lunes, 9 de noviembre de 2020

Las catedrales de San Más Allá



Leí este concepto hace muchos años, cuando la censura en España comenzaba incluso a adormilarse con las paparruchas del NODO y la Santa Inquisición parecía haberse adormilado también en los laureles, soñando, posiblemente, con el nacimiento de nuevos fuegos que continuaran alimentando las viejas y patrióticas hogueras.



La Transición, esa misma hada madrina que algunos critican hoy despiadadamente pero que ayer fue como agua de mayo para un país de voces mutiladas y sueños frustrados de libertad, abrió las puertas a que ciertas editoriales se lanzaran a la edición de ciertas obras de carácter heterodoxo y en la vieja Hesperia se comenzaran a recuperar conceptos como realismo fantástico o la España mágica.



Plaza & Janés, Bruguera o Martínez Roca fueron, entre otras, ese metafórico bastión, El Álamo, que se enfrentó con hidalguía a un muro de intolerancia, donde incluso los eminentes psicólogos del Régimen, veían todavía elevadas a los altares sus disparatadas teorías, que hasta entonces habían dado lugar a demenciales absurdos, como los promulgados por López Ibor respecto a la pandemia que él denominaba como ‘el gen rojo’.



Entonces llegaron Pauwels & Bergier, con su libro ‘El retorno de los brujos’ y con ellos, España conoció también a Fulcanelli y su ‘El misterio de las catedrales’ y comenzó a mirar a éstas y a su inmenso patrimonio histórico y cultural, con ojos de mancebo enamorado.



Muchos españoles, sin duda ilusionados, comenzaron a presentir en las catedrales un mundo alternativo –más allá de los púlpitos encendidos, donde sacerdotes exaltados todavía gritaban a viva voz el ‘Santiago y cierra España’- hecho a ‘imagen y semejanza’ del mundo celestial, sumidos en la misma y trascendente curiosidad que indujo al gran poeta alemán, Goethe, a decir aquello de que los constructores góticos buscaban a Dios en las alturas.



Y al hacerlo, comenzaron a entrever el mundo sobrenatural que en realidad se escondía detrás de éstas impresionantes construcciones, que no eran, sino el receptor que comunicaba el espíritu con la profunda voz de las estrellas.



Las catedrales de San Más Allá.

AVISO: Tanto el texto, como las fotografías que lo acompañan, son de mi exclusiva propiedad intelectual y por lo tanto, están sujetos a mis Derechos de Autor.



miércoles, 4 de noviembre de 2020

Arte y Erotismo: la Colegiata de San Pedro de Cervatos



En su conocido ensayo ‘Psicoanálisis del Arte’, advertía Freud, dentro del interesante capítulo dedicado a la extraordinaria y compleja figura de Leonardo da Vinci, sobre la frecuencia con la que los grandes artistas se complacían en desahogar su fantasía en representaciones eróticas y hasta obscenas.



En realidad, lo que pudiera haber de obsceno en el arte del Renacimiento, del que Leonardo, qué duda cabe, no fue el único representante pero sí uno de los más prolíficos maestros, no era otra cosa, al menos de cara a la galería, que esa regresión a los patrones clásicos y por lo tanto, ‘paganos’, a los que había que añadir ese ‘daño colateral’, por denominarlo de alguna manera, del culto al cuerpo, apenas dejada atrás una época, tachada de oscura quizás con demasiada vehemencia, como fue la medieval, donde precisamente éste encarnaba, comparativamente hablando, a la lombriz, cebo del que se servía el diablo para hacer entrar en su red a unos peces demasiado apegados a sus voraces instintos naturales. 



Unos peces, dicho sea de paso, que apenas entendían nada del complejo mundo del espíritu y mucho menos compartían la idea de la mortificación y el cilicio, como sellos de garantía, comparativamente hablando, que habrían de implantarse en el pasaporte de su alma para traspasar las fronteras de un reino, el de los Cielos –y no pretendo, en absoluto, plagiar a Ridley Scott y su interesante película- que cada vez exigía más garantías de pureza, sacrificio y perfección, según los considerandos de un estamento que brillaba por la ostentación y conservación de privilegios, la Ecclesia, que no sólo era la primera transgresora de la regla, sino que además, política, ladina e incorrecta como poco –y me quedo corto, pero no es cuestión de imitar a los Hermanos Marx en el Oeste, echando más leña al fuego- sabía mirar para otro lado cuando la interesaba o las circunstancias así lo recomendaban.



