mil pedazos el espejo de cualquier molde, a obviar, así mismo, cualquier tipo de complejo y darse el gusto de reconocer, sin necesidad de separar los pies del suelo, que la Magia –o si lo prefieren en su aspecto más técnico, la Goecia- después de todo, existe y que puede ser aplicada, con toda la fuerza de su expresividad, a una disciplina tan severa, como pueda considerarse hoy en día a la arquitectura.



En base a ello, cualquiera podría pensar que la arquitectura, tal y como la concebía el Maestro Gaudí, es una poderosa fuerza automotriz, que juega con la creatividad y con la fantasía, con el único objeto de concebir edificios fascinantes, cuya visión y contemplación, van mucho más allá de los obsoletos límites impuestos por esa severa señorita Rotenmeyer que, metafóricamente hablando, podríamos considerar a ese mal moderno, que en el fondo es la funcionalidad.



Cualquiera que haya visto parte o la totalidad de la obra de Gaudí, estará de acuerdo en que no ha contemplado nada igual en cualquier otro lugar del mundo, y hasta es muy posible que una palabra, excentricidad, acuda a sus labios como una sentencia. Y quizás no le falte razón, al fin y al cabo, si yendo todavía más allá de los límites de la excentricidad, consideramos la palabra ‘capricho’, en su caso, no con esa carga negativa y egótica a la que estamos acostumbrados, sino más bien como esa natural predisposición a dejarse llevar por una imperiosa corriente creadora, no sujeta a otro dique, que no sea el propio placer de la creatividad.



Por otra parte, podría llegar a considerarse que ver uno de los edificios de Gaudí, es haberlos visto todos, determinación que sería un completo error, pues igual que cualquiera que lleve, por ejemplo, un diario de sueños, verá que las situaciones cambian constantemente, que los arquetipos varían, que se camuflan, que adoptan nuevas personalidades, que van adaptándose a los distintos escenarios, resolviendo problemas y ofreciendo soluciones detrás de ese aparente e impenetrable muro entre bambalinas detrás del que se esconden.



A tal respecto, se ha especulado mucho sobre si Gaudí tomaba alucinógenos, y en concreto ese alimento de los dioses, que es la amanita muscaria, dado que la presencia de ésta ocupa un lugar relevante en la práctica totalidad de sus creaciones. Al menos –acotando lo inacotable- en las más importantes. Quién sabe.



Pero lo que parece evidente, dados los detalles, es que los arquetipos fundamentales de ese inconsciente colectivo promulgado por C.G. Jung, actuaban de revulsivo y aunque no se han conservado documentos o diarios personales que puedan demostrarlo, posiblemente el Maestro fuera uno de esos felices practicantes de la ‘apnea interior’, capaz de exteriorizar sobre el plano todo aquello cuanto sus sueños o incursiones en el Anima Mundi le sugerían, de la misma manera que escritores y poetas, como Dante Alighieri, lo hacían en sus respectivas sinfonías literarias, siendo, quizás, uno de los más famosos la ‘Sinfonía del Diablo’, del músico Tartini.



Lejos de diabólicas artimañas, y continuando con las metáforas, podría considerarse, a este magistral Capricho de Comillas, como una simple partitura en la compleja sinfonía vitae de Gaudí. Una simple y no obstante, grandiosa pieza, dotada con la fuerza de una forma y volumen propios, cuyas notas, alegres y sostenidas, armonizan a la perfección con un conjunto elegante y armónico, cuyos ecos son reflejo de una espontánea naturalidad.



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lunes, 26 de octubre de 2020

La Capilla de San Blas de la catedral de Toledo



Se lo aseguro, porque es completamente cierto: toda vez que mis inquietudes me llevan a emprender el camino de Toledo, vuelvo a casa enfebrecido a causa de ese cortocircuito provocado por un exceso de Arte, que los especialistas tienden a denominar como síndrome de Stendhal, quien recíprocamente lo experimentara también, de ahí su nombre, en un paraíso artístico sin parangón, como es Florencia.