Erwin Panofsky, de origen alemán y uno de los grandes historiadores de Arte del siglo XX, decía que ‘todo aquél que se encare con una obra de arte, ya sea que la recree estéticamente o bien la investigue racionalmente, ha de sentirse interesado por sus tres elementos constitutivos: la forma materializada, la idea (esto es, en las artes plásticas, el tema) y por supuesto, el contenido’. Y en referencia al tema que nos ocupa, la sexualidad implícita en los templos, el gran hermeneuta o historiador de las religiones Mircea Eliade, refiere un interesante episodio sobre el erotismo subyacente en las formidables pinturas del templo hindú de Ajanta, preguntándose cómo un monje budista podía liberarse de ‘las tentaciones de la carne’, rodeado de tantas desnudeces soberbias, respondiéndose a continuación, que mediante la vía del tantrismo; o lo que viene a ser lo mismo, si bien libre y escuetamente interpretado: el sexo como vehículo hacia una sagrada trascendencia.



No cabe duda, de que todas estas consideraciones, podrían formar la base sobre la que se asienta un tema tan complejo. Pero quizás, después de todo, no lo sea tanto, si a estos considerandos les añadimos una serie de factores, convenientemente más humanos y mundanos, como son aquellos que nos acercan a situarnos en la época de la que estamos hablando –siglos XII y XIII-; el duro entorno norteño donde se levanta éste templo, así como algunos otros templos de similares características y contenido; las especiales circunstancias de la vida en esos lugares; el carácter ‘festivo’ y transgresor de las gentes, que a pesar de todo no faltaba, como contrapunto a las férreas condiciones de vida, donde hasta la Iglesia, que no era tonta, –no en vano, lleva sobreviviendo cómodamente durante dos mil años- miraba para otro lado echando mano de rosario y paciencia, permitiendo la ‘liberación’ de cierta dosis libidinal reprimida –que venga Freud y opine al respecto- y no por último, menos importante, el periodo de inseguridad y de guerra, con la perentoria necesidad de traer hijos al mundo para sostener a una comunidad sometida a sus designios y los designios de reyes y señores, útil y necesaria carne de cañón, que contribuía además, de manera objetivamente espiritual, a sostener la no menos encarnizada batalla del Diablo y San Miguel, como así consta en las psicostasis o pesaje de las almas, presentes y bien a la vista, en numerosos templos de similar época y condición.



Los canteros, independientemente de otras alusiones y complejidades, también representaban, de una manera no exenta de fantasía, la función de ‘cronistas’ de su época. Y como tales, bien por iniciativa propia o bien por encargo, con su maza y su cincel daban forma a ese conjunto de mitos y de arquetipos, así como de exteriorizaciones libidinosas –considérenlas si quieren, como parte de los ‘vicios’ de la época-, que rondaban las conciencias y las relaciones de dicho periodo histórico.



Y no olvidemos, que San Pedro de Cervatos, después de todo, era una Colegiata; y como su nombre indica, en la idea de ‘colegio’, caben múltiples disciplinas, métodos y enseñanzas. Esto no quita, desde luego, para ocultar los numerosos misterios añadidos a éste lugar y sus peculiares representaciones –no sólo las de carácter sexual- y quizás, como pudiera haberse dado el caso, de sugerir la presencia de alguna orden militar determinada, pues hay un dato ciertamente relevante: uno de los capiteles interiores de la iglesia de San Pedro de Cervatos, por su orgiástica y antinatural temática –hombres y animales, copulando a la par- recuerda aquél otro situado en similar lugar, en la iglesia, mucho más humilde, de Santiago de los Caballeros, a la vera del Duero y extramuros de Zamora capital.



Una iglesia, por añadidura, donde se velaban armas y se armaban caballeros –que la fanfarronería, el sexo y lo militar, nunca han estado peleados- que tiene además añadido el honor de haber sido el lugar de la consagración como tal, de todo un mito de la historia de España, como fue don Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador. También cabría especular, con ciertas conexiones ‘orientalizantes’, como demuestra la presencia de cierto asceta de aspecto hindú, que se localiza en uno de los capiteles de un curioso templo situado en las vecinas Merindades burgalesas.



Pero dejando enigmas, misterios y conexiones más o menos asombrosas para mejor ocasión, otra cosa, es como lo veamos nosotros ahora, desde nuestra época, nuestro conocimiento y nuestras perspectivas morales de catalogación. A tal respecto, y quizás por conveniencia propia, me quedo con una frase de Camilo José Cela, quien en su segundo viaje a la Alcarria y motivado, quién sabe, si por algo similar a lo que se puede contemplar aquí, en San Pedro de Cervatos, escribió aquello de: ‘El viajero se percata de que se está quedando carrozón y de que de joven ya no le quedan más que las tres subpotencias del alma –recuerdo, sentimiento y ganas- y las tres subvirtudes teologales: cachondez (contenida), suerte y algo de salud para mantener el tipo’. Eso sí, teniendo siempre presente lo que afirmaba Pablo Picasso: ‘el arte es la mentira que nos hace comprender la verdad, al menos la verdad comprensible’. 