Aun así, lo diré de otra manera, para que no piensen que exagero: si Toledo fuera la Arabia Feliz, su catedral, no les quepa duda alguna, se adaptaría perfectamente a la magnífica cueva del tesoro, de la fantástica historia de Alí Babá y los cuarenta ladrones.



Si dejamos aparte el latrocinio –común tanto a la Arabia Feliz, como a Florencia, como a Toledo- de tener que pagar la nada despreciable cantidad de doce euros por la entrada, y nos ponemos en la piel de Alí Babá, tendremos un auténtico problema al decidirnos por qué lugar empezar nuestra maravillosa aventura artística y a qué capilla, sala, ornamento, departamento o cripta, dedicarle la famosa frase de ‘¡ábrete, sésamo!’ para comenzar a entrever algunos de sus exponenciales secretos.



A tal respecto, si conocen ustedes una obra extraordinaria, deliciosamente escrita y con una fascinante variedad de personajes, como es la novela de Wenceslao Fernández Flórez, ‘El bosque animado’, entenderán mucho mejor aún mi punto de vista, si comparo la presente catedral –dicen y yo lo creo a pies juntillas, que es la más grande y rica de las catedrales españolas- con una fraga.



Una fraga, sin llegar a alcanzar exactamente el calificativo de paraíso, tiene la suficiente intensidad idílica, no obstante, como para llegar a asimilársele. Leyendo a Wenceslao Fernández Flórez, no me cabe duda alguna, de que el primer edén que conoció el hombre, era una fraga. Porque lo fundamental de una fraga, después de todo, es la armonía. Es a partir de este sentido, como me gustaría que entendieran a esta catedral: como un lugar eminentemente armónico, donde todos los elementos tienen fundamento y todo su conjunto se resume en belleza, equilibrio y proporción.



Bella como pocas, armónica en su diseño y espectacularmente equilibrada en su conjunto, la Capilla de San Blas resulta, metafóricamente hablando, como ese vino añejo que hay que saborear sin pausa pero sin prisa, permitiendo que el maridaje con los papilares ejerza su seductora influencia.



Dejando aparte sus singulares, cuando no enigmáticos orígenes, que a fin de cuentas, podría decirse que resultan intranscendentes cuando es el espíritu quien se apunta voluntario a dejarse seducir, este genuino lugar, mandado construir por el arzobispo Tenorio –no sean frívolos y dejen tranquilo al seductor Don Juan, que no tiene nada que ver en ésta historia- como morada eterna, tiene todo el merecimiento –y si no, compruébenlo ustedes mismos- para ser considerada, a menor escala y comparativamente hablando, como otra pequeña Capilla Sixtina.



De hecho, en su ejecución y estilo, se adivinan manos italianas, barajándose nombre artísticos de la talla de los florentinos Gerardo Stamina y Nicolás de Antonio, de los que queda constancia que anduvieron desarrollando su arte, por ciudades como Toledo y Valencia, a finales del Trecento.



Las temáticas, como era habitual en la época, reproducen los más relevantes y conocidos pasajes evangélicos, referidos al ciclo de nacimiento, vida y muerte de Jesús de Nazareth, si bien algunas escenas se han perdido irremediablemente, víctimas de la humedad y de una desidia de los poderes fácticos, realmente incomprensible.



En el centro de la sala, junto al sepulcro del arzobispo Tenorio, figura también el sepulcro de Vicente Arias, que fuera obispo de Plasencia y amigo y consejero del anterior, atribuyéndose su magnífica ejecución, al escultor Ferrán González, escultor gótico de cierta experiencia, quien se supone que encabezaba el taller de escultores, pintores y entalladores que acometió ésta y algunas otras obras en la catedral, a finales del siglo XIV.



Merece la pena detenerse junto a estos y elevar la mirada hacia el techo, para admirar su magnífica bóveda –algunos autores, también le atribuyen a Ferrán González su ejecución- y una vez recuperados de ese fascinante magnetismo ejercido sobre los sentidos por la magnífica policromía, percatarse de unos elementos intrigantes, cuya presencia queda patente en numerosas obras de similares características, que se localizan, curiosamente, a ésta parte de esa frontera natural, la Sierra de Guadarrama, que divide a las dos Castillas: los dragones.