Bibliografía recomendada:

- Sigmund Freud: ‘Psicoanálisis del Arte’, Alianza Editorial, S.A., segunda edición, Madrid, 1971.

- Erwin Panofsky: ‘El significado en las artes visuales’, Alianza Editorial, S.A., quinta reimpresión, Madrid, 2016.

- Mircea Eliade: ‘La prueba del laberinto’, Ediciones Cristiandad, S.L., Madrid, 1980.

- Camilo José Cela: ‘Nuevo viaje a la Alcarria’, Plaza & Janés Editores, S.A., primera edición, diciembre de 1986.

- Carlos Rojas: ‘El mundo mítico y mágico de Picasso’, Editorial Planeta, S.A., Barcelona, 1984.




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lunes, 2 de noviembre de 2020

Hacia una poética fotográfica



Afirmaba Agustín de Hipona en sus ‘Confesiones’, que el presente, si fuese siempre presente y no pasase a pretérito, dejaría de ser tiempo para convertirse en eternidad.



Autores más clásicos todavía, como Simónides de Ceos y Horacio observaban ya la estrecha relación entre la pintura y la poesía, siguiendo fielmente el axioma de que, si bien la pintura es poesía silenciosa, la poesía es pintura que habla.



En España, fue María Zambrano, no obstante, quien también proporcionó otra clave inestimable, cuando afirmó que la primera realidad que al hombre se le oculta es él mismo.



De alguna manera, llámese si se quiere intuitiva, la Fotografía es esa doncella encantada que se alimenta de todos estos conceptos y además nos permite crecer, descubriéndonos , de paso, esa otra realidad oculta que todos llevamos dentro.



Y para defender este postulado, nada mejor que recurrir a ese acerbo popular, que afirma que una imagen vale más que mil palabras.



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sábado, 31 de octubre de 2020

Fantasías Fotográficas: interpretando libremente a Whitman



Alguien, posiblemente algún anónimo sabio popular, dijo una vez aquello de: la Imaginación al Poder, de la misma manera que un extraordinario poeta, Gabriel Celaya, afirmó contemplativamente, que ‘la poesía es un arma cargada de futuro’.



Otro poeta, Gabriel Celaya, introdujo el concepto del ‘síndrome de Bizancio’, para referirse al paso inefable del tiempo.



Y Walt Whitman, nos abrió su pecho para describirnos el desgarro de un mundo, donde tan importante era el nacimiento de un brote de hierba, como el último suspiro de una hoja, arrancada de su rama por el viento inexorable del otoño.



Por eso, creo que la fotografía, sin imaginación y sin poesía, tendría el mismo valor que una simple fotocopia.



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viernes, 30 de octubre de 2020

Explorando el Surrealismo: los Laberintos de la Memoria



Borges, metafórico sacerdote consagrado al literario culto del Tiempo, fue el primero en ofrecernos parte de la liturgia del voraz Cronos –el Saturno de los romanos- cuando nos habló de los Laberintos de la Memoria.



Y es que la memoria, como los diferentes estratos de esa soberbia Torre de Babel, que el pintor flamenco Cranach pintó con la inconfundible forma de los zigguraths mesopotámicos, es también un complejo entramado de inexpugnables Laberintos.



Laberintos, donde las mareas de la existencia suben y bajan a la vera de un puerto imposible, en cuya misteriosa lonja los pescadores de eternidades subastan Ayeres que son Aúnes y también Todavías.



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jueves, 29 de octubre de 2020

Camino de Santiago: Puente la Reina. El puente de los peregrinos



Belleza y simbolismo, forman parte de ese conjunto de mágicas implicaciones, que es el Camino de Santiago. No importa si uno hace los 790 kilómetros que hay que recorrer siguiendo el trazado del denominado Camino Antiguo o Camino Francés, que lleva desde Roncesvalles hasta Santiago, o sigue cualquiera otra de las rutas alternativas –por ejemplo, atravesando el peligroso puerto de San Adrián, atravesando posteriormente la Llanada Alavesa-, pues todos los caminos, como se le hace saber al peregrino, confluyen en un lugar muy determinado, donde Historia, Leyenda y Tradición se dan un abrazo tan estrecho, que a veces el peregrino, dejándose llevar por la ensoñación, no es capaz de separar.



Este lugar tan especial, no es otro que la localidad navarra de Puente la Reina. Aquélla donde los templarios tuvieron una iglesia y un hospital –que siguen en pie, y en el caso del segundo, funcionando todavía, al menos como albergue-, llamada Santa María de los Huertos, aunque conocida popularmente como la iglesia del Crucifijo -el por qué de dicha denominación, lo dejaremos para la próxima entrada-, donde todavía perviven rastros de un espléndido y diríase que histriónico esoterismo.



Quizás, uno de los rastros más hermosos y esotéricos a la vez, por el que merece la pena comenzar hablando, no sea otro que el puente románico, denominado ‘de los peregrinos’, que conecta la ciudad con la otra orilla del río Arga. Ya saben, el río donde el simpático pájaro Txori recogía agua con su pico para limpiar la imagen desaparecida de la Virgen que había junto a éste, hoy día desaparecida, según cuenta una florida leyenda.



Un río, el Arga y unas gentes, las navarras, que por los motivos personales que fueran, no gustaron a Aymeric Picaud y así lo consignó en su famoso Codex Calistinus o Guía del peregrino que se dirige a Santiago. De la barbarie de los navarros, no creo que fuera en absoluto diferente a la que podría encontrarse cualquiera, peregrino o no, en otras regiones, en una Edad Media que luchaba a brazo partido contra esa mitad peninsular gobernada desde el Califato de Córdoba y quizás también con menos celo pero con más orgullo propio, con la otra mitad que buscaba una unificación bajo reinados a los que todos pensaban tener derechos consanguíneos. Las aguas del río Arga, puede que hoy en día, seducidas por ese canallesco donjuán industrial llamado polución, no sean muy recomendables para su consumo, pero dudo mucho, también, que fuera así en los tiempos medievales en los que Picaud escribió su Códex.



El puente, sin embargo, es toda una obra de arte y continúa más o menos igual que cuando fue levantado, allá por los siglos XI y XII. Es uno de los puentes típicos del Camino, con su forma de joroba de ‘asno’ característica, en la que el peregrino, cuando sale de la ciudad para continuar su largo viaje, asciende por una orilla y desciende por la otra, en lo que simbólicamente podría considerarse como ‘alcanzar el cielo y descender a la tierra’.



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miércoles, 28 de octubre de 2020

Abstracto: Arte Artificial y Natural



Los caminos del Arte, como los caminos del Señor, son totalmente imprevisibles, es cierto, pero tanto uno como otro me derivan siempre a las exposiciones magistrales de la más soberbia, impactante, creativa y perfecta de todas las artistas: la Naturaleza.



Si hace unos días hablaba del Impresionismo Natural, hoy quiero invitarles a presenciar dos exposiciones de Arte Abstracto, que tuve ocasión de presenciar recientemente.



Dentro de las instalaciones del denominado Palacio de Velázquez y apenas recién inaugurada, se exponía parte de la prolífica obra de la artista noruega Ana-Eva Bergman, fallecida en 1987, bajo el llamativo título de ‘De norte a sur, ritmos’, donde, desde un punto de vista agresivamente magnético, la artista ofrecía una visión eminentemente abstracta de la vida, el mundo y su rítmica circunstancia.



La exposición de Bergman, artista enamorada de España, donde estuvo afincada largos periodos de su vida, estaba basada en parte de su obra, realizada en los años setenta, cuando recorrió de norte a sur la Península Ibérica, definiéndola bajo el evocador título de Piedras de Castilla y donde tenía, como principal premisa, aparte del ritmo, la rica variedad cromática de unas tierras en cuyas soledades, con anterioridad, ya se habían inspirado poetas, como Antonio Machado.



Paradójicamente, en el exterior del recinto, apenas a una centena de metros –distancia más que suficiente, se lo aseguro, para localizar, cuando menos, uno de esos otros mundos que están dentro de éste, como aludía el poeta surrealista francés Paul Eluard- otra gran artista, de nombre Gaia, se valía de un pequeño lago para ofrecer, sin necesidad de titulares, carteles o recordatorios en los principales medios de comunicación, su visión abstracta de la armonía, del equilibrio y de la danza hechicera de un cromatismo que se dejaba llevar, seductoramente, por las armoniosas notas de un auténtico maestro de la percusión, como es el viento.



Precisamente por eso y sin intención de desmerecer la obra y la visión de nadie, siempre me consideraré, no sólo partidario sino también alumno y eterno admirador de quien lleva millones de años sorprendiéndonos con la magistral belleza de sus composiciones: la Naturaleza.



Gaia.



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