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sábado, 24 de octubre de 2020

Catedrales: el prozac de la Edad Media



De una forma surrealista, como ese lenguaje que utiliza el inconsciente para comunicarse a través  del vehículo de los sueños, el arte gótico surgió en Occidente como un viento nuevo que habría de revolucionar los conceptos de la arquitectura espiritual que habían proliferado hasta entonces.



El máximo exponente de este súbito pandemonio de arte, simbolismo y lógica matemática –conceptos, entre otros, que para San Bernardo contenían la idea esencial de Dios- fueron las grandes y a la vez enigmáticas catedrales.



Siguiendo los patrones de la arquitectura mística y orientadas de una forma sublime hacia constelaciones de especial relevancia –si, por ejemplo, las pirámides de Gizeh estaban orientadas hacia la constelación de Orión, se ha comprobado que las catedrales francesas tenían su equivalencia en la constelación de Virgo, la Virgen- fueron, de una manera comparativa, el prozac que había de liberar la depresiva incertidumbre en la que estaba sumergido el espíritu medieval.



Utilizando el lenguaje de los pájaros –metáfora que no deja de ser una referencia al ya mencionado lenguaje que el inconsciente transmite a través de los sueños- los canteros medievales crearon verdaderos divanes de psicólogo –y continúo con las comparaciones- cuyos efectos actuaban directamente sobre la psique de los fieles, induciéndoles, en muchos casos, verdaderos estados alterados de conciencia, que actuaban como la mejor de las terapias.



Y en ese sentido, ninguna terapia mejor que la adecuada combinación de sonido, luz y color, que hacían de su interior un decorado universal de primera magnitud.



De sonido, porque eran auténticas cajas de resonancia; de luz, porque los fieles asistían, cada amanecer, al tránsito de unos rayos solares que iban despejando progresivamente las tinieblas –la eterna batalla de la Luz contra la Sombra- y de color, porque al filtrarse a través de los vidrios, especialmente tintados mediante desconocidas técnicas en modo alguno ajenas a la Alquimia, dotaban a nave, columnas, bóvedas y arquivoltas de una irisación tan especial, que brotaban chispas en el espíritu.



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viernes, 23 de octubre de 2020

Surrealismo Mágico: el Dolmen de Dalí



Resulta difícil no acudir a la aseveración del poeta surrealista francés, Paul Eluard, cuando dice, con rotunda determinación, que hay otros mundos, pero están en éste.



Y resulta natural hacerlo, porque hablar de Dalí obliga, en cierto modo, a recordar también a Paul Eluard, porque para ambos artistas, la piedra angular, el nexo que acogía, cuando menos, parte de esos ‘otros mundos’ en los que ambos participaron activamente, se llamaba Elena Ivanovna Diakónova: Gala.



Como en las grandes pirámides de Egipto, como en el famoso Templo de Salomón o como en el monasterio de San Lorenzo de el Escorial, la piedra angular sobre la que descansaba el universo espiritual de Dalí, su Musa y Sacerdotisa, era aquélla mujer menuda, de origen ruso pero de temperamento universal, que para la posteridad pasó a llarmase Gala.



Así queda de manifiesto, por ejemplo, en el soporte cúbico sobre el que descansa el hombre daliniano, el moderno Prometeo que intenta controlar su propio destino, manifestándose, a la vez, dentro y fuera de las terribles paradojas de esa prisión vital que se llama Tiempo.



Arcaico y a la vez moderno, el hombre de Dalí conforma también, metafóricamente hablando, ese viajero capaz de arribar a los más ignotos puertos del inconsciente colectivo, y más en concreto a esa isla evanescente –continuando con las metáforas- donde Jorge Luis Borges situaba ese enigmático punto de inflexión, ese agujero de gusano o nexo primordial donde el ayer es el aún y también el todavía.



Visceral y etéreo, surrealista y escurridizo como los Arcanos Mayores de la baraja del Tarot, en la obra de Dalí se observan destellos prodigiosos que nos acercan peligrosamente a la figura del Mago, de ese sujeto, intemporal, activo y creativo cuya imaginación es capaz de transmutarle en Dios y Demiurgo, moldeando su fantástico universo a la imagen y semejanza de una metafísica soberanamente particular.



El dolmen de Dalí, situado en la céntrica Avenida de Felipe II, enfrente del antiguo Palacio de los Deportes –en la actualidad, el Wizink Center- es indudablemente uno de los puntos ‘mágicos’ de ese Madrid, fantástico y misterioso, capaz de embrujar, sorprender y enamorar.


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jueves, 22 de octubre de 2020

Impresionismo natural



Suele afirmarse, generalmente, en los estrictos ensayos sobre la historia del Arte y los diferentes estilos artísticos, que el Impresionismo, en sus inicios, estaba más o menos referido a un grupo determinado de artistas inconexos, cuya nota predominante no era otra que la rebeldía frente al establishment que imperaba en el último tercio del siglo XIX.



Tachados, además, de radicales, los Renoir, Manet o Degás de aquélla metafórica rebelión artístico-luciferina, centraban su interés, principalmente, en tres aspectos no carentes de interés, posteriormente, para todo buen amante de la Fotografía.



Estos detalles, no eran otros que el intento de capturar la luz, las sensaciones y la fugacidad de un instante.



Detalles de consumación armónica, fáciles de encontrar, afortunadamente, dentro de ese inapreciable museo de Arte consagrado que es la Naturaleza, en una apacible tarde de otoño.



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martes, 20 de octubre de 2020

La Tumba: un arquetipo de otro mundo



La Literatura siempre ha visto en ellas un arquetipo elemental de la espiritualidad humana, hasta el punto de que autores, como el controvertido padre del horror cósmico, Howard Phillips Lovecraft, veía en ellas puertas de acceso a otros mundos: mundos, generalmente terroríficos, que vistos bajo las lentes del microscopio del psicoanálisis, no podían considerarse sino como inmersiones en esa profunda mar océana, metafórica y comparativamente hablando, que es el Inconsciente.



En ese sentido, podría afirmarse que muchos cementerios, dada la singular simbología de algunos de sus sepulcros, podrían considerarse como auténticos libros abiertos que permiten introducirse en el mundo de la más rica especulación, dejando entrever, por la curiosa mezcolanza de arquetipos añadidos, las profundas convicciones espirituales que habitaban en lo más profundo de la psique del finado o de los finados que descansan en ese pozo de eternidad. O quizás, en términos más literarios todavía, en ese enigmático y oscuro ‘pozo de almas’ del pensamiento jesuita, que nos presentaban otros escritores, como Ray Bradbury, autor de la espectacular saga ‘Crónicas marcianas’,  en obras de ficción especulativa, como aquella titulada ‘Las maquinarias de la alegría’.



Podría añadirse, además, que algo muy parecido cruzara, con toda la fuerza de un bólido estelar, por el universo mental de aquél poeta, místico y visionario inglés del siglo XVIII, William Blake, cuando también nos introdujo en un mundo rico en simbolismo, cuando se dejó llevar por la magia del dibujo para ilustrar un enigmático poema de su contemporáneo y también poeta Graves, donde se tiene la impresión de que el alma entra y sale de la tumba a su antojo, como el que entra y sale tranquilamente por la puerta de su casa.



Detalles, que a la postre, no vendrían, sino a confirmar esas creencias ancestrales e incluso universales, que inciden en esa parte innata a la condición humana, pero siempre muy superior a ella, que según la creencia de la mayoría de las culturas que han habitado sobre la superficie de la tierra, sobrevive a la muerte física, y que suelen verse representadas por determinadas figuras simbólicas, como el escarabajo,  la presencia inefable del alfa y la omega de los primigenios crismones cristianos y ese supuesto ángel, cuya corona o ureus, a los que habría que añadir también esos pequeños pechos que se advierten bajo la túnica, podrían ser una representación isíaca, que nos recuerda uno de los grandes principios, advertido hace siglos por la Ciencia: que la materia no se crea ni se destruye, tan sólo se transforma.


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